La intervención

Hace poco más de un año se desarrollaba en Buenos Aires una polémica: los organizadores de la 37 Feria Internacional del Libro en Argentina (que ese año tuvo como título “Una ciudad abierta al mundo de los libros”) invitaron al reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, a hacer la inauguración oficial en abril de 2011. Apenas conocida la noticia, un grupo de intelectuales ligados al proyecto del actual gobierno, conocidos como el grupo “Carta Abierta” (y entre los que figura el actual Director de la Biblioteca Nacional, Horacio González), manifestaron su oposición y pidieron que Vargas Llosa no sea el orador que abra la Feria. Aunque la Presidenta Cristina Kirchner rápidamente se hizo cargo de la situación y mandó a arriar banderas a sus intelectuales con el cuestionamiento a Vargas Llosa, apelando a la libertad de expresión, parte de la carta enviada a la “Fundación El Libro” se dio a conocer a través de la prensa. Allí se dice que invitar a Vargas Llosa a inaugurar la Feria, “sería un grave error que desvirtúa la tradición de la Feria” pues no está bien que quien la abra sea alguien que “es un propagandista, ostensible y florido, de las ideas y las políticas de la derecha liberal y como tal ha dicho las peores cosas de nuestro gobierno (…) y en forma personal de la Dra. Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de la Nación, y del ex presidente Dr. Néstor Kirchner”. Horacio González, por su parte, ha señalado que rechaza a Vargas Llosa porque “viene a sentar posiciones políticas que son agresivas. Me gustaría que en la inauguración de la Feria del Libro no estuviera presente. Su liberalismo lo expresa de una manera tajante y hasta diría que, si me permite la paradoja, autoritaria también”. La polémica fue pública y duró unas semanas.

Vargas Llosa abrió la Feria y se sintió y declaró el “ganador” en esta polémica porque llevó mucho público a su conferencia y se presentó como el adalid de la libertad de expresión. Pero como señaló un periodista en el diario oficialista Página/12, “El hombre viene a participar de un foro de la derecha continental, con invitados de España y otras latitudes. Ese encuentro denominado “El Desafío Populista a la Libertad Latinoamericana” se realizará entre el 17 y el 20 de abril en la ciudad de Buenos Aires, organizado por la Fundación Libertad y apoyado por algunas fundaciones cuasi-fascistas. Allí asistirán, con total libertad, varios personajes que no sólo son de derecha, sino cercanos a las peores prácticas políticas de nuestro continente, racistas, xenófobos (…) y operadores de las agresiones militares de EE.UU. por el planeta” (Página 12). Sobre esa fundación, leemos en su página web: “La Fundación Libertad es una entidad privada sin fines de lucro, cuyo objetivo es la investigación y difusión de temas de políticas públicas, dirigido en particular a lo socioeconómico y a lo empresarial, promoviendo las ideas de la libertad en el contexto de las relaciones sociales”. Investigación y libertad, dos tópicos de una intervención cultural y política de la derecha no necesariamente intelectual pero que hace alianzas con la cultura, con la que Vargas Llosa se relaciona.

Si bien la polémica sobre la participación de Vargas Llosa en la Feria del Libro fue fuertemente ideológica y política (en absoluto literaria pues la cuestión de la literatura no se discutió aunque sí fue institucional ya que la cuestión del Premio Nobel se puso muchas veces sobre la mesa), fue también y muy especialmente, cultural en sentido amplio porque implicó e involucró inmediatamente otras esferas de la actividad social. Sobre el carácter cultural de la actuación pública de intelectuales y artistas y sobre cómo se hace cada vez más difícil leer la literatura o percibir la estética fuera de ese marco sin perder gran parte de las formas de su constitución es que un encuentro como el de los estudiantes del grupo de crítica latinoamericana NYU/Columbia se centra.

Lo que en el politizado clima argentino de estos años generó esa visita tiene una lectura coyuntural muy explícita (forma parte, además, de una larga tradición argentina de polémica con viajeros ilustres) pero también es parte de una forma muy contemporánea de entender la “cultura”. Palabra que entrecomillo para usarla en su expresión más abarcadora, como el conjunto de prácticas sociales y comunitarias que se discuten en el ámbito público. El episodio de Vargas Llosa y la Feria del Libro argentina puede enmarcarse perfectamente en esta definición ya que la literatura, como práctica, involucra al mercado, las estéticas, las ideologías, el espectáculo, las instituciones. Pienso que lo que llamamos cultura se movió, al menos desde la modernidad, entre esos ámbitos pero antes constituían un marco ocultable, algo que quería invisibilizarse detrás de la obra, la estética, el artista, el evento. Esto ha cambiado radicalmente. Desde la perspectiva de nuestro presente, sucede –creo- exactamente lo contrario: no hay obra, no hay artista, no hay evento sin una puesta en escena y explicitación de los procedimientos estéticos pero también institucionales que permiten que un evento cultural (desde una lectura de poemas hasta una Feria del libro) tenga lugar. Y la política forma parte de esta cultura de la exhibición.

