La cuestión de la comunidad y los alcances de una noción crítica

Simón Henao-Jaramillo

Preguntarse por las formas en que una literatura determinada representa a la comunidad de la que emerge, es también preguntarse por las posibilidades e imposibilidades que esa comunidad tiene de ser representada. Comunidad y literatura. Literatura y comunidad. Parecieran, a simple vista, términos indisociables. Así aparecen: toda comunidad implica literatura; toda literatura indica comunidad. Pero ¿cómo se da esa relación? ¿En qué medida la literatura y la comunidad se inmiscuyen, se perturban, se compenetran, se comparten, se conllevan? ¿En qué punto la una deja de ser la otra y hasta qué punto la una es la otra, está en la otra?

Tomar como lugar de partida estos interrogantes no supone simplemente indagar en la noción de comunidad a partir del estudio de las sociabilidades representadas en determinada literatura. Tampoco supone limitarse a describir los modos y costumbres que se inscriben en ella. Y tampoco, invirtiendo los términos, se trata de indagar al interior de una comunidad con el fin de ver cómo surge de ella una literatura. Con lo primero se estaría muy próximo de forjar a la crítica literaria hacia una práctica similar a la de la crítica impresionista próxima al costumbrismo, una práctica que nos conduciría a realizar una exhausta y detallada descripción de hechos y paisajes estrictamente locales, una suerte de inventario de las costumbres y los modos en que en un determinado grupo social se relacionan unas subjetividades con otras; con lo segundo, por otro lado, se allegaría más a un estudio de tipo sociológico o de la sociología de la cultura que a los intereses propios de la crítica literaria. Así, el hecho estético implicado en lo literario se vería subvertido por el hecho social que en todo caso conlleva pero con el cual no se da cuenta plena de la significancia política y estética de una obra literaria.

Es allí donde la pregunta por las figuraciones de la comunidad en la literatura se conecta con la problemática de las limitaciones tanto de la obra literaria (si se quiere: la literariedad y sus marcos) como con las limitaciones (dígase también: posibilidades, es decir, políticas) de la comunidad. Esto es: ¿hasta dónde llega una obra y hasta dónde llega una comunidad? ¿Cuál es el punto (espacial, temporal, textual) en el que se produce el encuentro entre obra y comunidad? ¿Es un lugar estético, social, político? Si los límites demarcan un interior y un exterior ¿cuál es ese interior de la obra que contiene (que construye) el interior de la comunidad? ¿Dónde comienza la comunidad, dónde termina la obra? Una manera de entender esta problemática es ver cómo esos límites no son estables sino confusos, inciertos. Son fronteras: obra y comunidad se confunden, se transgreden: obra = comunicación = comunidad. No habría distinción (la habría, pero ésta sería incierta) entre el lenguaje de la obra (la narración) y el lenguaje de la comunidad (la comunicación).

Es dentro de este campo de relaciones que surge el interrogante acerca de la pertinencia de afirmar (o negar) que la comunidad es el tema de la literatura. Y derivado de este interrogante, cabe también preguntarse si la literatura es (o no es) el soporte formal, comunicativo, de la comunidad. Esto, por lo demás, implicaría a su vez una tercera posición en la que la literatura sea, para decirlo con mayor prudencia, un hecho de la comunidad así como la comunidad es uno, entre tantos, de los temas de la literatura. No hay nada que indique que deba ser lo uno o lo otro: la comunidad es el tema de la literatura, pero por ese motivo la literatura no se restringe a tema alguno, y por lo tanto la comunidad es uno más de ellos. Si el ejercicio crítico llevara a determinar que se trata de fijar a la comunidad como tema de la literatura y no lo otro (la literatura como hecho de la comunidad) se derrumbaría la relación incierta entre literatura y comunidad, puesto que el dominio de lo uno sobre lo otro sería la demostración de algo que no necesita (que no exige) demostración: que la comunidad y la literatura parecieran ser términos indisociables.

