“Luna”. Un cuento sobre el pánico

[N. del E. Descarga el cuento aquí: "Luna (1938)-Guillermo Meneses "]

 

En este momento Guillermo Meneses, uno de los escritores venezolanos de mayor reconocimiento, estaría cumpliendo cien años[1]. Los homenajes están a la orden del día: coloquios, congresos, concursos literarios. En los medios se publican trabajos críticos sobre el autor y fragmentos de sus obras más destacadas, como los cuentos “La balandra Isabel llegó esta tarde” (1934) y “La mano junto al muro” (1951), o las novelas Campeones (1939) y El falso cuaderno de Narciso Espejo (1952). De las bibliotecas y universidades penden enormes retratos, se exponen manuscritos. En algunas salas se proyectan varios de sus proyectos llevados al cine y a la televisión.

El cuento sobre el que quisiera reflexionar en esta ocasión es menos conocido, pero mantiene muchas de las propuestas temáticas y formales de Meneses; tiene un efecto perturbador como pocos relatos venezolanos y, además, plantea interesantes relaciones con algunos relatos considerados “maestros” de la década posterior del país -aquella en la que se definen propuestas renovadoras y nuevas técnicas de lenguaje-. En principio, sugiero que en todos estos relatos hay una especial manifestación del pánico.

“Luna” (1938) es un cuento de características cinematográficas, con picados, contrapicados y panorámicas; con acercamientos repentinos a detalles del personaje y en el que hay un silencio espeluznante, muy bien logrado, a pesar de la rica descripción de elementos naturales. Estos silencios no solo aluden a la noche de un pueblo solitario, sino que dejan entrever el espíritu del indio Malavé, protagonista de la historia, quien será invadido por una gigantesca pulsión sexual hacia su hermana.

La primera escena es muy elocuente respecto de esa intensidad que palpita en el personaje, en soledad: pescando cuando ha llegado la noche. Luego de la jornada laboral, el indio merodea en el pueblo solitario, y entonces Meneses nos habla de un terror que irrumpe en la atmósfera: “sobre la quieta bahía se extiende un silencioso y profundo temor, un miedo apagado que subraya en murmullos el lento movimiento del agua entre los troncones delgados de los mangles” (p. 73). Insistirá en esta percepción del paisaje, que en principio parece concebida por ese narrador omnisciente que se anticipa a la catástrofe, y que por ello puede percibir la turbación en la naturaleza, en lo que rodea al indio. El “temor” que parece librar la naturaleza en reposo subyace también del personaje, brota de él. La fuerza con la que se percibe ahora está “sólidamente plantada” en el protagonista, como afirma Carlos Pacheco (2001) en su análisis del relato.

Para  Burroughs el pánico es “ese saber repentino e intolerable que nos dice que todo está vivo” (1997 [1991]: 12). La naturaleza, en efecto, comienza a manifestarse, pero todo resulta como el reflejo de un pájaro que observa: fragmentada, oblicua, de manera que siempre haya espacio para el silencio, que lo que pueda verbalizarse se separe.

Ahora bien, si la angustia es un miedo indeterminado, ¿qué puede la huida? Allí el papel de la luna es relevante. No sólo por lo femenino, por lo sexual, esto me parece un poco obvio, sino por el efecto de “acecho”. Con la angustia, el ente se vuelve inestable, se vuelve vértigo, pero la luna es estática, la percibimos estática. Y si todo está vivo, todo palpita, la luna, al acechar, tiene una vitalidad muy evidente. Es luna que el narrador nos nombra con más y más intensidad a medida que avanza el cuento, a tono con esa interioridad del personaje que se va manifestando como un aluvión. La luna es “flor llameante”, “fría”, “blanca”, “llama de plata”, “fruta podrida”, “pico de pájaro”, “ombligo”, “madre”.

La angustia se encuentra en relación con la espera. Al principio del relato el indio aguarda a que los peces piquen (con el silbido de tres notas tan antiguas como su repentino deseo), y todo parece detenerse. El final del cuento es distinto. Luego de la angustia, el indio llega finalmente a su casa y es presa de este arrebato sexual. Y se sabe enfermo, poseído. Hasta que cae rendido, como despojado de un demonio.

Silencio y pánico, vértigo, sonidos y figuras fragmentadas. Un espejo roto. Parece ser esto algo característico en varios escritores considerados por la crítica herederos de los logros menesianos. Décadas, las del 40 y 50, que se liberan de la anterior imposición tradicional y despuntan con fervor y energía la búsqueda de otras posibilidades, al decir de Liscano (1973). Este “hombre-bestia” recuerda entonces a “El hombre y su verde caballo” (1947) de Antonio Márquez Salas. Las coincidencias son interesantes (Pacheco lo sugiere en el mencionado trabajo): el indio Genaro, al igual que el indio Malavé, se dirige en picada a la catástrofe. Claro que aquí no se trata de una prohibición sagrada como el incesto, sino de una pierna amputada que se infecta y le causa la muerte. No por esto el cuento será menos alegórico, al contrario: manifiesta un lirismo exacerbado. También es muy cinematográfico, y presenta esta narrativa gráfica como arte secuencial al estilo del comic:

Apoyando la muleta sobre la tierra encharcada, avanza el indio Genaro por el rojo camino del río. La muleta se hunde, profunda, en el fango. El sol húmedo de      la mañana, el esfuerzo que hace por sacar la muleta del barro mantienen su    rostro goteando espeso sudor. (2005 [1947]: 521)

Durante buena parte del relato el indio de Márquez Salas atraviesa un largo camino árido para llegar a casa. Da la sensación de que somos espectadores-buitres observando en aéreo, planeando en círculos a lo que será carroña. Como en “Luna”, los sonidos serán enumerados como fragmentos, para que el silencio nos insinúe la catástrofe:

Un gallo despierta la noche y corta las sombras con un canto ronco,         desesperado. Los niños tosen, encogidos sobre los cueros, y la mujer se echa en la   tierra apelmazada y parda, doblegada por el cansancio. El indio comienza a sentir     cómo las ratas le están oliendo su pobre pierna gangrenada, cómo roen el    hueso tumefacto, cómo escarban en su carne y chillan en la sombra. (p. 25)

Gustavo Díaz Solís es de igual modo un maestro del relato lírico. Como los cuentos que he mencionado, tiene una impecable descripción visual a modo de introducción, que puede verse en su relato “Arco secreto” (1950): “La habitación estaría a oscuras si no fuera por esas verdes cuchillas de luz que agita el viento nocturno […]. Ahora de costado toma un cigarrillo. La luz de la cerilla hace oscurísima la habitación” (2010 [1950]: 297). En la oración “en el silencio parecen abolidas las cosas de afuera”, se pone de manifiesto ese personaje que, junto a sus fantasmas, es acogido por el pánico, y que, recuerdo las palabras de Burroughs, lo hace todo más vivo. En este cuento, además, se reflexiona sobre esta potencia del silencio; resulta en un ejercicio similar al de la metaficción y el hecho creador.

Pueden hacerse unas cuantas relaciones más, de modo breve. Curioso es el relato de breve extensión (como toda su obra) de Rivas Mijares “El murado”, de 1949, en la que otra vez se alude a la soledad (“la soledad oscurecida de los ojos” (2010 [1949]: 345), le llama él). Yo agregaría los relatos de Oscar Guaramato, en los que también la naturaleza es descrita con acentuado lirismo, o los de Alfredo Armas Alfonzo. Todos ellos parecen, en efecto, consolidar las propuestas que nos presenta Meneses incluso en relatos poco conocidos como “Luna”.

El indio Malavé silba tres notas. Silba, come, duerme, se agita. Habla poco, reflexiona mucho menos. El deseo de incesto sólo parece incrementar esa intensidad que estaba aplacada. Y pues claro, de eso va el tabú: de la prohibición de algo que puede gestarse en condiciones naturales. En los personajes de los “herederos menesianos” esas tres notas parecen manifestarse igualmente al inicio de los relatos: el hombre al que le llegará la tormenta. Creo que es una potencialidad mucho más compleja de representar que la que está acompañada en tono reflexivo. Esa determinada tensión “casi” indeterminable en palabras.

 

Referencias

Burroughs, W. (1997) [1991]. El fantasma accidental. Barcelona: Muchnik.

Díaz Solís, G. (2010) [1950]. Arco secreto. En López Ortega, A., Pacheco, C. y Gomes, M. (eds.). La vasta brevedad. Antología del cuento venezolano del siglo XX. Caracas: Alfaguara.

Liscano, J. (1973). Panorama de la literatura venezolana actual. Caracas: Publicaciones españolas.

Márquez Salas, A. (2005) [1947]. El hombre y su verde caballo. En Cuentos que hicieron historia. Ganadores del concurso anual de cuentos de El diario El Nacional 1946-2004. Caracas: El Nacional.

Meneses, G. (1934). La balandra Isabel llegó esta tarde. Caracas: Élite.

—. (1939). Campeones. Caracas: Élite.

—. (1952) [1951]. La mano junto al muro. Paris: Fequet et Baudier.

—. (1952). El falso cuaderno de Narciso espejo. Caracas; Barcelona: Nueva Cádiz

—. (1968) [1938]. Luna. En Diez cuentos. Caracas: Monte Ávila.

Pacheco, C. (2001). La luna de Meneses. En La patria y el parricidio. Estudios y ensayos críticos sobre la historia y la escritura en la narrativa venezolana. Mérida: El otro, el mismo.

Rivas Mijares, H. (2010) [1949]. El murado. En López Ortega, A., Pacheco, C. y Gomes, M. (eds.). La vasta brevedad. Antología del cuento venezolano del siglo XX. Caracas: Alfaguara.

 



[1] Esta es una versión resumida de una ponencia leída en 2011, en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. 

Author
Rebeca Pineda Burgos
Rebeca Pineda Burgos

(Venezuela) es Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela y Magister Scientiarum en Literatura Venezolana por la misma institución. Es investigadora en el Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela y docente en la Escuela de Letras y en la Maestría en Literatura Venezolana. Es miembro del comité editorial de la revista Investigaciones Literarias y ha colaborado para otras publicaciones académicas como Extramuros. Ha participado como ponente en varios congresos nacionales e internacionales. En 2009 ganó el Concurso de Autores Inéditos Monte Ávila Editores en la mención de Ensayo, casa editorial que publica su primer libro individual, Retórica del trueno (2010).