Esbozo de una pregunta futura de nombre propio: insulto

I.

¿En qué puede consistir la pregunta por el insulto en la historia de Colombia? No puede tratarse de una revisión extensa de fuentes primarias en procura de un catálogo culturalista sofisticado que exponga y comente las expresiones comunes con las que se han insultado aquellos compatriotas. Muy seguramente en la historia de Colombia se ha insultado apelando a esquemas de identificación, exclusión y desprecio parecidos a los de otras naciones occidentales. Puede consistir, en cambio, de una entrada reflexiva, alumbrada por el lente de observación del insulto, en muchas de las fuentes primarias que articularon los sentidos de conflicto de momentos críticos en la historia cultural y política del país. El insulto como linterna. Menos búsqueda de insultos; más búsquedas desde el insulto.

En una pregunta así, las prácticas discursivas (los textos, los autores, los gestos, los sermones, las memorias, las representaciones jurídicas, los escándalos, los discursos radiales, las colecciones fotográficas o los repertorios retóricos) denominadas bajo el dominio de la historia político cultural de Colombia no pueden representar más que meras acotaciones metodológicas, puntuaciones arbitrarias ajustadas a la convención de un territorio nacional, y probablemente ni siquiera eso, porque en la pregunta por el papel del insulto en determinados momentos político culturales, seguramente el territorio en observación excederá el territorio de la nación o no pasará del barrio de una ciudad. Una preguntas así, sin embargo, será más sobre el insulto que sobre Colombia sólo en cierto sentido, porque en otro, la pregunta debe cobrar ella misma, desde el insumo Colombia, un carácter específico. Apuntar el lente de observación del insulto tiene que ocurrir en un determinado ángulo cuando de lo que se habla es del dominio discursivo de una nación, entre otras cosas, particularmente cruzada por el discurso de la violencia y enfáticamente obsesionada, en su historia republicana, con ideas parroquiales como la de hablar el mejor español del continente.

La pregunta por el insulto debe procurar sobre todo una manera de abrirle espacio a éste dentro del discurso, y no menos, una manera de interrogar el colapso cómodo detrás de la lógica binaria que ha consagrado el lenguaje como salida magistral, como salida por excelencia, de la violencia.

 

II.

Apelar al insulto como linterna de entrada en la historia político cultural de Colombia significa elegir un lugar de observación, un espacio y un hecho del discurso propios, precisamente, de la zona colapsada producida por la exaltación cómoda de la antítesis entre lenguaje y violencia. En el ámbito de las ciencias sociales, y no sin una buena dosis de ironía, una de las representantes nacionales consumadas en la perpetuación de este colapso cómodo ha sido la ciencia de la violentología, testimonio entre desesperado y ganso de la obsesión academicista por subsanar lo que las fuerzas sociales no pueden o no quieren detener. Deslindarse de la lógica representada en ésta (deslindarse de los centros de pensamiento en boga de los partidos políticos, o de los proyectos de colectivos para la memoria y la reparación), desligar la propia lógica reflexiva de las tentaciones de justicia o de las tentaciones de ciencia, debe consistir en encontrar uno de esos lugares de observación con la capacidad de interrogar el colapso encumbrado, y hacerlo sin sucumbir al tiempo en los precipicios propios de la pregunta por la violencia.

 

Como apunta Žižek, toda pregunta por la violencia enfrenta al menos dos riesgos simultáneos: el riesgo de la mistificación de la víctima cuando esa violencia es confrontada directamente; y el riesgo de la reproducción del horror cuando esa violencia es atendida desapasiondamente. En su sentido umbral (el sustantivo con potencial de ofensa que pone de presente, tanto la primera violencia propia de la ordenación del lenguaje, como la inminencia de la posibilidad de la violencia física), invocar el insulto como linterna de entrada tiene tanto de elección como de aspiración. Es lugar que es simultáneamente formulación de lugar, un lugar permanentemente ladeado (“There are reasons for looking at the problem of violence awry”, dice Žižek), un lugar que reviste, desde el lenguaje, la posibilidad de irrumpirlo, de interrogar su términos, y desde la violencia, la urgencia de no fetichizarla. Esta manera ladeada (awry) es varias maneras: no sólo oblicuamente; también incluso deficientemente.

III.

Hablar de momentos críticos en la historia cultural y política del país debe tener de situación en el tiempo pero sobre todo de eclosión en el discurso. El acotar que se ejecute no puede responder a periódos como constituidos por la propia y sospechosa historiografía nacional, así el trabajo retórico de densificación de las circunstancias históricas pueda dar tal impresión. El acotar debe significar la identificación de un lenguaje especializado (el periodístico, el historiográfico, el religioso, el político, el literario, el jurídico, el científico, el informal, el de las superficies digitales) que en determinado momento crítico resulta irrumpido, interpelado o instrumentalizado a partir de dispositivos retóricos propios o parientes cercanos del espectro discursivo del insulto: el insulto como enunciación directa de una grosería, seguro, pero también el teatro entero de hacerse el ofendido o el verbo álgido como arma con capacidad de presión física.

La pregunta por el insulto a partir de momentos de eclosión en diferentes lenguajes especializados debe leerse como renuncia estructural a la tentación del trazado de tradiciones. Renuncia, especialmente, a la tradición auratizada de la injuria estética. El insulto como hecho del discurso no es más o menos propio de un campo discursivo, un grupo social o un momento del tiempo, y no es así porque, precisamente, la adjudicación del insulto como monopolio propio de un campo discursivo, un grupo social específico o un momento del tiempo, hace parte del repertorio de estrategias político culturales sintomáticas de tensiones sociales, y como tal, como adjudicación, debe ser interrogado.

IV.

Interrogar el insulto debe implicar al tiempo una consigna metodológica a favor del uso rígido del sustantivo. La proliferación de sus sinónimos y de los distintos sentidos (agravio, injuria, ofensa, afrenta, baldón, denuesto, ultraje, dicterio, improperio, invectiva, oprobio, vituperio, escarnio, mofa, vilipendio, desprecio, infamia, sinvergüencería, vejamen, desdén, mortificación, humillación, deshonra, indignidad, falta de respeto o lo que haya de aparecer) debe atenderse en la textura y las implicaciones de cada fuente primaria. A la hora del trazado del algoritmo de un ensayo futuro, y con el ánimo de reducir los (usualmente) baldíos malentendido lingüístico, convendrá optar por el uso sobrio de este único sustantivo.

Este reclamo de unidad en el uso del sustantivo insulto no significa, de ninguna manera, una reivindicación de solipsismo. De hecho, como unidad simple, como hecho del discurso con la capacidad de presentarse y ser reconocido directamente como lo que es (un insulto es eso que cuando sucede sabemos que es un insulto, reza la sabiduría popular), el insulto tiene la capacidad de funcionar en diálogo con la vasta de red de interlocuciones de las que es capaz. Decir insulto quiere decir irrupción en determinada distribución de lo sensible, lo que comprende la entrada y salida permanente de redes teóricas trazadas alrededor de categorías como las de pueblo, opinión pública, nación, púlpito, memoria, liberalismo, espectáculo, multidudes, escándalo, populismo, democracia, modernidad o vanguardia.

V.

Si es cierto que pensamos conectados a nuestra contemporaneidad, la siguiente pregunta puede aceptarse como pregunta gatillo. Pregunta gatillo y pregunta horizonte y pregunta asombro: ¿Por qué hoy las expresiones de indignación de la gente (la epidemia de insultos en las superficies de comentarios de los lectores en las páginas digitales de los periódicos, las marchas y las protestas plagadas de consignas insultantes, por decir algo) son frecuentemente reducidas a preocupación legislativa, anticipadas desde la tacha de instigación a la violencia, despreciadas como insuficiencia propia de bándalos maleducados, y no interrogadas en lo que tengan que decir, parte de lo cual quizás sea el vehículo enervado elegido, a veces el insulto?

Author
Juan Álvarez
Juan Álvarez

(Neiva, Colombia, 1978) ganó el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2005 por el libro Falsas alarmas (Alfaguara ebook, 2012). Premio de Ensayo Revista Iberoamericana 2010 con un texto sobre el insulto y la ofensa como aparatos retóricos e instrumentos políticos en la crisis de la Independencia en Colombia. Maestro en Creación Literaria de la Universidad de Texas en El Paso. Candidato a doctor del programa de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Columbia en Nueva York. En el 2011 publicó la novela C. M. no récord (Alfaguara, 2011), y fue seleccionado dentro del proyecto “Los 25 secretos mejor guardados de América Latina”, convocado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Twitter: @_JuanAlvarez_