El cuerpo y sus usos en el arte contemporáneo

                                                                                                                          

                                                                                                              El pensamiento es un

                                                                                                             alma cuyo cuerpo es la

                                                                                                             lengua

                                                                                                                                     Derrida

                                                                                                                                       

Tal vez impregnada por los discursos performativos acerca de la construcción del sujeto y por las distintas derivas teóricas sobre la genealogía del cuerpo humano, mi interés principal ha estado guiado por las peculiaridades de los procesos de subjetivación; por la pregunta sobre ese cuerpo que se hace Yo en una relación dialéctica que supera, o trasciende, toda disquisición dualista mente-cuerpo, soma-psique, materia-espíritu o cualquier otro de los pares antitéticos existentes y  por todos conocidos.

El cuerpo como frontera, como entidad con estatuto propio, dique que contiene nuestra subjetividad y que además la integra, ha sido largamente ignorado e incluso despreciado por pensadores que, desde la Grecia clásica hasta la modernidad, preconizaban la superioridad de la razón respecto de la podredumbre y malignidad de la carne. Con el mundo sensible así subestimado, toda noción que aludiera al ser como cuerpo en el mundo, como ser encarnado, como experiencia sensorio-afectiva, no sólo racional e intelectual, resultaba “in-pensable”.  Debo decir entonces, para comenzar, que es este cuerpo y su reivindicación el que me ocupa.

Nietzsche (1882), doscientos años después de Descartes, rescató la relación entre alma y cuerpo, ubicando a este último como fuente y asiento de toda idea y pensamiento. Sin embargo, ya mucho antes que él y en reacción contra el cógito cartesiano del cual fue al inicio un fiel seguidor, Spinoza (1670) sentenciaba que cuerpo y alma eran una sola y misma cosa, hechas de una misma sustancia para comprender el mundo.

En su trabajo sobre El yo y el ello (1.923), Freud da un paso mas allá y barre con toda dicotomía radicalizando su premisa al afirmar que “el yo es primero y ante todo un yo corporal”. Tajante, Merleau-Ponty (1945), sostuvo que toda experiencia con el mundo pasa por el cuerpo, incluso antes de la adquisición del lenguaje y de la toma de conciencia. Esta travesía no puede hacerse impunemente, deja sus huellas, y un cuerpo averiado es casi invariablemente comandado por un yo averiado. Para algunos, dependiendo de su constitución psíquica, sus experiencias de vida y/o sus deficiencias físicas, es a veces cárcel, no recinto.

La clínica, con su contundencia insoslayable, nos confirma esta verdad. Cada cuerpo lleva escrito su historia privada, con una narrativa propia y esencial. “El  cuerpo es el territorio oculto de la historia….” (Berman, 1992. Pag.123).

Schilder (1925), psicoanalista vienés que acuñó la noción de “imagen corporal”, ofreció una definición globalizadora que incluía la visión psicoanalítica. Afirmó: “Los procesos que colaboran en la construcción de la imagen del cuerpo, no se sitúan tan sólo en el campo de la percepción, tienen también su desarrollo paralelo en el campo libidinal y afectivo”. Según él, la imagen corporal es la “representación surgida de una vivencia integradora del cuerpo, es la imagen del cuerpo que el sujeto tiene de sí” y está constituida tanto por elementos conscientes como inconscientes.

Pieles heridas, laceradas, órganos sangrantes, membranas que se inflaman, una extensa lista de padecimientos involuntarios pero inevitables e invasivos, vividos como ajenos al yo, nos reclaman explicación; un nuevo texto que reordene el caos del sentido extraviado y a veces nunca alcanzado. Fenómenos psicosomáticos a contramano de la vida, que introducen una ruptura yo-cuerpo y que la subrayan a modo de denuncia, de grito previo a la palabra.

Pero es en el ámbito de lo que se podría considerar salud, en la cotidianidad, en otros contextos, donde me gustaría que pusiéramos la mirada.

¿Qué marcas dejan en la piel, en la carne, en nuestra imagen corporal, los primigenios intercambios con el mundo?¿En qué momento adquirimos conciencia del lugar corporal que habitamos? ¿Cuándo y cómo surge la pregunta acerca de “quién soy yo” y su localización? ¿Qué procesos y mecanismos intervienen en el logro de una representación psíquica acerca de quiénes somos y el cuerpo que poseemos? ¿Qué papel juega en dicha representación, nuestra experiencia con esta masa-materia, compuesta por orificios, extremidades, delimitada por un manto de infinitas sensaciones que llamamos piel? Cuál el papel del otro? Qué factores nos sustraen de nuestra corporalidad?¿Qué rompe esta relación?

