‘Una cosa grotesca’: la guerra como cifra de la paz en algunos relatos sobre Malvinas.

«No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie»

(Walter Benjamin)

«La guerra comunica la sensación –la textura espiritual– de una gran niebla fantasmal, densa y permanente. No hay claridad. Todo se arremolina. Las antiguas reglas ya no mantienen todo unido, las antiguas verdades ya no son ciertas. El bien se vuelca en el mal. El orden se funde con el caos, el amor con el odio, la fealdad con la belleza, la ley con la anarquía, la civilización con el salvajismo. Los vapores te meten dentro de ellos. No puedes distinguir dónde estás o por qué estás allí, y la única certidumbre es la ambigüedad abrumadora.» (Tim O’Brien)

 

El orden democrático que se inicia en Argentina en 1983 necesita, para sostenerse, establecer y resaltar su diferencia respecto de la dictadura militar que lo precedió, en un momento en el que se superponen dos tiempos: el “de los cambios y la renovación hacia el futuro” y el “de todo aquello que la dictadura había instalado y que había parecido que solo viviría con ella” (Montaldo: 139). Para eso, se producen una serie de lecturas de la historia reciente, en las cuales se traza un corte entre la violencia pasada y la paz presente que, lógicamente, se proyecta hacia el futuro. El Nunca más, informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (1984), es tal vez la más relevante de estas lecturas, que forman parte de lo que Ricardo Piglia, a partir de una cita de Paul Valéry, denominó “fuerzas ficticias” del Estado:

El Estado no puede funcionar sólo por la pura coerción, necesita lo que Valéry llama fuerzas ficticias. Necesita construir consenso, necesita construir historias, hacer creer cierta versión de los hechos […] el Estado también construye ficciones: el Estado narra, y el Estado argentino es también la historia de esas historias. No sólo la historia de la violencia sobre los cuerpos, sino también la historia de las historias que se cuentan para ocultar esa violencia sobre los cuerpos.

En efecto, el poder político nunca se ocupa, como podría parecer, de neutralizar esa violencia sino de reinscribirla perpetua y silenciosamente “en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, en los cuerpos de unos y otros” (Foucault: 29).

En este marco, la guerra de Malvinas (1982) constituye un hecho incómodo. Por un lado, es la acción más popular de la dictadura, vinculada a un histórico reclamo de soberanía; por otro lado, la derrota precipitó el advenimiento de la democracia (Lorenz 2006). Suerte de puente entre dictadura y democracia, supuso un obstáculo para los relatos del nuevo orden institucional, que respondió con un conjunto de políticas conocidas como “desmalvinización”. Entre ellas, por ejemplo, el decreto del gobierno de Raúl Alfonsín por el cual se trasladaba al 10 de junio el feriado nacional establecido para el 2 de abril por una ley de facto de 1983. El decreto, por medio del cambio de fecha, recuperaba la historia de la instalación de Luis Vernet en las islas en 1829 y de ese modo buscaba separar la guerra de 1982 del reclamo histórico de soberanía; es decir, el ámbito de la ley del de la guerra.

En efecto, uno de las relatos predominantes a partir de 1983 es el que separa la dictadura de la democracia y divide en dos la cuestión Malvinas: por un lado, la causa diplomática, vinculada a la tradición democrática y, por el otro, la guerra que, asociada a la dictadura, queda relegada a una especie de limbo. Este relato produce efectos que atañen sobre todo a la percepción del orden democrático como un grado cero de violencia, en tanto contribuye a invisibilizar las formas de violencia solapada que lo atraviesan: en primer lugar la “violencia «simbólica» encarnada en el lenguaje y sus formas […] relacionada con el lenguaje como tal, con su imposición de cierto universo de sentido” y en segundo lugar, la violencia sistémica, vinculada a “las consecuencias a menudo catastróficas del funcionamiento homogéneo de nuestros sistemas económico y político” (Zizek: 10).

Al margen y sobre todo en contra de estos relatos estatales, circula una suerte de contrarrumor, el “contexto mayor de la literatura” (Piglia), que comprende los años ochenta como una “escena vacilante donde se experimentó el punto más alto de una tragedia: saber que lo que pasó podía seguir pasando” (Montaldo: 145) y la guerra, ya no como un paréntesis sino como un hecho histórico, con continuidades en el pasado y en el presente. En efecto, como sostuvo Pilar Calveiro: “No existen en la historia de los hombres paréntesis inexplicables. Y es precisamente en los períodos de ‘excepción’, en esos momentos molestos y desagradables que las sociedades pretenden olvidar, poner entre paréntesis, donde aparecen sin mediaciones ni atenuantes, los secretos y las vergüenzas del poder cotidiano” (28).

