¿Para qué sirve la crítica?

1. En un reciente trabajo sobre las funciones de la crítica literaria venezolana, el ensayista Miguel Ángel Campos sostiene que en nuestro país hemos tenido (y tenemos) buenos analistas de literatura, pero no una verdadera corporación encargada de generar las debidas valoraciones sobre el cuento y la novela; menos aún cuando este tipo de materiales resulta muy contemporáneo, es decir, publicado, digamos, hace apenas un mes o esta misma mañana. Ilustra su comentario con la expectativa que causó en el joven Arturo Uslar Pietri la espera de la reseña que el mítico Jesús Semprum haría de Barrabás y otros relatos. Señala Campos que la llamada generación literaria del 28, y Uslar fue uno de sus más destacados representantes, estuvo siempre atenta a los dictámenes de la crítica, o al menos a las astringentes lecturas de Semprum, antes que a las volubilidades del público, de tal manera que el examen sistemático respecto de la actividad imaginativa fue, para los narradores nacionales vinculados con aquel lapso, cito a Campos: “más importante que los lectores, aun cuando los escritores suelan desvariar con un universo de fans y algunos atrevidos llegan a soñar con su nombre asociado a carteleras y primeras planas.” (2009: 4)

La opinión deja en claro dos cosas: 1) la necesidad de una tradición crítica; 2) el culto a la personalidad de un crítico (en este caso Semprum, pero antes a Felipe Larrazábal o a Julio Calcaño y luego a Domingo Miliani o a Alicia Perdomo). Me parece curioso, por decir lo menos, eso de que los narradores del 28 escribieran para el potencial análisis del caudillo crítico de su momento. Hay, asimismo, una contradicción entre quejarse por la ausencia de un sistema evaluativo diacrónico y el complaciente sometimiento a la sentencia de un juez único e implacable.

Las afirmaciones de Campos se producen a propósito del boom editorial que desde 2003 observamos en el panorama de nuestra narrativa. Cree el ensayista que hasta ahora no ha aparecido el felicitador o el gendarme, como se quiera, que valore debidamente las obras en progreso de un heterogéneo grupo de autores que “deberán esperar el advenimiento del gran crítico” para saber cuáles serán las casillas que ocupen en el tablero de la literatura venezolana.

Me propongo rebatir ambas conclusiones (la necesidad de una tradición crítica y el culto a la personalidad de un crítico) y exponer algunas ideas sobre el papel de la crítica literaria.

Es lugar común pensar que no hay crítica o críticos entre nosotros. Idea un tanto romántica y absurda que no aguanta un mínimo escrutinio si nos fijamos en lo que la actividad ha significado desde los días de establecimiento de la República, para no referirnos a ciertos aportes de la Colonia (Navarrete, por ejemplo). Partiendo de la base de que la crítica es, por sobre todo, un ejercicio de valoración estética de las piezas de un género particular (la novela, el cuento, para constreñirnos al espacio de dos modalidades narrativas), hacia finales del XIX (el siglo de formalización teórica de la disciplina en Occidente) sus juicios marcaron una importante etapa de nuestra vida cultural. Así, es caso socorrido, las discusiones relativas a la nacionalidad representada en los argumentos novelescos o en los relatos fue el punto básico para discutir la pertinencia de algunos títulos.

De modo pues que la mínima definición explicitada más arriba sobre la esencia de la crítica, esto es, un ejercicio valorativo que busca rasgos estéticos en las ficciones de las cuales se ocupa y el ejemplo citado sobre la narrativa nacional, descalabra la tesis de Campos relacionada con la supuesta carencia de una historia de las valoraciones literarias en el país.

La segunda creencia, la necesidad de un “gran crítico” adscrito a una generación de escritores o, como lo llamo arriba, el culto a la personalidad de quien gana fama y espacio en el circuito de la literatura emitiendo juicios, suena a ruego cristiano por la segunda venida del mesías o a urgente reclamo por un salvador de la patria de las letras que muestre las bondades de nuestra más cercana prosa creativa. ¿Será que aquí también, como en política, no rebasamos el simple aspaviento? Un caudillo crítico deviene siempre en dictador e impone sentencias, no hipótesis de lecturas. Si se aboga por una comunidad profesional de analistas, debo insistir, ¿cómo puede solicitarse, al mismo tiempo, la bendición de un gurú?

