Pablito, el bandito: Cuando lo ilegal se hace legítimo

Casi todos los capítulos de la telenovela Pablo Escobar, el patrón del mal, inician con la siguiente frase de Jorge Santayana: “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. Es bueno desafiar críticamente esta máxima y proponer una más aguda y apropiada para el contexto colombiano: “quien conoce su historia está tentado a repetirla”. Creemos que esta segunda es más conveniente porque no tiene el alto grado de ingenuidad de la de Santayana. En la del pensador hispano-estadounidense subyace una pretensión epistemológica positiva, según la cual el conocimiento (¿a través de cualquier vía?) de los hechos que se agrupan bajo el título de ‘historia’, salva al sujeto que los recibe de repetir lo que de doloroso hay en ella. O por lo menos esa es la pretensión, no sólo de quienes decidieron tomarla como slogan de la novela, sino también de todo aquél que la corea a pie juntillas, pensando también ingenuamente, que repetir oraciones nos puede salvar del horror.

De todas las voces que han surgido para criticar y para destacar lo que de reparador hay en la telenovela, me interesa poner junto a la frase positiva de Santayana, aquellos clamores de quiénes ven en El patrón del mal, una apología al delito. Creo que pensar que la serie es ‘una apología más’, del tipo Sin tetas no hay paraíso, es caer en otro extremo inadmisible; polo que se debe abandonar, si queremos avanzar un poco en el debate y evitar los obnubilamientos propios de los maniqueísmos simplistas. Si el grueso de la población colombiana –lo cual es una suposición hasta que no se compruebe su certeza– siente admiración por Pablo Escobar, no es porque un producto cultural lanzado desde un canal privado así lo dicte, son otras las razones (mucho menos evidentes), las que hacen ver en “El patrón” el villano a seguir.

Un pequeño rastro de éstas puede empezar a salir a flote si analizamos el fenómeno reciente de los álbumes que en Santo Domingo, y en otros barrios de las comunas de Medellín, empezaron a circular. Se trata de un pequeño librillo que debe ser llenado con imágenes (de la ‘realidad’ y de la ‘ficción’) alusivas al recorrido criminal de Pablo Escobar. Quien se hace acreedor de una estas estampitas, cree hacerse parte de la historia del Patrón. Llenando el álbum, los habitantes de las comunas sienten a su cacique, y al séquito que le rodeaba, mucho más cercano y familiar. No nos sorprendamos entonces, si muchos de los jóvenes ven en el “Chili” (Pinina) y en el “Topo” (Chopo), modelos a seguir; y desean llenar el álbum con las imágenes de los gatilleros de la serie. Como quien compra un álbum de fútbol para tener una proximidad mayor con su deporte e ídolos favoritos, los que quieren completar el álbum de Pablo Escobar, están buscando llenar con ello una vida que ha sido vaciada de contenido, por los que han llevado las riendas de un país violento e injusto.

 

No es inoportuno traer a este lugar un texto, también repetido hasta el cansancio, del filósofo y revolucionario alemán Karl Marx: “[l]os hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (Marx). Las clases populares que siguen alimentando el mito de Pablo Escobar con su veneración diaria, no lo hacen ‘cegadas’ por una formación cultural escasa o equívoca, ni porque se les haya contado una historia parcializada sobre el mencionado narcotraficante. Ni mucho menos, porque “no conozcan su historia”, o no conozcan “la verdadera historia” del narcotráfico en el país. Puedo asegurarles que el amplio público de la telenovela, procedente en su mayoría de las clases con menos privilegios, conoce la historia de narcotráfico y de violencia del país. Y lo que es peor, está dispuesto a repetirla. Aunque tristemente lo tenga que hacer bajo la dirección de unas élites corruptas, que también, conocedoras de la misma historia, siguen conduciendo al país cuesta abajo en este largo despeñadero.

La telenovela falla en su intento de “poner al país a hablar” sobre la violencia en Colombia, porque esa lógica del diálogo ‘civilizado’ para dirimir los problemas, no es la misma de la mayoría de los colombianos. Y esto no porque esta masa de la que hablo sea incivilizada o violenta por naturaleza, sino porque son otras las lógicas (muchas veces más inteligentes) las que rigen su día a día. Tal vez pensaban los productores que las familias colombianas deberían realizar un mini-foro en sus casas después de ver la novela. Por eso a Galán, a Lara y a Cano, los ponen tan ecuánimes, como dando una cátedra humanista cada vez que hablan en la novela. Por eso también los diálogos de éstos son tan aburridos, tan carentes de emociones, y por lo tanto ineficientes a la hora de generar empatía de los espectadores con aquellos que los pronuncian. La racionalidad de la mayoría de los colombianos, es una racionalidad práctica, del tipo “ver para creer”, y no por ello menos valiosa, insisto, frente a esa intelectualidad simplista que representan los asesinados que se buscaba homenajear con la novela. “Pablo Escobar, el patrón del mal”, replicando los imaginarios sobre los ciudadanos de élite (formados, calmados y consecuentes en sus conversaciones) y los de la periferia (mamagallistas, ágiles y pasionales en sus acciones), busca dar a conocer la historia con un esquema equivocado. Erran porque acuden al viejo paradigma ‘iluminista’ según el cual basta con señalar con apuntador a los buenos y a los malos para que el televidente tome partido por aquellos de bien.