En esta línea, Rodolfo Fogwill ha señalado insistentemente estas continuidades de la violencia en los tiempos de paz en muchas de sus intervenciones periodísticas de los primeros años de la democracia, cuando más fuertemente se buscaba trazar el corte entre el pasado reciente y el futuro. Por ejemplo, en 1984, en una respuesta al Doctor Cormillot, especialista en temas de obesidad, quien había mencionado, en declaraciones previas, la “inhumanidad” de los torturadores, Fogwill sostuvo:

Pero –sucede– toda gorda en el fondo sigue siendo una gorda y algún día recae y vuelve a los dulces, a los hidratos de carbono, la celulitis y la fealdad, tal como toda sociedad puede volver a la picana, a los campos de concentración, a la monstruosidad inhumana, al pus de fondo. Habría que aniquilar las verdaderas causas de la gordura –de la aniquilación– y dejarse de ponerle sucaryl periodístico al sistema… (2008: 60)

Fogwill es, además, el autor de la primera y hasta hoy más relevante novela sobre Malvinas, Los pichiciegos, la cual puede ser leída en relación con estas intervenciones, como otro señalamiento de que la guerra no está en un limbo separada de la dictadura que la originó ni de la democracia a la que dio lugar. Ya en la contratapa de la primera edición, Fogwill anunciaba una idea que seguiría repitiendo en las sucesivas reediciones: que la novela no era pacifista, que no había sido escrita contra la guerra sino que se refería, entre otras cosas a “la democracia que sobrevendría”. Y siguió insistiendo, hasta poco antes de su muerte, ocurrida en 2010: Los pichiciegos no es una novela pacifista, no fue escrita “contra la guerra sino contra una manera estúpida de pensar la guerra y la literatura” (2010). Pues escribir contra la guerra sería como escribir contra la lluvia, los sismos o las tormentas. No se trata, por tanto, de embestir contra la realidad sino contra los modos de representar, desde la literatura, esa realidad, contra “las maneras equivocadas de nombrar” (2010). Las maneras equivocadas de nombrar son, como el pacifismo, una mal disimulada complicidad: es a través de un lenguaje que opera al modo de la definición barthesiana, no prohibiendo sino obligando a decir, que algo de la represión sigue operando en la cultura democrática: “tal es la herencia del Proceso, verificada sin censura, sin persecuciones ni ‘listas negras’, con el sencillo recurso de una ‘lista blanca’ de temas y palabras que entusiasman a un público que, como siempre, necesita dormir entre los sueños que distribuye la cultura” (Fogwill 2008: 65).

Frente a esto, Los pichiciegos comienza precisamente con una toma de distancia respecto del discurso instituido: “Que no era así, le pareció”. Habla de la nieve. Y más adelante: “Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el suelo hasta taparlo con un manto blanco de nieve. Pero esa nieve, ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesos tenían nieve. Nieve: barro pesado, helado, frío y pegajoso”. (11)

No hay, en este relato ni en los que le siguen, bronce brillante ni banderas ondeando en lo alto, sino, por el contrario, el reverso mugriento, la tierra baja de las trincheras, el barro. Todos estos textos coinciden en señalar la suciedad escondida bajo el alfombrado discurso de la democracia. Pues no hay un tiempo lejano de conflicto y otro, presente, de armonía. No hay guerra separada de la ley. Por el contrario, la guerra está en las catacumbas de la paz, nutriendo sus raíces; la nieve se pegotea en el suelo con el polvo y hace barro. O al revés: la guerra admite una cueva bajo tierra de desertores, sustraídos al combate. En cualquier caso, la vida en la “pichicera” tampoco es pacífica: se despliega allí otra forma de lucha, la misma lucha por la vida que en tiempos de paz. Hay que trabajar, conseguir cosas, servir. Al que no sirve, se lo saca al frío. Hay, tanto del lado de lo que llamamos paz como del de lo que llamamos guerra un rumor de violencia sistémica, que enfrenta en desiguales condiciones –sociales, geográficas– a unos con otros en la lucha por la supervivencia. Como sostuvo Martín Kohan: “En una entrevista hecha a propósito de la reedición de la novela en Interzona, Fogwill asocia su propia visión a la de Von Clausewitz: la guerra como continuación de la política por otros medios. No es la política, sin embargo, lo que prima en la guerra tal como se la cuenta en Los pichiciegos, sino la economía y el instinto comercial (se puede hablar aquí de instinto comercial como se habla de instinto de supervivencia, y nunca será tan pertinente la asociación entre ambas cosas). Habría que decir, en todo caso, que en la novela la guerra es la continuación del comercio por otros medios”. (2012)

A su vez, a partir de la inversión de Von Clausewitz que registra Foucault en algunos discursos, podría reformularse esa afirmación y decirse que en Los pichiciegos, el comercio es la continuación de la guerra por otros medios, o al menos una de sus continuaciones, en tiempos de paz. Otra es, también aquí, el lenguaje: “Como oficiales, ese modo de hablar. Los tipos llegan a oficiales y cambian la manera. Son algunas palabras que cambian: quieren decir lo mismo –significan lo mismo– pero parecen más, como si el que las dice pensara más o fuera más. Tiene que haber una guerra para darse cuenta de esto” (62).

Aproximadamente por la misma época en que sale a la luz Los pichiciegos, el periodista Daniel Kon comienza a realizar las entrevistas a los soldados que acaban de volver del frente que en agosto de 1982 serán publicadas en el libro Los chicos de la guerra. En 1984 se estrena la película homónima, basada en el libro, respecto del cual, sin embargo, traza múltiples diferencias. En la película, que condensa en tres historias, con agregados ficcionales, las ocho del libro, el relato pierde complejidad, se vuelve más lineal y dicotómico. La película se convierte, en efecto, en un drama funcional a los sueños de la cultura democrática, que victimiza a los soldados y circunscribe la responsabilidad a los militares que por esos años están siendo juzgados en los Juicios a las Juntas Militares; en ese sentido, puede leerse como una suerte de equivalente malvinero del relato del Nunca más. Como consecuencia del éxito y la difusión de la película, el libro ha tendido a ser leído como su equivalente, lo cual terminó por ocultar aquellos elementos que distinguen a los relatos recogidos por Kon y que son, precisamente, los que permitirían acercarlos a algunas de las novelas posteriores sobre Malvinas. Sin negar, desde luego, sus múltiples diferencias, hay, tanto en algunos de estos testimonios como en algunas de las novelas una reverberación de la violencia que se proyecta más allá de 1983.

En efecto, en los testimonios recogidos por Kon aparece de un modo palpable la violencia que la guerra ejerce sobre los hombres. Los entrevistados acaban de volver, exhiben sus heridas, sus dolores, en sus cuerpos está todavía la guerra y sus voces, aun transcriptas, aun interrumpidas, trasmiten algo de esa materialidad lacerada. Una violencia sin centro prolifera en el relato: es propia, es inglesa, es militar, es el olvido que ya se adivina en el regreso al continente y que constituirá durante años uno de los dramas principales de la posguerra, contracara de la “desmalvinización” del relato estatal. Ni las ordenadas cruces blancas del cementerio de Darwin ni el pulcro cenotafio de plaza San Martín sino el cuerpo del compañero que hay que enterrar; no el relato que limpia y oculta sino lo que desde abajo embarra. Lo que se vuelve visible es que la guerra, ante todo, produce muertos: “Yo trataba de no mirar mucho. Por suerte, pensaba mientras iba caminando, no tuve que ver a mis compañeros muertos. Había cosas desparramadas por todas partes, comida, armamentos, ropas. A lo lejos se seguían escuchando explosiones; por eso suponíamos que la batalla continuaba, ahora más cerca de Puerto Argentino. Nos hicieron detener, y cuando vi el lugar al que habíamos llegado casi se me cae el alma a los pies. En la tierra habían marcado un cuadrado grande, y al costado había una pila de cadáveres argentinos. Íbamos a tener que cavar el pozo y sepultarlos”. (Kon: 186)

Los muertos, en estos relatos, aparecen bajo la forma de lo siniestro: como lo reprimido que se resiste a ser enterrado o que retorna para mostrarse. Como las monjas francesas de Los pichiciegos, aparecidas que recuerdan a Léonie Duquet y Alice Domon, desaparecidas durante la dictadura militar; como los cadáveres desperdigados y proliferantes de Néstor Perlongher; como las fotografías de cadáveres argentinos publicadas por el inglés Vincent Bramley en su libro Viaje al infierno. Estas imágenes suscitaron en su momento un escándalo, respecto del cual sostuvo el historiador Federico Lorenz: “Como si fuera una novedad que la guerra produce muertos. Los civiles nos acostumbramos a los relatos descafeinados, heroicos y peinados a la gomina de la muerte, y luego algunos se escandalizan cuando los que vuelven del frente describen lo que hicieron o padecieron, sin pensar en la raíz de los procesos […] Esto puede ser así solo cuando la guerra la miramos por tevé, o cuando hay una relación superficial y sensual con la muerte violenta”. (112)