Para decirlo de una vez: la narrativa venezolana actual requeriría una evaluación sistemática emprendida por cualquiera que tenga a bien hacerlo. Nada más. En esto, como en casi todo, nos enfrentamos a un asunto de carácter temporal; de allí que las conclusiones de un examen sobre el fenómeno serán siempre tentativas y pasajeras: un dibujo sincrónico de la cuestión. Ni ausencia de tradición crítica ni expectante búsqueda del oráculo; tan sólo trabajo honesto con claridad de principios.

Opiniones como las de mi amigo Campos suelen producirse con cierta frecuencia; una suerte de leitmotiv para encender la polémica sobre todo cuando se trata de comprender un proceso literario cercano. No obstante su regularidad, estas manifestaciones no pasan de ser meros desplantes, aunque es este caso resulte una peligrosa declaración por cuanto uno de nuestros más reconocidos ensayistas elimina con dos buenas frases la historiografía crítica del país en favor de un urgente llamado que buscaría alertar sobre una supuesta falta.

Que hay una derrama de libros de cuentos y de novelas en los últimos seis años es obvio. Algunos artículos de Miguel Gomes, Violeta Rojo o Carlos Pacheco lo demuestran con rigurosa inteligencia crítica. Pero sucede que no se puede pedir al analista que se ocupe de todas las cristalizaciones estéticas de su campo de estudio, por muy evidentes que aquéllas sean. Los críticos no trabajamos de ese modo por cuanto la actividad no se reduce a la simple recensión de nuevos títulos. Seleccionar un tema para el examen implica, entre otros motivos, encarar el propio gusto y, sobre todo, los prejuicios. Por ello, nadie puede exigirnos el tratamiento de un tópico, de una obra o de un género con base en la evidencia numérica o publicitaria. Lo que sí debe exigírsenos es honestidad académica y, más aún, declarar los rudimentos (teóricos, de método, ideológicos) que orientan lo que hacemos.

Entro aquí en el tema medular de mi texto. Si la crítica no debe operar por compulsión, pero debe reconocer, sin duda, los acontecimientos relevantes de su área de estudio, entonces cómo se manifiesta y para qué sirve.

2. En las “palabras liminares” de su monumental Sobre crítica y críticos (1991), Juan Luis Alborg advierte que la especificidad de la literatura, el conjunto de supuestos rasgos ontológicos que caracterizarían a aquellos textos que satisfacen necesidades estéticas (la poesía, el cuento, el teatro, la novela), resulta el concepto más fantasmático de la teoría literaria del siglo XX. No obstante, la busca de esa noción ha permitido el levantamiento de un impresionante cuerpo doctrinario y, sobre todo, el desarrollo de una disciplina que si no logra apresar al fantasma, en ocasiones dibuja parte de su perfil: la crítica literaria.

Alborg demuestra que desde el formalismo ruso hasta hoy los intentos por construir una ciencia de la literatura, al modo de las llamadas ciencias de la naturaleza con sus leyes y experiencias controladas, no ha rebasado el examen de problemas puntuales, propios más bien de las operaciones de la retórica o de las poéticas clásicas. Así, se puede conocer la disposición de las partes de un poema con base en los modelos antiguos, esto es, en la práctica de un formato tradicional el cual permite inferir el cumplimiento de unos singulares deseos constructivos. Pero es difícil contestar respecto de las pulsiones del artista que, como Juan Beroes, decide utilizar la arquitectura del soneto para exponer imágenes para él fundamentales (quiero decir, responder desde la perspectiva de una supuesta ciencia, de una metafísica literaria) y, menos aún, saber cómo será recibido ese material en un contexto de lectura que, en apariencia, ya no disfruta mucho de tal tipo de composiciones. De modo pues que la especificidad de la literatura no existe: sólo tenemos trazas de espectros (una metáfora, el modo en que un personaje toma el cigarrillo) que la crítica literaria sigue con obsesiva voluntad, como una estrategia para atrapar lo indefinible, pero presentido, en las obras de creación.

