Titanes, endimiones y adolescentes eternos. Notas sobre el consumismo

  …so many, I had not thought death had undone so many (T.S. Eliot, The Wasteland)

Preludio

Wikileaks difundió hace un tiempo algunos videos de la guerra en Irak en los que se muestra cómo desde helicópteros sobrevolando Bagdad, soldados americanos eliminaban civiles sin el menor escrúpulo y luego se jactaban de sus logros con la misma actitud de quien participa de un juego de video. Estas imágenes revelan de manera dramática, no solo la desmesura titánica que generalmente aflora en el hombre en situaciones de guerra, sino una fantasía de omnipotencia y una desconexión de las emociones que bordea lo psicopático y que caracteriza a la conciencia colectiva de nuestra época. Esa conciencia colectiva está tan presente en las acciones destructivas e inconscientes que nos muestran los videos de wikileaks como en los hábitos cotidianos de nuestra cultura consumista.

i.

La misma desmesura e inconciencia de los titánicos soldados en Irak la presenciamos colectivamente, por ejemplo, en el uso que hacemos diariamente de la tecnología, sordos o inconscientes a los efectos nocivos que ocasionamos sobre el planeta. Y es que el poder tecnológico y ahora además la realidad virtual azuzan en nuestro tiempo el fuego prometeico que anida siempre en nuestros corazones, con sus desmedidas ansias de control y su hambre insaciable de poder –ambas, es preciso advertirlo, motivaciones fundamentales detrás de la industria del consumo.

Desde el día en que nacemos, cuando le exigimos al seno de la madre nuestro alimento con el desparpajo de quien no tiene conciencia de que uno no es el mundo, empezamos a aprender a domar al titán en nosotros y a domar sus fuerzas salvajes para darles forma y conciencia. Pero nuestra época, al igual quizás que otras épocas transicionales en la historia[1], pareciera estar hecha a la vez para azuzarlas y para desarmarnos frente a ellas. No solo la tecnología sino también la lógica consumista confabulan en contra de esa domesticación y en favor del fortalecimiento del titán que tenemos dentro.

ii.

Estamos todos sometidos en la actualidad a una forma de vida  en la que la actividad dominante, incluso podríamos decir la actividad ideal, es el consumo –más allá de lo necesario, generalmente excesivo, generalmente superfluo, y a gran escala compulsivo– de los bienes y servicios producidos por la industria capitalista y su lógica comercial. Decimos con una facilidad y buen humor fascinantes (cuando no alarmantes), que la nuestra es “una sociedad consumista”. Y es que todos estamos vendidos a la idea de que es la participación en esa forma de vida lo que valida nuestra existencia y nos otorga un estatus; y hemos aprendido además a percibirlo todo bajo el aspecto de su utilidad y a determinar su valor solo en la medida en que se puede intercambiar, sin siquiera pensar en  ningún valor intrínseco.

Por más que intentemos salirnos de él, el consumismo es una condición a la que estamos expuestos todos y a la que todos sucumbimos, de maneras más o menos compulsivas dependiendo de nuestra estación en el mundo o de nuestra suerte. Somos compelidos por nuestro propio deseo, debidamente cultivado por la industria, a vivir todos en una especie de trance o ensoñación donde las potencias del individuo se adormecen o se neutralizan y las potencias del colectivo empiezan a crecer y se multiplican.

iii.

El consumismo, al alimentar nuestra fantasía de omnipotencia crea una burbuja para la satisfacción de nuestro deseo; al propiciar nuestra desmesura incitándolo, multiplicándolo promiscuamente de acuerdo a los intereses del mercado, la industria del consumo nos construye un mundo de sueño e inconciencia. Y los medios de comunicación, también sujetos a la misma lógica (y tal vez con el filudo asunto de los ‘ratings’ ahora con más ahínco), consolidan  ese mundo al difuminar las fronteras entre lo real y lo virtual mediante discursos ideológicamente homogenizados, dirigidos por la misma intención comercial que los sustenta.   “Como un conjunto de proposiciones protocolarias…”, nos dicen Horkheimer y Adorno, “[esos discursos] se mueven con extraordinaria habilidad entre los escollos de la falsa noticia identificable y la verdad manifiesta, repitiendo fielmente el fenómeno con cuyo espesor se impide el conocimiento.”[2]

 

Esta nueva creación, el mundo globalizado, hiperconectado y virtual, auspiciado por los intereses corporativos, se alza imponente como una nueva Torre de Babel hacia el cielo, literalizando la fantasía de omnipotencia que define el carácter titánico, desmesurado e inconsciente de nuestra época.

iv.