De este modo, es posible leer una parte importante de la literatura acerca de Malvinas a partir de su contraposición al relato estatal que, en los 80’ y 90’, produce la ilusión de un grado cero de violencia, desterrando la violencia al pasado, circunscribiéndola al ámbito evidente de la guerra y alejándola así del campo de lo visible. Esta literatura, en cambio, busca “en el ruido, la confusión de la guerra, en el fango de las batallas el principio de inteligibilidad del orden, del Estado, de sus instituciones y su historia” (Foucault: 52) y descubre que “la ley no es pacificación, puesto que debajo de ella la guerra continúa causando estragos en todos los mecanismos del poder, aun los más regulares. La guerra es el motor de las instituciones y el orden: la paz hace sordamente la guerra hasta en el más mínimo de sus engranajes” (Foucault 56). Incluso, es recurrente la idea de una guerra que sigue sucediendo; en especial en la novela Las islas, de Carlos Gamerro, publicada en 1998, momento en que esa violencia sistémica, efecto del funcionamiento del sistema económico que la misma dictadura militar que invadió Malvinas había ayudado a implementar, estaba profundamente extendida pero, a la vez, invisibilizada. Estos relatos consiguen esa explicación por debajo, la que lee la paz a partir de la guerra y viceversa.

En general se ha tendido a resaltar el carácter farsesco de la literatura sobre Malvinas. María Teresa Gramuglio, en “Políticas del decir y formas de la ficción”, lo sitúa en contraposición al carácter serio de las novelas sobre la dictadura militar: “Las novelas sobre la guerra de Malvinas no solamente han rechazado los registros heroicos, sino que hasta han rehusado el tratamiento grave de una catástrofe […] No ocurre lo mismo con las novelas que vuelven sobre la represión. No hay picaresca ni grotesco ni farsa en los relatos de los secuestros, las desapariciones, la tortura, los campos de concentración”. (11)

Martín Kohan, por su parte, ha señalado tempranamente que “la literatura reformula el género con que narrar la guerra de Malvinas; no la cuenta como épica, la cuenta como farsa” (1999: 6), mientras que los testimonios, sostiene, tienden a dar cuenta sobre todo del drama que, también, fue la guerra. Para Kohan, es la novela Las islas, de Carlos Gamerro, la primera que consigue entrecruzar el drama y la farsa de la guerra: “La imitación, en superficie, es banal y aun farsesca: solo que, en un corte transversal […], hay otra imitación, igual de falsa, pero que en su falsedad llega a tocar cierta verdad: una verdad que sólo se advierte desde la experiencia del que estuvo en la guerra” (1999: 9)

Aunque los aspectos farsescos de Los pichiciegos resulten no solo evidentes sino también el vehículo de cualquier otra significación, también hay en la novela –así como en otras posteriores– huellas de una cierta seriedad dramática, vinculada a la posibilidad de destacar las continuidades de la guerra en la paz, de descubrir la barbarie sobre la que se asienta la civilización.

En este punto, resulta útil la referencia de Gramuglio a la idea de grotesco, un género mixto en el cual se entabla una relación entre lo trágico y lo risible, es decir, entre drama y farsa o, incluso, entre lo siniestro y lo cómico. Para Samuel Hynes, lo grotesco constituye de hecho una de las características del relato de guerra y, en efecto, los relatos de Malvinas continúan insistiendo en el carácter grotesco del campo de batalla incluso muchos años después de terminada la guerra:

Por ahí nos hacen levantar, nos dan palas y nos separan en grupos de cinco. Teníamos que enterrar a doce compañeros y realmente era muy poco lo que podíamos hacer […] En un momento, nuestra propia artillería bombardeaba tan intensamente que nos tuvimos que tirar arriba de nuestros mismos compañeros muertos, en la fosa. Nos levantamos, tiramos un poco más de tierra hasta que los ingleses nos sacan corriendo porque las bombas caían en esa posición. Era una cosa grotesca. Estás enterrando a tus compañeros y encima te tira tu propio regimiento. (Ayala: 115)

Así, lo grotesco constituye una de las zonas de interacción entre “dos momentos de verdad” (Kohan 1999) de la guerra de Malvinas, ya sea que el énfasis esté puesto en la farsa o en el drama, como a menudo sucede con los testimonios y la poesía. Lo que proponemos es, en definitiva, que aun en las versiones más farsescas de la guerra de Malvinas puede leerse un rasgo dramático, que aparece como la contracara siniestra de lo que las ficciones estatales de los inicios de la democrática tendieron a sostener.

 

 

 

 

Author
Lara Segade
Lara Segade

(Buenos Aires, 1981) es Licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Desde 2009 es beneficiaria de una beca de posgrado de CONICET y está realizando su doctorado en Letras con el proyecto de investigación “Contar la guerra: configuraciones de Malvinas en la cultura argentina”. En relación con el tema, publicó artículos en diversas revistas académicas y de divulgación. Es coautora del capítulo 5 “Representaciones de posguerra” del libro Pensar Malvinas, editado en 2009 por el Ministerio de Educación de Argentina y disponible online.