Ahora bien, si no tenemos un concepto que defina o permita reconocer cuándo un texto pertenece al campo de la literatura, una suerte de universal estético, digamos, que nos ayude a identificar lo que leemos como propio de un terreno tan lábil: cuál es el sentido histórico de los estudios literarios, de qué vale dedicar la vida a algo tan fútil que en más de dos mil años, desde la Poética de Aristóteles, no ha atinado con una sensata conceptualización de su particularidad. Más aún: ¿para qué sirve en un país como el nuestro (agobiado siempre por crisis sociales de variado cuño) ocuparse en las letras o en el análisis de los productos de ese ámbito? El mismo Alborg nos da una respuesta tentativa: las 1005 páginas de su libro constituyen una prueba de que, pese a la carencia de señas definitivas en el conjunto de los materiales artísticos sustentados en el verso o la prosa, el interés por fijar todas las acciones humanas (la bala que no llega a disparar el personaje de Soldados de Salamina en la novela de Javier Cercas, la interpretación sobre el pasaje de la existencia en el poema “Tabaquería” de Fernando Pessoa) deviene una condición natural del pensamiento cognitivo. Esto es, buscamos comprender los mecanismos de abstractas maquinarias de palabras mediante la teoría y la crítica literarias porque en ellas nos sabemos representados en una dimensión que supera, con mucho, la frialdad de las demostraciones científicas.

Aclaro: no es que la literatura proporcione mejores interpretaciones sobre el mundo físico o que pretenda sustituir los innegables avances de las llamadas “ciencias duras”. Lo que ocurre es que, tratándose de nuestra especie, del escrutinio de sus anhelos y frustraciones, de su cotidianidad, a veces es más útil un tropo o una tesitura narrativa antes que la exacta comprobación de un procedimiento químico en el cerebro de un personaje para entender la obsesiva caza de una ballena, la lujuria desencadenada por los pies de una mujer o el vacuo asesinato de un indefenso árabe en una playa solitaria.

Aun cuando nadie sabe cuál es la especificidad científica de la literatura hay, sin embargo, acuerdo generalizado sobre su humano servicio. Basta con leer cualquier historia literaria (occidental, andina, venezolana) para comprobarlo. Asimismo, la teoría como espacio reflexivo en torno de la escritura estética revela el interés de quienes intentan explicitar los fundamentos y las proyecciones culturales de los objetos que conforman sus sistemas. Por lo que toca a la crítica literaria anotemos que su ejercicio es imprescindible al momento de discutir la pertinencia de aquellos bienes simbólicos que, apoyados en cierta tradición escrita, construyen el imaginario que sirve de barrera y muro de valores, de colgadura idiosincrásica en donde se dibuja el espíritu del país.

En virtud de que mi trabajo literario se halla vinculado con el juicio de textos, en las líneas que siguen evaluaré aspectos de la función crítica y su posible utilidad en tiempos saturados de ideología política y de urgencias socio-económicas; los tiempos, en fin, de la Venezuela actual.

3. Definamos, con García Berrio y Hernández Fernández, la esencia y la labor de la crítica:

Las obras literarias se presentan individualmente como textos que son, a su vez, sucesos o acontecimientos en la serie histórico-cultural a la que pertenecen. El estudio, descripción y valoración de las obras literarias individuales como textos constituye el objeto específico de la Crítica literaria. Es ésta una actividad analítica que empieza por enfrentarse a objetos acotados, las obras, con el fin de describir y explicar sus contenidos y la forma expresiva con que se representan. La labor crítica es por tanto una tarea útil de mediación, en todos sus niveles y modalidades, ejercida por especialistas capaces de aclarar y valorar para los lectores comunes la estructura, el mensaje y la calidad de las obras literarias. (2004: 23-24)

El resumen insiste en la más clásica de las actitudes del crítico: la mediación entre el lector y la pieza artística, una antesala para el disfrute. Este comportamiento puede que se verifique en aquellas sociedades donde la lectura resulta un lugar común y los textos literarios se consideran, de antemano, obras de arte o en camino de serlo. Por el contrario, entre nosotros hacer crítica implica otras motivaciones, casi nunca relacionadas con la evaluación de los libros como potenciales objetos estéticos. Obviamente, nuestro crítico reconoce en el ejemplar que analiza elementos distintivos en el manejo de la eufonía, de las imágenes, de ciertos matices que tocan la sensibilidad sin llegar a verbalizar los contenidos (los dedos entrelazados de los amantes en contraposición con las palmas juntas de los esposos agostados, la mirada súbita del malhechor al contrario de los pupilas acuosas de quien se despide en un muelle), pero lo que suele ocupar gran parte de juicio es el tema: la historia y su relación con el medio externo del cual se supone calcada. Que se entienda: la estructura y los aspectos compositivos son importantes; sin embargo, mucha de la crítica literaria de estos días, sobre todo luego del auge de los llamados “estudios culturales”, da mayor relevancia al examen temático e ideológico antes que al tramado lingüístico o relativo al género de adscripción del tomo o trabajo comentado.