La película “El estudiante” (Santiago Mitre, 2011), que se estrenó con una buena recepción de público este año en Buenos Aires y simultáneamente se exhibió en New York y entró ya en un modesto circuito internacional, es un ejemplo. Co-ganadora en el Festival de cine de Gijón, se dice de ella en El País, al anunciar el premio: “En cuanto a El estudiante, Santiago Mitre, guionista habitual de Pablo Trapero, ha llegado a Gijón con una propuesta sorprendente y a la vez clásica. A su protagonista nunca lo vemos estudiar, pero sí escalar los escalones del poder dentro de la Universidad de Buenos Aires, porque Mitre ha decidido realizar una reflexión sobre la corrupción, la traición, el poder y las ideologías, temas habituales en el cine político, en un lugar poco frecuentado por esas historias: las facultades de un campo. Inteligente, intrigante, repleta de reuniones secretas, peones sacrificados y coaliciones antinatura para llegar a lo más alto, Mitre usa la Universidad como si fuera la presidencia de un país o de una empresa. Y funciona.” El País dice además (creo que sin ironía): “En el último segundo, empate. Así ha acabado, para el jurado, la 49 edición del festival de cine de Gijón, que ha visto cómo el premio a la mejor película será ex aequo para la argentina El estudiante, de Santiago Mitre, y la francesa Declaración de guerra, de Valérie Donzelli. Un thriller político y un drama sobre el cáncer” (subrayado mío).

“El estudiante” es casi una parodia de los discursos políticos; no importa que sus protagonistas los tomen “en serio”; la película es el entrenamiento en la política de alguien que, efectivamente, no estudia pero que construye una carrera política en los pasillos universitarios. Y aunque no estudia, aprende; aprende a “operar” políticamente. Lo interesante es que para quien conoce un poco de la UBA (Universidad de Buenos Aires) la película es una clara crítica a la fracción político-estudiantil que maneja la institución desde la reinstalación democrática en 1984 pero si resulta tan atractiva para quienes no conocen la UBA es porque la película no teme demorarse en una obviedad oculta: lo que funda y mantiene viva cualquier institución es la política. Se trate de la UBA o de un jardín de infantes.

Curiosamente, antes del estreno de “El estudiante” en Estados Unidos en octubre de 2011, hubo un episodio que lo preanunció. El 16 de mayo, en Inside Higher Education salió un artículo titulado “The enigma of the UBA”, que se pregunta cómo pueden salir buenos profesionales –un hecho según el artículo- de una institución donde los profesores no investigan, los estudiantes no estudian, donde no hay infraestructura universitaria ni laboratorios ni bibliotecas, etc. (otra “verdad” que el artículo sostiene). El enigma. La respuesta darwinista de su autora, Liz Reisberg, es: porque es una universidad pública –gratuita- donde hay muchos estudiantes y lo que se produce es una “lucha por la vida” en la que sobreviven los más aptos, los muy buenos, que luego se destacan. Las respuestas al blog de la revista (una revista profesional sobre la vida académica) no se hicieron esperar: “no se trata de darwinismo!”, dicen, la UBA proporcionó y proporciona una “experiencia” de constante debate intelectual, de permanente estímulo a la confrontación y el pensamiento crítico, a la intervención (para decirlo en palabras de quienes organizaron este encuentro).

