Espacio y minería. Primer apunte

Si una busca “Cerro de Pasco” en google maps, la vista satélite mostrará la más grande mina de tajo abierto del mundo. También conocidas con el poético nombre de “minas a cielo abierto”, este tipo de canteras extrae minerales que se trituran y se venden como rocas industriales u ornamentales. Lo que no es tan poético es que el tajo sigue creciendo y amenaza con comerse toda la ciudad. Es literalmente un ente expansionista que se tragará todo y a todos en su hambre por minerales. Pero esta pesadilla apocalíptica no ocurre en Nueva York sino en Cerro de Pasco, condecorada por el reino español como “ciudad real de minas” en el s. XVII.

El tajo es un no-espacio que arrincona a la ciudad con su crecimiento. Gran hueco. Precipicio. Solo conoce el aumento. Todo es productividad en el tiempo del tajo y la extracción. Pero si una no participa de esa dinámica de extracción y capital ¿cómo relacionarse con el no-paisaje del tajo?

La sinopsis del cortometraje “¿Dónde está Cerro de Pasco?”, dirigido por Cristian E. Ricaldi Cóndor, señala que la ciudad ha perdido su memoria y su historia debido al crecimiento de la mina. Esto es cierto en varios sentidos. El tajo es productividad minera, pero es todo lo contrario a la productividad urbana. Frente a la lógica de planeamiento, aglomeración y turismo de las ciudades, el tajo impone un vacío monumental. ¿Quién querría habitar o visitar una urbe post-apocalítica como Cerro de Pasco? Al contrario, frente a su imagen lo único posible es huir, voltear la cara porque el vacío repele y nos interpela con su vastedad. Es además un vacío hecho roca que nos rechaza con la monstruosidad de su geografía. Pero, obviamente, están quienes no pueden o no quieren huir, entonces, toca pensar con ellos en una estrategia para que el tajo retroceda. Para combatirlo hay que recorrer cada uno de sus bancos, cada una de sus bermas. Hay que quedarse e historizar el tajo. Regresar a él. Reelaborar la relación espacio-tiempo y no focalizarnos en el espacio aisladamente. Siguiendo a David Harvey, toca instalar la memoria histórica dentro de los tajos, los relaves y los socavones mineros.

Porque si la minería es uno de los motores de la economía nacional, como dicen aquellos que están en perpetuo affaire minero, también es una de las fuentes principales de conflictos sociales no de los últimos años, si no desde el siglo XVI.

En 1974, con apenas 25 años, Flores Galindo publica su tesis doctoral: Los mineros de Cerro de Pasco 1900-1930 (Un intento de caracterización social). Dentro del análisis del historiador este periodo es crucial para pensar el tránsito que hace el trabajador de minas de campesino a obrero con consciencia de clase. Estos personajes empiezan siendo campesinos-mineros que se visten con ropas del campesinado, trabajan de forma temporal y llevan ganado al campamento para luego convertirse en trabajadores estables, quienes vestidos ya como obreros usan el espacio de la mina para lo estrictamente relacionado a ella (96). Flores Galindo nos cuenta que aún en ese entonces la lucha por el agua es primordial: “nos vemos en la necesidad forzosa de comprar por nuestra propia cuenta, sacos de agua, sombreros, botas” (96).

En esta larga historia de protesta social referente a la minería, los problemas parecen ser los mismos mientras los nombres de las corporaciones cambian. Ayer la Cerro de Pasco Investment Company, Cerro de Pasco Corporation, hoy Volcán SAA. Aquí el paso de inglés a español o quechua —como Yanacocha en Cajamarca— quiere disimular el tránsito final de esos capitales y el origen foráneo de sus dueños principales, siguiendo las palabras de un trabajador durante el Congreso Minero de 1930: “Todas nuestras mejores energías se traducen en ganancia para la Compañía, ganancias que ni siquiera se quedan en el país sino que van a repartirse en calidad de enormes dividendos entre los magnates de Nueva York” (97).

En ese afán por historizar Cerro de Pasco, particularmente, su tajo abierto Raúl Rojas encontramos a la Última Reyna, la artista y activista Elizabeth Lino, quien a través de la performance y el sarcasmo incide en la problemática espacial, medioambiental y política que trae consigo siglos de explotación minera. Ella se auto-concede el título de Miss Cerro de Pasco evidenciando las fantasías nacionalistas entorno a la belleza de la mujer y mostrando los quiebres del discurso turístico peruano anclado en el pasado incaico y la gastronomía. Este video da cuenta de su iniciativa de hacer que el tajo abierto sea reconocido como maravilla del mundo. La referencia obligada a este deseo de reconocimiento de la monumentalidad del tajo es Machu Pichu, tantas veces mentada maravilla y pilar del nacionalismo peruano.

 

Este otro video muestra una romería a la ex-laguna Quiulacocha, hoy, contenedor de relaves. Así, la Miss Cerro de Pasco reutiliza el espacio minero para visibilizar las nefastas consecuencias medioambientales de la minería y la complacencia de los discursos de los poderes políticos, estatales y mediáticos totalmente alineados con el afán de lucro corporativo.

 

Dicha peregrinación tradicionalmente católica es resignificada y potenciada por la mitología andina y su uso de la laguna. Pero mientras que las lagunas de antes podían ser pensadas y sentidas como espacios míticos, lugares sagrados custodiados por toros y otras criaturas; las lagunas que deja la contaminación minera están no solo vacías de vida sino también vaciadas de cualquier posibilidad de simbolización.

 

 

 

Author
Olga Rodríguez Ulloa
Olga Rodríguez Ulloa

(Lima) es candidata al doctorado por la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York. Actualmente, se encuentra escribiendo su disertación doctoral sobre prácticas culturales, memoria histórica y violencia en Perú. Parte de este trabajo se publicó recientemente en e-misférica. Edita Violencia y Colectivos.

olga@criticalatinoamericana.com