Tal vez al considerar la literatura (también lo aclara la cita) como un producto directo de factores sociales específicos, la crítica no hace más que accionar una de sus matrices programáticas y de ese modo corrobora, pues, una tesis. Lo cual explicaría, entonces, la recurrencia en los temas.

He aquí otro énfasis: “La labor crítica es (…) una tarea útil de mediación, en todos sus niveles y modalidades, ejercida por especialistas capaces de aclarar y valorar para los lectores comunes la estructura, el mensaje y la calidad de las obras literarias”. Pasaje que parece haber sido escrito en los años setenta, cuando muchos críticos latinoamericanos se arrogaron la capacidad de proponer ideas y modelos políticos que rebasaban sus limitadas funciones literarias. Con todo, me interesa destacar el vínculo entre la actividad de mediador y de especialista que intenta hacer comprender a otros el sentido de los textos creativos, pues éstas son las funciones que en la actualidad desempeña el crítico en nuestro país, aunque haga descansar todo el peso interpretativo en las historias de las voces narrativas o poéticas.

4. Antes he dicho que intentaría evaluar la actividad crítica venezolana en estos tiempos de crisis y, más aún, que trataría de justificar, si era el caso, su función entre nosotros. La palabra “crisis” juega un rol destacado en la historia del país. Manuel Caballero ha demostrado (Las crisis de la Venezuela contemporánea, 1998) que desde el siglo XIX hemos atravesado varias de ellas, tanto que ese podría ser el comportamiento destacable de la patria en tanto cuerpo nacional. Así, el análisis literario profesional refleja algunas de esas crisis, como en un espejo de incertidumbres. No es este el espacio para relatar el proceso de nuestra crítica desde 1830 hasta acá; no obstante, debe anotarse que en los períodos de calma, y dependiendo del movimiento o escuela al cual se adscribiese, el examen de los textos se realizó desde la perspectiva de la mediación estructural y de estilo (como en los trabajos del romántico Julio Calcaño), mientras que en las horas de aspavientos políticos o económicos la crítica se decantó por evaluaciones de tipo contenidista (los comentarios de José Gil Fortoul a la novela de 1901 de Manuel Díaz Rodríguez, Ídolos rotos). En ambos casos el crítico asume su papel de especialista sui generis, empírico.

Hoy las cosas lucen un tanto diferentes: la crítica ha abandonado su función mediadora en favor de una decidida actividad para especialistas. Sumidos en una crisis política desde al menos 1992, los críticos literarios cansados de mendigar, el verbo es exacto, los mínimos espacios periódicos para sus recensiones o notas sobre libros se han refugiado, literalmente, en las revistas universitarias, verdaderas fortalezas donde la práctica crítica levanta vuelos a ratos incomprensibles. Se trata de un fenómeno que se relaciona, asimismo, con otros factores de carácter socioeconómico: las bonificaciones especiales que otorgan las universidades y otros organismos gubernamentales con base en la producción de artículos críticos, y el hecho evidente de que quienes hacen crítica son, por lo general, profesores a los cuales estas prebendas les resultan tentadoras. De donde se sigue que la llamada crítica universitaria o académica no es más que un conjunto de textos de poco impacto en el público general y, en ocasiones, en la propia comunidad de colegas.

No quiere decir que décadas atrás la situación de la crítica era boyante y que sus estrategias comunicativas resultaban de fácil acceso para cualquier curioso que tuviera a bien ocuparse de sus juicios. Por el contrario, la lectura de valoraciones literarias, como sucede con mucha de la literatura, es una actividad de elites y quizá de conciliábulos. Pese a ello, hará unos años (finales de los sesenta, principios de los setenta) la crítica mostraba todavía un rostro amable en la prensa periódica, sobre todo en las columnas de inolvidables críticos-creadores (poetas que se dedicaban al comentario de los libros de otros, por ejemplo) como Pascual Venegas Filardo y Fernando Paz Castillo. ¿Cuál es el rostro de nuestra actual crítica? Lo dicho: el que se cuece en los hornos de la especialización universitaria.

Así pues, el ejercicio de la crítica literaria está aparentemente condenado en los claustros de un poder debilitado, sin salir a la calle para incorporase a las discusiones públicas en una hora cuando se debaten graves asuntos en el país.

5. Sin pretender retomar los exagerados anhelos de quienes pensaban que la crítica literaria debía convertirse en una instancia ductora de las políticas generales de cualquier Estado, gracias, entre otras razones, a su condición dialéctica para estudiar los textos, es necesario abogar porque la disciplina se reconstituya de nuevo como una línea de reflexión pública. Sobre todo, vista la bonanza editorial que abruma al país como consecuencia de la última de nuestras crisis: la llamada “revolución bolivariana”. Cualquier paseante caraqueño (no tengo pruebas de otras ciudades) apenas entra a una librería constata de inmediato la exorbitante cantidad de títulos dedicados al asunto. La mayoría de esos libros corresponden al género ensayo (histórico, político, sociológico); no obstante, hay también una abundante variedad de novelas y tomos de cuentos publicados hará uno, tres, cinco años, la cual inunda el mercado de las ediciones locales.

Lo mismo podemos anotar respecto de la poesía, la crónica periodística, la biografía, el teatro, las entrevistas. Pese a este boom editorial, ningún crítico se ha ocupado de evaluar el problema como conjunto; ni siquiera hemos leído trabajos de fondo sobre los libros más oralmente celebrados del lapso: Falke (2004), de Federico Vegas; La otra isla (2005), de Francisco Suniaga; Puntos de sutura (2007), de Oscar Marcano, para citar sólo tres piezas narrativas. Hasta el momento cuando escribo estas páginas, no hay un artículo crítico profundo sobre La enfermedad (2006), de Alberto Barrera Tyszka, obra ganadora, se sabe, del prestigioso Premio Herralde de Novela.

El escueto inventario revela un atraso crítico: ¿dónde están los especialistas que estudien este inopinado alud de títulos y autores?, como reclama, ahora sí, Miguel Ángel Campos. ¿Es suficiente achacar a la falta de medios divulgativos impresos la ausencia de las correspondientes valoraciones? En este punto se impone detenernos en algunas imágenes que, incluso entre quienes tienen formación literaria profesional, duermen en las buenas conciencias de los escritores: el crítico como sub-dotado, la crítica como práctica diletante. Veamos.

Excluyendo a unos pocos (hasta donde sé: Carlos Pacheco, Aura Marina Boadas, Jorge Romero, Mirla Alcibíades), casi todos los críticos literarios reconocidos del país son, al mismo tiempo, creadores: poetas, cuentistas, dramaturgos, novelistas. Quizá esto se deba a que durante mucho tiempo ser crítico, a secas, se consideró un estigma que evidenciaba la inhabilidad de aquellos que se dedicaban simplemente a evaluar las composiciones de otros, en comparación con los talentosos, los apertrechados por la providencia para escribir ficciones, dramas, ensayos o poemas. No obstante que desde la década del setenta (siglo XX) la profesión crítica adquiere prestancia y reconocimiento, todavía seguimos pensando que debe combinarse la práctica del juicio literario con la creación. Yo mismo he incurrido en esta falacia. También, las Escuelas de Letras: en éstas no se da mayor espacio al análisis de las obras como ejercicio autónomo, antes bien, se prefiere impartir talleres literarios (poesía, ensayo, narrativa, teatro y hasta cine) y ninguno de crítica literaria. Estoy convencido de que las Escuelas de Letras deben formar, por sobre todo, críticos literarios.

De tal manera que la crítica sigue siendo vista por muchos como la menos noble de las actividades relacionadas con la literatura. Con todo, para algunos se convierte en solaz o en diletante calistenia luego de la lectura de un libro, para atrapar en unas pocas líneas el impacto de una buena trama o de una historia. Vista así, la crítica se torna mero territorio de vagancia, brumoso y volátil como las nubes que se desgajan al viento.

Aunque hablo con imágenes, la verdadera crítica tiene, al contrario de la literatura, su propia especificidad. ¿Pero cómo puede iluminarnos ahora cuando amenaza la noche perpetua?