 

Cuenta el mito, que Endimión prefirió el sueño eterno a la muerte para poder vivir por siempre para su amor, la Luna. Vivía, como lo pone la tradición, “envuelto por su amada como en una misma vestidura”, en una imagen que nos habla de una posesión y una estupefacción generadas por la exacerbación del deseo. No es de sorprender que en otra versión del mito, Endimión haya recibido de Hipnos, el dios alado del sueño, la capacidad de dormir con los ojos abiertos, pues así se le da imagen al estado catatónico y a la catalepsia que puede inducir en nosotros una inmersión tal en la propia fantasía.[3]

Catatonia y catalepsia son, sin embargo, palabras que describen la condición de nuestra psique colectiva en esta era consumista. Desde que el capitalismo descubrió que es a través del deseo y no de la necesidad que mejor funciona su lógica, podríamos decir que nuestra vida colectiva se convierte en un sueño endimiónico. Sobresaturados todos por el imparable e inagotable crecimiento de estímulos externos y tantas marcas como deseos superfluos generan estos en nosotros, somos presa fácil de la industria que continúa alimentándonos e incitándonos; la multiplicación de los dispositivos electrónicos o “gadgets” y la demanda cada vez más frecuente de “actualizaciones” de los mismos, por poner solo un ejemplo, escenifican una suerte de pornografía cotidiana que nos genera una voracidad inagotable a la vez que nos convierte en dóciles clientes, endimiones todos del consumismo.

El que Endimión haya escogido el sueño eterno en lugar de la muerte sugiere que la pasión consumista que parece invadir todos los espacios de nuestras vidas, no es sino la forma más reciente que ha adoptado nuestro impulso al divertimento para evadir la necesaria confrontación con el silencio, la oscuridad y la muerte. En otras palabras, es la última estrategia para no comprometernos con la existencia.

v.

Ya lo decía el mismo Prometeo, que para que los hombres y las mujeres no previeran su muerte había “plantado firmemente en sus corazones una ciega esperanza.”[4] Nuestra fe en el éxito y en el progreso tecnológico, en la cirugía estética, la industria farmacológica, la ingeniería genética, etc., etc.,etc., confabula para impedirnos la  profundidad de experiencia que la conciencia de la muerte le puede dar a nuestro vivir y más bien alimenta la desmesura y la inconciencia titánica tan características de nuestra época.

Estamos dispuestos a tener la experiencia pero no a trabajar por comprender su sentido. Preferimos, al parecer, el trance entumecido o la ignorancia feliz, a la difícil conciencia. Nuestra actual cultura está signada así por la psicología del adolescente eterno, que se rehusa empecinadamente a descender de las alturas etéreas del ideal y la fantasía a la tierra concreta de lo real; que se interna en el universo perfecto de su imaginación y entonces mira y trata al mundo prepotentemente desde su fantasía.

El mundo moderno, escribía Heidegger, se ha hecho imagen. Efectivamente. Y ahora más que nunca y mucho más literalmente de lo que se lo podría haber imaginado el filósofo. El mundo que habitamos hoy es la imagen de una fantasía literalizada por la voluntad titánica de una tecnología puesta al servicio de la lógica consumista que, a su vez, perversamente la alimenta sin satisfacerla nunca.

vi.

Jung advertía que los retos más graves para el ser humano no se encuentran en los desastres naturales ni en las plagas de fin de mundo ni en cualquier otra fuerza externa; los más graves son los retos que vienen de las profundidades y las complejidades de nuestra alma, se encuentran en las fantasías que nos construimos y que exacerban incesantemente nuestro deseo y nos hacen perder la sabia conciencia de nuestros límites.

Pero esa intuición fundamental contradice a la imagen que nos hemos formado de nuestro ilimitado poder para transformar y dirigir nuestra existencia por la propia voluntad y la inteligencia. No es por nada que Freud consideraba que el psicoanálisis se unía a los descubrimientos de Copérnico y de Darwin, como certeros y saludables golpes al narcisismo humano, al hacer evidente más allá de que no somos el centro del universo, ni superiores a los animales, que ni siquiera somos amos en nuestra propia casa.

La actitud moderna es especialmente resistente a la mirada capaz de reconocer esa fragilidad y por ello mismo es ciega a los movimientos de nuestra compleja psique colectiva. El triunfalismo que acompaña a esa actitud, nuestra obsesión con el éxito y nuestra ciega fe en el progreso tecnológico, constituyen, por eso mismo, quizás los elementos más letales en la dinámica de nuestra cultura contemporánea, pues junto al reduccionismo materialista que convierte todo en la experiencia a categorías cuantitativas, medibles y controlables, esa obsesión y esa ciega fe no hacen sino fortalecer nuestra resistencia a las oscuridades de la psique, activando las fuerzas titánicas en nosotros que, lejos de darnos conciencia, nos impelen a la desmesura y a la inconciencia.

vii.

Es cierto, como afirma Rafael López-Pedraza, que esta es una época de oro para el eterno adolescente[5], con su resistencia a la realidad, su prepotencia y soberbia, su pasión por la adrenalina del momento, su adicción a las velocidades de la conciencia racional y su obstinado rechazo de las lentitudes de la reflexión y las opacidades de la experiencia. Completamente tomada por las posibilidades que su deseo imagina, nuestra época vive intoxicada con la imagen de la posibilidad infinita y, por la fantasía de la completa satisfacción, pospone todo momento de transformación por cada nueva opción que se inventa, repitiendo así interminablemente y ad nauseam el patrón evasivo que delata su adolescencia.

Cada vez que tomamos el control remoto de nuestras pantallas de televisión y nos entregamos al compulsivo “zapping”, no hay canal que resista la necesidad de ver siempre más, de abrir nuevas posibilidades, o más bien de dejarlas todas abiertas. Incapaces de comprometernos con ningún programa hasta darle una, dos, tres vueltas a todo el circuito de infinitos canales de cable, estamos concretando constantemente la psicología del adolescente eterno que define ya a nuestra sociedad.

Si es la tarea de cada época propiciar el crecimiento espiritual humano, la nuestra se nos va pasando mientras posponemos siempre para más tarde la decisión que nos transformaría hoy, por el entretenimiento continuo y la compulsión permanente de nuestra cultura consumista.

viii.

Igual que la depresión o el cáncer, la hiperactividad o el alzheimer, el consumismo es un síntoma de nuestra psique colectiva que revela el  movimiento del alma humana en nuestros tiempos.  En el desaforado hábito de consumir a costa de nuestro medio ambiente, en la compulsión a someter los procesos naturales a los avances de la tecnología, en la fantasía triunfalista con la que pretendemos superar las deficiencias o limitaciones de lo natural, en las cirugías estéticas con sus ansias de eterna juventud, en las aspiraciones titánicas detrás de la ingeniería genética, etc., etc., se hace evidente la desconexión de lo concreto que hace que consumamos sin conciencia, destructivamente generando un crecimiento excesivo tanto de oferta como de demanda de productos que, por su superfluidad, comienzan a disrumpir el balance orgánico, y puede acabar igual que una invasión viral, que apaga la vida de lo que ha invadido.

 

 

El consumismo al activar nuestra conexión con nuestro deseo,  pareciera revelar un punto ciego, un hueco negro en el centro mismo del alma. Ya decía Heráclito, hace más de dos mil años, que las profundidades del alma son insondables, pero lo que sí podemos afirmar es que detrás de todo individuo habita un titán y que este se asoma imponente en el crecimiento exponencial y desmesurado de los productos que podemos consumir, en la compulsiva búsqueda de más producción y más comercio y en el consumo desmedido y sin sentido en el que caemos habitualmente en nuestra actual cultura.

ix.

Una de las estrategias del consumismo consiste en anular la voluntad del individuo, disolverla en la voluntad de la masa consumista, manipulando sus deseos, haciéndolo dependiente, y si es posible un adicto a su sistema. “Reducidos a material estadístico, los consumidores son distribuidos sobre  el mapa geográfico de las oficinas de investigación de mercado, que ya no se diferencian prácticamente de las de propaganda, en grupos según ingresos, en campos rojos, verdes y azules”.[6] Y eventualmente por la fuerza misma del marketing y la publicidad, que se alimentan de esa reducción, todos comenzamos a ver los mismos programas, a comer los mismos productos, a ponernos las mismas marcas, admitiendo así con nuestras vidas que en esta cultura somos lo que tenemos y no ya lo que somos.

Son pocos los ámbitos de nuestra existencia exonerados de esa reducción materialista. Generalmente son estas las áreas sentimentales y afectivas que permanecen en la privacidad de la vida personal del individuo, cada vez menos importantes para el sistema. Pero, como pretende aliviarnos el famoso comercial, “para todo lo demás está VISA”.[7]Como lo observan Horkheimer y Adorno, otra vez, es “el burgués, para quien la vida se escinde en negocios y vida privada” lo que le permite a la industria cultural disponer de la individualidad de forma eficaz. Y empezamos entonces a ser regulados, alimentados, vestidos y educados de manera uniformizada, y nuestras formas de entretenimiento y cultura empiezan a sucumbir ante la presión de la fórmula económica y el funcionamiento del sistema. Los productos nos definen y así nosotros terminamos pagando por publicitar las marcas con las que nos hemos identificado por Dios sabe qué laberintos de pasiones y manipulaciones. En lugar de que ellas nos convenzan para que las compremos, nosotros les pagamos para que nos dejen usarlas, confirmando esa lógica perversa en la que nosotros mismos nos convertimos al mismo tiempo en agentes y productos de consumo.

Nuestra vida se convierte así en una carrera por el éxito, que sólo significa aumentar siempre nuestra capacidad adquisitiva para consumir todo aquello que determina nuestra sociedad consumista. Pero basta pensar en el modo de vida de los recién egresados, jóvenes reclutas del mundo empresarial, quienes deben aprender a alternar entre los excesos del tedio sostenido de una rutina utilitaria durante la semana, y la intoxicación desesperada del fin de semana, como un intento de ahogar el sinsentido de esa existencia, para darnos cuenta de que las cosas no pueden seguir así.

 

Coda

Escribe López-Pedraza, que “para que las velocidades del Puer toquen tierra, tiene que darse un proceso de descenso, un planear poco a poco hasta que haya un avenirse con la realidad terrena. Eso es lo que debería ocurrir “en un caso normal”, pero muchas veces el descenso sucede bruscamente; algo ocurre en la vida del Puer que lo fuerza a las lentas velocidades de lo terreno y a confrontar de un día para otro la realidad que su naturaleza ha tratado desesperadamente de eludir. Este reajuste brusco nunca estará exento de traumas muy fuertes y profundos o de dolorosos cambios en la personalidad.”[8]

Es de esperar que la misma dinámica que rige sobre la vida individual se de también para la vida social y que las múltiples crisis frente a las que nos encontramos como colectivo en estos tiempos sirvan para propiciar ese necesario aterrizaje, aun cuando sea forzoso, y así hacer posible la Metanoia, es decir el cambio de conciencia que nuestra época parece necesitar y al que, a pesar de todo, pareciera estar moviéndose.


[1] Tiempos como los del Renacimiento, por ejemplo. Cf., “Tiempos, como decían los griegos, ‘justos para la metamorfosis de los dioses’, de los principios y símbolos fundamentales. . . Esta singularidad de nuestro tiempo… es la expresión del hombre inconsciente que está cambiando.” [Carl Jung, en: Storr, A. Selected Writings, New York: Fontana, 1986, p.400)

[2] Max Horkheimer & Theodor Adorno,  “La industria cultural”, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Editorial Trotta, p. 192

[3] Cf. Rafael López Pedraza, “Locura lunar –Amor titánico”, Ansiedad cultural, Caracas, 1987, p. 25

[4] Esquilo, Prometeo encadenado.

[5] López-Pedraza, “Conciencia de fracaso”, Ansiedad cultural, p. 87

[6] Max Horkheimer & Theodor Adorno,  “La industria cultural”, Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos, Editorial Trotta, p. 168

[7] Horkheimer & Adorno, “La industria cultural”, p. 200

[8] López-Pedraza, “Conciencia de fracaso”, p. 87

Author
Víctor J. Krebs
Víctor J. Krebs

Peruano. Obtuvo su Ph.D. en filosofìa de la Universidad de Notre Dame, USA. Fue profesor de filosofìa en la Universidad Simón Bolivar en Caracas (1993- 2004).  Actualmente es profesor en el departamento de Humanidades y Director de la Maestría en filosofía, en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Es fundador de VJK Curaduría filosófica, un proyecto de aplicación de la filosofìa a todas las areas del quehacer cultural urbano; autor de Del Alma y el Arte, (Caracas, 1997); La recuperacion del sentido, (Caracas, 2007); El Impulso Pigmaliónico, (en prensa, 2013) y co-editor (con William Day) de Seeing Wittgenstein Anew, (Cambridge University Press, 2010).