Anita, a sus cuatro años, manifiesta exultante a raíz de un episodio vivido en la escuela:” mi corazón está contento, todo mi cuerpo está contento”. Diego, a los tres: “mi cerebro es el único que sabe lo que piensa mi pensamiento”. El uso del pronombre posesivo no da cuenta aún del yo que los habita, pero éste es sin duda evocado en sus afirmaciones. Una intuición en ambos niños, una hermosa,  aunque tenue, sospecha de localización de emociones e ideas no reconocidas de manera integrada y unificada en el yo, pero ya identificadas como propias y corporales.

Llamado por Foucault (1966) “topía despiadada”, omnipresente mapa de lenguajes cifrados, no es sino hasta un cierto tiempo, después del nacimiento, que adquiere presencia en la mente del ser. Nos recuerda este pensador que también como palabra que apunta a la unidad corporal del sí mismo, es de aparición tardía en nuestra civilización. Proveniente del latín, se la utilizaba para designar al cadáver, y en los poemas homéricos, por ejemplo, no se hablaba de cuerpo como totalidad, sino de brazos, piernas, pechos; miembros fragmentarios.

Tejido de sangre y carne, espacio  conmensurable que nos contiene y separa de otros; cuerpo mirado, hablado, tocado, atravesado desde afuera, empujado desde adentro, desde el cual también miramos, hablamos, tocamos, sufrimos,  gozamos… Cuerpo significado, subjetivado ¿cómo y por qué deviene objeto?

Siendo el primer bien del Yo, en el decir de Aulagnier (1.975), ¿cómo termina rechazado, desmentido, violentado por nosotros mismos?

En el terreno artístico vemos también resurgir esta disociación con algunos casos donde la dimensión simbólica del cuerpo es abolida y la acción se instaura en su lugar. Ejemplos sobran, basta con pensar en Gina Pane y su “martiriología”, Orlan y sus experimentos en el rostro, Stelarc y las suspensiones, Flanagan perforándose el pene con un clavo o cosiéndose los genitales, o en Schwarzkogler, Muehl o Brus, el más provocador de estos accionistas vieneses, quien se abría la carne y hurgaba en sus heridas mientras gritaba “uno se hace artista para insultar a su familia”. Todos evidencian una suerte de cosificación e instrumentalización de sus cuerpos, esos en los que las investiduras libidinales parecerían no existir ni haberse tatuado nunca. Este último artista, en una entrevista del diario El País de España (2005), declaraba: “el cuerpo humano como soporte, material, trazo de la obra de arte, debía ser degradado, envilecido e incluso mancillado en un proceso de política de la experiencia”.

En un acto de exorcismo público y social, a través de la creación artística, Louise Bourgeois expone cuerpos mutilados en un gesto desesperado, ella que tanto supo de psicoanálisis, por preservar algo de su integridad yoica siempre al borde del precipicio. A diferencia de los anteriores artistas y siendo el cuerpo el protagonista en todos, no escoge el propio sino sustitutos para su representación. Creo percibir en esta artista un recorrido distinto; hay en ella distancias y guiños a la sublimación en el que el delicado uso de las metáforas queda establecido  prestando servicio al yo y  a la defensa de la vida.

En nombre del arte, como expresión exagerada del pensamiento hipermoderno  y sus nuevos discursos hegemónicos, el movimiento post humano nacido en los 90, intentó demostrar una nueva forma de construcción del yo avalada y asistida por la biotecnología que declaraba la guerra al cuerpo biológico, naturalmente heredado y culturalmente constituido.

Amparada en esta conceptualización, como líder del llamado Arte Carnal o Body Art, Orlán llegó a proclamar en 2006 (suscribiendo a Stelarc quien entre otros gestos radicales se había implantado una oreja en el brazo): “El cuerpo es obsoleto”, y agregò: “Yo peleo contra Dios y el ADN”. Franco desafío a Dios y a la genética, para el cual, el uso de la tecnología sirve a la ilusión omnipotente de invencibilidad. Así, logra su transformación, diseñando una estética renacentista en su rostro que ya no es más el de ella… o sí? a pesar de no ser el mismo?

Su nueva aspiración es la adquisición de un rostro precolombino. De este modo, su recorrido retrocede cada vez más en la historia y la geografía del planeta, al tiempo que lo hace en sí misma. Interesante empresa la de volver a territorios del pasado. Dulce tentación para lanzar los dados de una interpretación.

¿Guerra de Dioses?¿Idolos caídos? ¿Juegos no tan virtuales donde se le puede ganar a la muerte y a la castración? ¿Modos de subjetivación de la experiencia corporal a través del dolor? ¿Sufrimiento físico como prueba de existencia?

Dice Anzieu (1.987), citando a  la psicoanalista norteamericana Barrie Biven (1981), que las mutilaciones de la piel “son tentativas dramáticas para mantener los límites del cuerpo y del yo, para restablecer el sentimiento de estar intacto y cohesivo” (pag 31). Nos recuerda esta autora, que es en el s XV, bajo las formas estéticas del arte anatómico, que comienzan a aparecer con mayor libertad las “fantasías de mutilación” en la pintura de occidente. Fantasías que se materializan en el arte del siglo XX y que se trasladan de la actividad pictórica a la realidad corporal.

Cabe preguntarnos como psicoanalistas ¿en qué se diferencian los actos de violencia contra el cuerpo, ejecutados por los que llegan a nuestra consulta, de estos otros que son dirigidos hacia los cuerpos no reconocidos como propios, extrañados, martirizados en nombre del arte o de Dios?

¿Qué significados tienen estos cuerpos, no ofrecidos a otro, al placer sexual masoquista, pero convertidos en objetos de la propia violencia del yo? No en una eclosión psicosomática, ni conversiva, pero sí, en actos que dan cuenta de una relación de ruptura y de no inscripción, estos cuerpos terminan desprendidos y separados de la experiencia sensorial, simbólica y unificadora del yo. “Excusa estética” es como llamó Enrique Medina en su artículo de Página 12, de Buenos Aires, el 10/11/11, a esta fascinación morbosa e impúdica por el horror masoquista de los ejecutantes, en combinación complementaria con el sádico voyeurismo de quien contempla.

Hay escenas supuestamente artísticas que son simple y llanamente intramitables. Lo siniestro, queda en ellas revelado y lo mas abyecto del ser, cobra forma dentro de una estética que provee a sus creadores la legitimación y aceptación social que de otra forma les sería negada o al menos cuestionada.

En el decir de Anzieu (ob.cit), podríamos pensar que tanto en la psicosomatosis, como en este tipo de performances “artísticos”, la piel como envoltura psíquica, como interfaz y continente, ha desfallecido en su función, y , yendo más allá, ha carecido de su adquisición.

Walter Benjamin (1968), sostenía que ninguna obra de arte trata de atraer la atención del hombre,” ningún poema está dedicado al lector, ningún cuadro a quien lo contempla, ni sinfonía alguna a quienes la escuchan” (pag.109).Sin embargo, todo acto humano nace del vínculo con otro y guarda para siempre en su seno la relación con él. En los ejemplos citados, tales afirmaciones quedan confirmadas: ¿cómo sobrevivir entonces a la ausencia del otro en tanto remitente y , aún mas,  como destinatario?

El enigma precede a la palabra. Antes de ésta, sensaciones difusas y dispersas conforman la experiencia. El sostén, la voz, el arrullo, la caricia, el contacto del otro, la organizan y sedimentan. Estos cuerpos no hablados, hechos a pedazos y a la medida, no parecen haber sido  bañados por el otro ni encontrados por el yo.

¿Pero de cuál yo hablamos cuando aludimos a él? ¿Yo corporal, yo de la realidad? Yo como sujeto? Yo objeto?

Es urgente su restitución. Las fronteras han sido borradas y barridas, de distintas maneras y por motivos también muy distintos. ¿Son hoy necesarias tales fronteras?

Cuerpos Plurales ha sido el título que la antropóloga Silvia Citro (2011) le ha dado al libro donde, además de presentar sus valiosas y penetrantes ideas sobre el tema, recoge los  principales aportes que sobre el cuerpo se han venido haciendo desde la antropología social y que dan cuenta de la importancia histórico-social (vincular) en la constitución de los sujetos. El título habla por sí solo, todo ser es producto de su época y asistimos a una cada vez más atomizada y dislocada. El cuerpo es agente de las configuraciones discursivas dominantes que dejan traslucir el complejo entramado de las sociedades y momentos históricos que representan.

En este mundo del “espectáculo” y del “simulacro”, donde todo es visible y visibilizado, también,  todo se hace posible: cambiar de sexo, de estatura, color de ojos, de piel, jugar con el ADN y además, elevar estas prácticas a la categoría de  artístico.

La imagen es el nuevo dios de los tiempos actuales y el cuerpo, su instrumento por excelencia. No se trata de una mera provocación dadaísta, es, a mi modo de ver, un exceso en el que las pulsiones chocan, constituyéndose en jerarcas de un nuevo saber, que aunque per-verso, es validado y compartido por todos.

Hoy, ya no es imprescindible actuar sobre lo psíquico para intentar, aún infructuosamente, corregir un juicio de realidad alterado. Hoy lo alterado es la realidad y un sencillo y rápido corte de algo que cuelga y sobra, ajusta el cuerpo equivocado a la imagen que de él se tiene como real.

En un gesto de amor extremo, la pareja de artistas formada por Génesis P-Orridge y Lady Jacqueline P- Orridge, ( reseñado por Victoria Slavuski para el encartado Soy de Buenos Aires, 25/11/11), modificaron sus cuerpos con el propósito de crear una identidad única, eliminando las diferencias entre sí, transformándose una en el otro y otro en una, como prueba de amor en un proyecto que denominaron “pandroginia” y que además suponía una rebelión contra los géneros dados: la sacralización del cuerpo y las identidades fijas. Su fórmula era el 1+1=1 y, aunque la muerte inesperada y prematura de Jacqueline en 2.007 interrumpió el proceso, hoy se puede ver el documental  que sobre esta pareja realizara  la cineasta francesa Marie Loiser, rescatada en pos del bioarte y el cutup y presentada con arrollador éxito en la Viennale de cine 2011 en Viena.

El cuerpo, la verdad más inmanente, recinto del ser, condena irremediable: ¿sigue siendo el mismo, y con él el mismo yo, después de sufrir las intervenciones y modificaciones que a nuestro antojo y voluntad decidamos realizar?

Hoy más que nunca “Yo es Otro”.

 

 

Bibliografía

Anzieu, D. (1.987). El YO-PIEL. Madrid. Biblioteca Nueva.

Aulagnier, P. (1.975). La violencia de la interpretación. Del pictograma al    enunciado. Buenos Aires. Amorrortu Editores, 2.001.

Benjamin, W. (1.968). La Tarea Del Traductor (pp.109-125). En Ensayos Escogidos. Buenos Aires. El Cuenco de plata, 2.010.

Berman, M. (1922). Cuerpo y Espíritu. La historia oculta de occidente. Chile. Edit. Cuatro Vientos.

Citro, S. (2.011). Cuerpos Plurales. Antropología De Y Desde Los Cuerpos. Buenos Aires. Editorial Biblos.

Foucault, M. (1.966). El cuerpo utópico. Las heterotopías. Buenos Aires.

Ediciones Nueva Visión, 2.010.

Freud, S (1.923). El Yo y El Ello (Vol. 19, pp.1-63). En Obras Completas. Buenos Aires. Amorrortu Editores, 1.979.

Merleau-Ponty, M (1945). Fenomenología de la percepción. Buenos Aires. Planeta (1993).

Nietzsche, F. (1882). La gaya ciencia. Madrid, Cofás. (1995)

Schilder, P. (1.925). Imagen y Apariencia del Cuerpo Humano. Buenos Aires. Editorial Paidós, 1.958.

Slavuski,V. ( 2011). Imagen y semejanza. Encartado Soy, del diario Página 12. Buenos Aires.

Spinoza, B. (1.670).Tratado teológico- político. Madrid. Alianza.2003

 

Trabajo realizado a partir del texto presentado en el Congreso de COWAP, Buenos Aires, 2011.

Author
Sodely Páez
Sodely Páez

(Venezuela) es psicólogo clínico y psicoanalista, miembro titular de la Sociedad Psicoanalítica de Caracas, miembro titular invitada de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis (SAP) y directora de la comisión editorial de la SAP.