6. Ya se sabe: la crítica busca producir conocimientos sobre los libros al analizarlos mediante una operación que tiene en la teoría, cualquiera que ésta sea, su anclaje metodológico. Los mecanismos cognitivos relacionados con el modo de generar las valoraciones constituyen el punto más destacable de la disciplina. Quiere decir, la capacidad de pensar las estrategias literarias gracias a las cuales se materializan las obras es lo que debemos alentar en quienes, por vocación, se dedican hoy a las letras, pues la reflexión sistemática desarrolla, en general, el espíritu crítico; una disposición que ha disminuido notablemente en el país.

Si la crítica se halla constreñida en las universidades debemos encontrar la manera de sacarla al foro público, único modo de alentar el pensamiento ordenado no sólo relativo a la literatura, sino como práctica social de amplias repercusiones civiles. En justicia: la crítica literaria ayuda a pensar, permite el establecimiento de diálogos (en su afán de mediación) y hace de sus productos nítidos modelos de claridad expositiva. Me refiero, por supuesto, al ejercicio crítico que “plantea sus objetivos y finalidad como objeto antropológico o, si se quiere, como objeto semiótico, es decir, como productos sintomáticos y significativos de la actividad de los hombres” (García Berrio y Hernández Fernández, 2004: 18). En esta perspectiva, el papel de la literatura y de sus corporaciones (editoriales, academias, casas superiores de estudios, institutos de investigación) retomaría el cauce perdido en la diatriba política y en el frágil uso que de ella han hecho algunos de sus productores.

No digo que la actividad crítica se convierta en una tabla de salvación comunal; sólo dejo sentado que las valoraciones literarias, en tanto generadoras de conocimiento, en ocasiones nos hacen comprender mejor nuestras actitudes socioculturales. Porque la literatura es, ante todo, una manifestación social, el campo expresivo de las pulsiones colectivas y la crítica, por su parte, una manera de señalar cómo se materializan y exploran esos profundos deseos y traumas constelados símbolos, en palabras.

Referencias

Alborg, Juan Luis (1991). Sobre crítica y críticos. Historia de la literatura española. (Paréntesis que apenas tiene que ver con la presente historia). Madrid: Gredos.

Barrera Tyszka, Alberto (2006). La enfermedad. Barcelona, España: Anagrama.

Caballero, Manuel (1998). Las crisis de la Venezuela contemporánea. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.

Calcaño, Julio (1972). Crítica literaria. Caracas: Presidencia de la República.

Campos, Miguel Ángel (2009, agosto 15). “Nostalgia de la crítica”. Papel Literario, El Nacional, pp. 4-5.

García Berrio, Antonio y Teresa Hernández Fernández (2004). Crítica literaria. Iniciación al estudio de la literatura. Madrid: Cátedra.

Gil Fortoul, José (1931). Sinfonía inacabada y otras variaciones. Caracas: Sur América.

Marcano, Oscar (2007). Puntos de sutura. Caracas: Seix-Barral.

Suniaga, Francisco (2007). La otra isla. 4ª. ed. Caracas: Oscar Todtman.

Uslar Pietri, Arturo (1928). Barrabás y otros relatos. Caracas: Litografía y Tipografía Vargas.

Vegas, Federico (2004). Falke. México: Jorale.

Author
Carlos Sandoval
Carlos Sandoval

(Venezuela) es crítico literario. Narrador. Docente-investigador del Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela. Profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas). Autor de El cuento fantástico venezolano en el siglo XIX (2000), la antología Días de espantos (cuentos fantásticos del siglo XIX) (2000, 2004 y 2007), La variedad: el caos (2000), El círculo de Lovecraft (nouvelle, 2011), Fijar la patria. Eduardo Blanco y el imaginario nacionalista venezolano (Coordinador, junto con Beatriz González, 2012) y de numerosos trabajos de investigación en libros colectivos y en revistas especializadas. Dos de sus cuentos están recogidos en las antologías Narrativa sin fin (2005) y Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (2006). Ha sido Profesor invitado en la Universidad de Nápoles y en la Universidad de Salamanca. Entre otros, ha recibido los siguientes reconocimientos: Premio Municipal de Investigación Literaria (Alcaldía de Caracas, 2001), Premio a los Trabajos de Investigación del Personal Académico de la UCAB (2002), Premio del I Concurso de Crónicas de la Revista Clímax (2006), Premio I Bienal Literaria “Julián Padrón”, mención Novela Corta (2010).