Y no sólo no dan en el clavo al tratar de ‘iluminar’ la historia de Colombia, presentándonos a los malos, sino que curiosamente han hecho un proceso selectivo que debe llamarnos a la sospecha. ¿Por qué en la novela se insiste tanto en los presuntos vínculos de Pablo Escobar con el M-19 y se dejan de lado asuntos acaso más importantes como los dineros calientes de las campañas de Alfonso López Michelsen, Belisario Betancur y Ernesto Samper?, ¿Por qué los vínculos con el establecimiento oficial se presentan como sólo unos en donde los partícipes no son más que manzanas podridas de una institucionalidad impoluta? Yo no creo en estas coincidencias, queridos lectores. Yo no sé ustedes.

Nos han contado la historia, quizás para no volver a repetirla (y no ocultemos la sorna de decirlo de nuevo) que en una magnífica operación el Bloque de Búsqueda ‘abatió’ a Pablo Escobar en el tejado de una de sus caletas en Medellín. Cuentan también que el para ese entonces mayor Hugo Aguilar Naranjo gritó mientras Pablo Escobar caía muerto: ¡Viva Colombia! No se tienen imágenes de ese momento preciso, pero yo creería que su expresión fue como la que adjunto, dado que se trata del mismo personaje y de un momento de exaltación similar, pero al mismo tiempo (para su infortunio) diferente.

Sin duda alguna un grito de éstos, con las características dramáticas que implica, debe ser digno de llevarse a la pantalla chica. Me gustaría ver un capítulo de “El patrón del mal”, en el que el coronel salga gritando encima del tejado, pero que también aparezca haciéndolo acompañado por agentes del CTI, al ser capturado por sus vínculos con el paramilitarismo. Y así como la novela, y sus productores, son tan osados de representar los vínculos (aún sin comprobar) del MR-20 (M-19) con Pablo Escobar (“cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, ¡claro!), deberían también tomar el riesgo de poner a circular las versiones en las que fue Carlos Castaño en realidad el que mató a Pablo Escobar.

En el momento en que escribo este artículo, la novela no ha llegado a su fin, por lo cual difícilmente sabré con cual versión se quedarán sus realizadores. Sin embargo, transcurridos cincuenta y cinco capítulos lo que sí se sabe es que han optado por salpicar a los de siempre (Santofimio, Noriega y varios líderes y policías anónimos) y dejar intactos a tantos otros que aún hoy siguen tirando los hilos de un Estado igual de mafioso que el que quería implantar Escobar. Muestra de ello es la aparición bastante tardía de un tal Miguel Moreno (Fidel Castaño) y su hermano Lucio Moreno (Carlos Castaño), cuando se sabe que el nacimiento y desarrollo de la empresa criminal de los hermanos Castaño colindó espacial y temporalmente con la de varios miembros del Cartel de Medellín. Hay que reconocer que la tarea audiovisual exige otra bastante ardua que es la de edición. Pero no deja de ser una gran casualidad que hayan dejado de lado personajes tan importantes del Estado y el Para-Estado colombiano.

Decía Pablo Escobar en una de sus cartas: “Yo le voy a decir todo eso a la opinión mundial porque si se persigue al Cartel de Medellín, hay que perseguir también al de Cali y si se persigue a la guerrilla, también se debe perseguir a los paramilitares. La condición sería que saquen por la televisión a Gilberto, a Chepe Santa Cruz y a Fidel Castaño, que tienen orden de captura y así acepto la cárcel de Itagüí pero la de Jorge y Fabito” (Escobar). Pablo Escobar pedía que sacaran a estos personajes por televisión para que se conocieran también sus actuaciones y se les persiguiera con la misma fuerza que a él. No lo iban a hacer, por supuesto. Un capo de altura no entrega jamás a sus hombres. ¿Cómo iba a entregar el Estado colombiano a varios de sus mejores hombres a la justicia? ¿Cómo detener con esto la tarea ‘patriota’ que cumplían las autodefensas erradicando la ‘plaga comunista’?

Hay una forma de dar cumplimiento póstumo al deseo de Pablo Escobar de ‘sacar por televisión’ a los otros bandidos que hicieron parte, y lo siguen haciendo, del narcotráfico y de la criminalidad estatal. La solución consiste en crear una serie con las características de Padres e Hijos. Es decir, una que tenga tela de donde cortar para fabricar capítulos que podamos hacerlos rendir durante muchos años. Con una ligera variación podríamos titularla “Padres y amigos”, entendiendo que muchos de los caciques de la droga han sido como unos ‘padres’ para las elites mafiosas que aún perviven en el país. ¿Y los protagonistas? Por eso no debemos preocuparnos, los hay de sobra, y en todos los niveles.

Podría generar esto (como sucedió con Padres e Hijos), un gran hastío en la audiencia. Y tal vez por asociación, no creamos a los colombianos tan brutos, genere la serie hastío de los negocios criminales de sus protagonistas “en la vida real”. Así tal vez tendríamos la necesidad de interrumpir el ciclo violento. Para ese entonces podríamos decir: “Quien detiene su historia, está obligado a redimirla”.

Author
Pablo Duran Chaparro
Pablo Duran Chaparro

(Bucaramanga) es filósofo y politólogo de la Universidad de los Andes. Es miembro de la Coordinadora Estudiantil Uniandina, un centro de pensamiento y movilización estudiantil de vocación antielitista. En el segundo semestre del 2012 su primer libro “Paseando en las ruinas. Walter Benjamin y su concepto de revolución” será publicado por el Centro de Estudios Sociales de la Universidad de los Andes. Sus poemas aparecen ocasionalmente en www.espuela.tk.