Esta introducción es para llegar a Viñas, sobre quien me pidieron una breve reflexión. ¿Qué pasa con Viñas? Cualquiera que lo haya conocido, haya leído un capítulo de algunos de sus muchos libros o haya visto entrevistas o el documental de Pablo Díaz de 2008 “Un intelectual irreverente”, sabe que la tensión de su discurso se establece entre una clara y potente remisión al pasado, para tratar trazar las tradiciones ideológicas de cada situación, de cada personaje, de cada discurso, y no un utópico horizonte revolucionario sino una afirmación del presente. En el documental mencionado, que claramente se plantea como un “legado”, Viñas habla de Nito Artaza, de Alan Faena, es decir, de aquellos que son HOY sus enemigos. Viñas no se colocaba en la estela de la gloria ni siquiera al final de su vida; él siempre estaba debatiendo con su presente (insertándolo en sus tradiciones). Y sin embargo… ver el documental nos deja en claro las diferencias entre un tiempo en que los intelectuales no solo “intervenían” sino que “juzgaban”, que no solo debatían con el canon sino con la calle, con los políticos tradicionales y con los más deleznables, porque de todos ellos se compone la política y, obviamente, la cultura. Lo que él llamaba el “revés de trama”(el documento de barbarie) opera en su discurso como un disparador para ver el presente pero sin sucumbir a él. Esos disparadores son las formas de esas tramas institucionales en que los intelectuales y los artistas (y todas las personas) viven. Quien hoy filma una película sobre un estudiante que participa en política, filma su participación en la institución, no sus lecturas o su aprendizaje académico. Viñas nos enseñó muy tempranamente cómo lidiar con esas “tramas” (y la palabra es de él). Él también analizó cómo la aparición de un “criado” en una novela pone en escena la institucionalidad social, cómo un texto sobre la bolsa mueve todos los resortes del antisemitismo, cómo una huelga obrera reinstala los mecanismos de dominación. Es decir, nos reenvía a un tiempo en que la política no formaba parte de la cultura de la exhibición pero él la hace visible. Por eso lo ligo a Vargas Llosa y a “El estudiante”.

Cuando exhibimos el documental sobre Viñas en el departamento, apresuradamente dije que ya no era posible un intelectual como Viñas. Y eso me valió esta participación. Dije que a fines de los 90 dejé de ver a David porque hablaba el discurso de alguien que no estaba conectado con lo que pasaba. Una vez más, me equivoqué; me equivoqué en la conclusión aunque quizás no del todo en el diagnóstico. Lo que lo volvía extraño en la Argentina de los 90, cuando todo había cambiado, era que había tenido razón en el pasado, y que si ahora no la tenía era porque toda la realidad se había vuelto, de pronto, Viñas, es decir, lo que antes había de ver como un revés de trama ahora estaba en el primer plano, el documento de barbarie se había convertido en documento de la civilización. En realidad, Viñas hizo “El Estudiante” en 1969: Dar la cara. Por entonces se trataba de una novela de resistencia cultural (que también pasó al cine con su participación como guionista); hoy “El Estudiante” acumula premios internacionales mientras que “Dar la cara” es casi inconseguible.

Cualquier reflexión política sobre la estética descubre hasta qué punto los énfasis de las diferentes épocas varían por razones que, siendo contingentes, tienen también razones de producción precisas. Las instituciones (culturales) siempre jugaron un rol muy claro a la hora de controlar la producción estética e intelectual y fueron una instancia central entre los proyectos y las obras. Sin embargo, las instituciones permanecieron en el fondo oscuro del escenario, en el foso, donde podían ser eclipsadas por el primer plano luminoso de la obra, del autor/a. Hoy se han vuelto decisivas (en grado semejante a la forma en que las obras y los autores pierden algo de su consistencia y de su autonomía) y sus reglas juegan a favor y en contra de lo que se produce. Intervenir sobre ellas, sabiendo que siempre las instituciones quieren colonizar los saberes que administran es algo que nos pone alerta en nuestro trabajo, y algo que también nos acerca, de una manera un tanto oblicua, a Viñas.

Este texto fue leído en una reunión del “Grupo de Crítica Latinoamericana”, organizada por los estudiantes de Columbia y NYU.
Author
Graciela Montaldo
Graciela Montaldo

(La Plata, 1959) es profesora en Columbia University y se especializa en culturas latinoamericanas modernas. Es autora, entre otros, de Zonas ciegas (2010), A propriedade da Cultura (2004), Ficciones culturales y fábulas de identidad en América Latina (1999), La sensibilidad amenazada (1995), De pronto el campo (1993) y co-editora de The Argentina Reader (2002), Esplendores y miserias del siglo XIX (1996) e Yrigoyen entre Borges y Arlt (1989). Ha publicado numeroso artículos sobre escritores de la Independencia, el fin-de-siècle latinoamericano, la modernización en la cultura, literatura contemporánea, industria cultural e instituciones en América Latina. Su investigación actual se centra en consumos culturales.