La búsqueda inicial de ese parentezco entre literatura y comunidad conduce a los presupuestos teóricos de dos propuestas filosóficas, la de Jean-Luc Nancy y Roberto Esposito, que, a pesar de tener entre sí considerables diferencias, apuntan a localizar el sentido de la noción de comunidad no como una sustancia dada ni como una esencia específica (Raza, Etnia, Nación, Lengua, etc.) compartida por los miembros de la comunidad, no como entidades cerradas, sino por el contrario como una cuestión dinámica, abierta e inestable que se encuentra tanto en lo íntimo y singular como en lo externo y colectivo. Parte del reto de la crítica latinoamericana actual consiste en construir una noción propia y autónoma de comunidad, que dé cuenta de las formas de relaciones que configuran y determinan las afectividades y emotividades con que se desarrollan los fenómenos sociales contemporáneos. Algunos esfuerzos en este sentido han sido realizado a la par con propuestas teóricas de diversos tratamientos en estudios de fenómenos culturales, estéticos y literarios específicos (Brasil, Argentina y Puerto Rico, especialmente). Es el caso de los trabajos de (entre otros) Raúl Antelo, Silvia Rosman y Juan Duchesne Winter.

Una pregunta puede servir de cauce para que la lectura de estas propuestas teóricas no se desborde de los (i)límites de la relación entre literatura y comunidad: ¿cuál es la implicación política que trae consigo la noción de comunidad y que aparece en aquella figuración de sí que realiza la literatura a través de estrategias narrativas y procedimientos de escritura con las cuales hace visible una comunidad, aquella en la que se inserta y, simultáneamente, genera: aquella en la que se inserta puesto que la genera?

Esta pregunta por lo político responde a la noción arendtiana de condición política (politicos), que está definida como aquel modo específicamente humano que emerge de la condición humana y que se va configurando, desde el nacimiento hasta la muerte (bios). En principio, se  comprende la condición política como realización de la vita activa, como un actuar libre, plural, impredecible, e irreversible del hombre. Arendt hace hincapié en que esto es posible a partir del deseo de transformar el mundo y, sobretodo, en que su posibilidad sólo se realiza en la experiencia de la pluralidad. Por lo tanto, la acción requiere del discurso como vía de la pluralidad, ya que actuar en aislamiento es imposible y el discurso es la realización de la pluralidad, “es decir, de vivir como ser distinto y único entre iguales” (202).   

El horizonte al que apuntan las nociones de comunidad de Nancy y de Esposito no tiende a verla como una relación de unificación en la cual sea la unidad la que establezca dicha relación, sino, por el contrario, se encuentra allí una exigencia de la comunidad a partir de la cual las relaciones lo sean en tanto móviles, indeterminadas, imposibles. En este sentido, dicho horizonte toma distancia con aquellos que remiten a una noción de comunidad en sentido identitario, nacional o comunitarista. Un ejemplo de este distanciamiento es el que pone a prueba el trabajo de Pieter Vermeulen, el que apunta justamente a especificar esas diferencias, casi diríamos irreconciliables -a pesar de tener contacto, justamente, en el papel desempeñado por la literatura en la constitución de esas nociones de comunidad-, entre la noción de comunidades imaginadas de Benedict Anderson y las comunidades inoperantes de Jean-Luc Nancy.

La indeterminación de la comunidad (que puede ser, o bien un problema, o bien una solución) que figura en determinadas obras literarias se puede rastrear al menos a través de tres aspectos diferentes. En primer lugar, en el aspecto formal, en donde las innovaciones de los dispositivos narrativos dan cuenta no sólo de la permanente crisis de la representación del sujeto y sus subjetividades (tanto del que escribe como del que narra y del narrado), sino sobre todo, de la problemática con la que esos sujetos (esas objetividades críticas) se encuentran representadas en tanto seres-en-común. En segundo lugar, en el aspecto específicamente narrativo, con el cual se entiende que las figuraciones del sujeto en crisis permiten reconocer el cómo de las relaciones que se producen a partir de la prioridad del ser-en-común. De esta manera, si bien, esos sujetos en crisis se presentan, en muchos casos de la narrativa contemporánea latinoamericana, por ejemplo, como subjetividades aisladas, sujetos sin-comunidad, el aislamiento no se produce como totalidad sino que, más bien, es en ese aislamiento donde se revelan, con mayor determinación narrativa, las características del ser-en-común. En tercer lugar, en el aspecto histórico, a través del cual se reconocen continuidades y discontinuidades respecto no sólo de tradiciones literarias previas, sino además de una dimensión social e histórica en la que se inserta toda obra literaria. Sucede entonces, como se puede advertir, que la figuración de la comunidad está implicada siempre dentro de un contexto histórico específico con lo cual, el ejercicio crítico evita caer en riesgosas abstracciones en tanto permite pensar y proyectar la obra literaria y sus recursos metafóricos hacia el foco de su estrecha relación con los eventos históricos en los que desarrolla sus narraciones.

