Teoría de lo invisible. Crítica del vacío I. Mapas

El primer mapa de América: el de Juan de la Cosa (1500). 93 centímetros de alto por 183 de ancho, dibujo sobre piel de ternera:

Aunque resaltada en color, las contingencias han querido que la zona destinada a América coincida con la parte más estrecha del dibujo, aquella que se corresponde con la del cuello del animal. De la Cosa ha querido quitarse el problema de decirnos si para él América era o no era la costa más oriental de Las Indias, como Colón originalmente habría creído. El enigmático vacío americano contrasta con los detalles interiores que pueblan el África. El color verde hace resaltar el carácter virginal y la inocencia edénica que románticos como Rousseau más tarde pretenderán adjudicarle a América.

El de Juan de la Cosa data de una fecha muy cercana a la del Universalis Cosmographia (1507) de Martin Waldseemüller, el primer mapa en el que se representa a América con su nombre actual:

Universalis Cosmographia (1507)

Xilografía impresa, puzzle de 12 hojas separadas, de 430 por 590 mm cada una. Sólo tres de esas hojas destinadas al “Nuevo Mundo”. El nombre de América delata el homenaje que Waldseemüller ha querido hacerle a Amerigo Vespucci, a la sazón, el primero en “descubrir” que las tierras encontradas al final del Atlántico no se corresponden con la costa oriental de Las Indias sino con el hallazgo de un continente hasta entonces “desconocido”.

Ampolleta, Brújula, Cuadrante, Sextante, Corredera, Astrolabio: los cosmógrafos bucean en la oscuridad incipiente de las ciencias. Persiguen las formas de un continente cuyos pormenores ignoran. A medida que avanzan en las aventuras nubosas de los contornos, América va apareciendo en los mapas, como una mancha de humedad que lentamente se mueve; o como un caprichoso animal que despierta y que poco a poco va cobrando sus formas:

Planisferio de Cantino (1502)

Mapamundi Teixeira (1573)

América ha estado mucho tiempo ausente de los mapas. En eso ha sido como una estrella del ciberespacio con su luz viajando en el tiempo. Durante años, la joya más morosa de los mapas se ha empeñado en ser un vacío, un abismo insondable. Es justo que ahora los cosmógrafos se afanen por acariciar cuidadosamente sus bordes. Es la pasión de estos dibujantes la misma que muchos navegantes ya han comenzado a tener por sus costas. Tal es así, que recién en noviembre de 1520 Fernão de Magalhães, un portugués, logrará dar por fin con el paso a las indias orientales por el que Colón había partido casi tres décadas antes. Digamos que el escrutinio de las playas del este les ha llevado a aquellos hombres del siglo XVI un tiempo mayor del que imaginaban.

Pero la cualidad del monstruo es la de ser un único en su especie: como si, antes que de cosmógrafos o historiadores, el continente reclamara la inspección de un teratólogo. Esa cualidad de único, lo iguala a otros monstruos anteriores. El mapamundi babilónico (500 a. C.) ha sido algo así como un ancestro, un Adán de los monstruos. Y el Mapa de Ammennakhte (circa 1150 a.C.), sería algo así como la Eva de todas las quimeras topográficas, punta del iceberg de la cartografía. La punta del ovillo que desató esta pasión por los trazos.

En lengua lacaniana se diría que América ha sido la falta: la castración de la niña, el objeto parcial, lo reprimido, un campo minado de pesadillas, el refugio de todas las fantasmagorías, un largo y postergado etcétera. El mapamundi de Piri Reis (1513), el fabuloso mapamundi de Fra Muro (1459), el mapamundi de Virga (1415)… la lista puede ser muy extensa. Todos aquellos mapas, mirados desde hoy, reformulan aquella pregunta ¿qué cosa es América?

En algunos mapas se la ve con sus contornos todavía nubosos, como si no se tratara de un continente sino de algo volátil: una sospecha euridiceana, un animal viscoso y mojado a cuya constante fuga no dejamos de acudir. O como si América, en lugar de ser un conglomerado de accidentes geográficos, fuera en realidad una materia fungible y flotante; una materia que conforme se mira, se gasta. Como si las alternativas de América fueran las mismas que las de un viejo secreto: huir: huir o esperar.

Si revisamos la mapoteca, vemos que lo que cambia no son sólo los contornos de la tierra: sus bahías, sus peñones, los archipiélagos, los acantilados. También cambia “el elemento no marcado”. Thomas Bender, en su reciente A Nation Among Nations: America’s Place in World History (2006), repara en ese hecho aparentemente olvidado desde hace algunos siglos. Un elemento aparentemente desapercibido pero que ha estado desde siempre en todos los mapas. Como si la verdadera vedette de los mapas no hubiese sido en verdad América sino la Rosa de los Vientos, esa retama de los desiertos azules. Y como si el verdadero “descubrimiento” de 1492 no hubiese sido un continente, sino, el océano.

International Shipping Routes | US Geological Survey’s National Imagery and Mapping Agency (2009)

Author
Juan José Mendoza
Juan José Mendoza

(Junin, Argentina, 1977) estudió literatura en Rosario, filología en Madrid, el doctorado en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autor de los libros El canon digital_ la escuela y los libros en la cibercultura (2011), Escrituras past_ tradiciones y futurismos del siglo 21 (2011), Lake Vanda (2012) y Sin Título. Técnica Mixta (2012). Ha sido curador de la edición facsimilar de la revista Literal y del Dossier Literal (Biblioteca Nacional, 2011). Web: www.tlatland.com