Por otra parte, la problemática de la comunidad y la literatura no radica en una simple oposición entre el individuo (cargado de subjetividades) y la comunidad, como si se tratara de dos entidades enfrentadas. Por lo general, en la literatura esta costumbre (filosófica) de ver al individuo y a la comunidad como dos entidades separadas y opuestas, se resquebraja, y en ese resquebrajarse, nos revela, de manera metafórica, la profunda vinculación que existe entre individuo y comunidad. La literatura, y particularmente la literatura latinoamericana, en este sentido, propone una figuración de la comunidad y el individuo como punto de encuentro. En ella se puede distinguir una zona (literaria, sí, pero también filosófica, y ante todo, política) en la que el encuentro entre individuo y comunidad se produce. Para internarse en esta problemática, es necesario acudir a una problemática, si se quiere, mayor. Esa es la de la figuración de la comunidad: ¿cómo se hacen visibles las relaciones entre los unos y los otros, es decir, las maneras en que los unos y los otros están juntos, se presentan juntos? Desde el punto de vista de la literatura, estas maneras no pueden ser más que escriturarias, es decir, dadas por y en la escritura. Esta es una de las razones por las cuales, en la pesquisa de las relaciones entre literatura y comunidad, se ha generado un desplazamiento desde el campo de la representación hacia el campo de la figuración. No se habla, no podría hablarse ya, de una representación de la comunidad de la misma manera con que, en el imaginario moderno del Estado-nación, se hablara de la representación como complemento de la función homogeneizante y homogeneizadora del Estado a través de modelos de subjetividad y de identidad que ella determina y fija en la escritura de las llamadas lenguas nacionales. Si la novela, como señala Anderson, genera las condiciones de posibilidad para imaginar una nación, es gracias a que ofrece una convincente representación de una sociedad o nación como construcción simbólica. Este poder de representación implica una restitución en tanto signo de la cosa real que se sustituye (una imagen mimética de esa sociedad traducida a signo lingüístico), mientras que la figuración remite –y con ello implica-, no a una manera representativo-mimética propia de la literatura (no a una sustitución) sino a los medios por los cuales se hace visible la comunidad dentro de una obra específica. Por ello mismo, desde un principio, es claro que al preguntarse por la figuración de la comunidad en la literatura no se está ni dentro del terreno de la sociología ni dentro de la psicología social ni, tampoco, dentro de los estudios culturales. Se está, eso sí, o se pretende estar, dentro del marco de la crítica literaria, cuya función –o, al menos, una de ellas- es la de buscar sentido al objeto de estudio. Este sentido, que es parte de la obra (que es, como se dice, en cierto sentido “la obra”) adviene por parte de la crítica como un despejar lo abierto. Es, en definitiva, un posible. Nada más que ello, pero tampoco nada menos. Así mismo, la cuestión de la comunidad –como se sabe- es la cuestión de la apertura existente entre unos sujetos y otros sujetos: el advenimiento de lo posible, la apertura de aquello que no culmina, sino que permanece (pertenece) en el sentido: transeúnte, trashumante. Así la comunidad; así la literatura.

Author
Simon Henao
Simon Henao

Profesional en estudios literarios de la Universidad Javeriana de Bogotá y candidato a Magíster en literaturas española y latinoamericana de la Universidad de Buenos Aires donde presentó la tesis “Figuraciones de la comunidad en la obra R.H. Moreno-Durán”. Es estudiante del doctorado en letras de la Universidad Nacional de La Plata con una beca otorgada por el CONICET. Se encuentra escribiendo su tesis sobre las problemáticas de la comunidad en la narrativa colombiana de fin de siglo XX. Es miembro del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNLP.