Cultura de masas y marxismo: El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Segunda parte.

[N. del E. Este texto fue publicado por primera vez en  la Revista Investigaciones Literarias, #14, 2006, Universidad Central de Venezuela. Cedido generosamente por el autor. Continuación de la primera parte

 

Adiós Stalin

Al comienzo del primer tiempo Elvira, Matilde y Plácido hacen constantes referencias a la multitud que recibió a Gardel, tanto en La Guaira como en Caracas. Algunas de ellas las cité más arriba. Esta circunstancia, que se corresponde con el hecho histórico de la llegada de Gardel a Venezuela, puede ser entendida como una representación de la primera concentración masiva que ocurre en el país, sin motivos políticos ni de guerra. Raquel Rivas, por ejemplo, la compara con otro evento que ocurre unos meses después:

La visita de Gardel tiene un punto en común con la muerte de Gómez, que acontece ese mismo año: la presencia de la multitud en actos de aceptación o de rechazo que van a desbordar los espacios urbanos para mostrar, por un lado, su visibilidad ya indetenible y, por otro, el límite que impone esta presencia a la representación que pretende inútilmente atrapar este sentido. (119)

Gardel venía de Puerto Rico, y luego iría a Colombia, donde moriría poco después. Isaac Chocrón, compañero de Cabrujas en el Nuevo Grupo, dice que el acontecimiento de la llegada de Gardel ha sido, de hecho,  …“ignorado por todos los historiadores” (11). Es decir, no solamente por los intelectuales de la época, lo cual corrobora y a la vez extiende lo que dice Rivas. Además de esto, el carácter masmediático del evento tiene otra arista. El repertorio de Gardel mostraba el colapso de las distinciones entre los circuitos de recepción. Señala Rivas:

Las canciones que han sido escuchadas tanto en el elegante salón aristocrático como en el barrio más arrabalero son cantadas por este mismo personaje que no produce una segmentación del público, sino que encarna —precisamente— el tipo de producto de esta era masiva marcada por la indistinción y la fluidez. (125)

La cultura de masas es la primera que logra producir este fenómeno de convivencia, de “indistinción y fluidez”, y entonces puede ”…posibilitar la comunicación entre los diferentes estratos de la sociedad”, como dice Martín Barbero (45). De modo que si queremos ver al propio Gardel como representante de este fenómeno, no resulta muy complicado entender que pueda consistir, al mismo tiempo, en una especie de opuesto radical al proyecto socialista de Pío, empeñado en la lucha de clases y todo lo demás. Gardel, en este caso, representa una forma de igualitarismo, de convivencia de clases. Según Martín Barbero:

…la nueva sensibilidad de las masas es la del acercamiento, ese que para Adorno era signo nefasto de su necesidad de engullimiento y rencor resulta para Benjamin un signo, sí, pero no de una conciencia acrítica, sino de una larga transformación social, la de la conquista del sentido para lo igual en el mundo. (64)

Muchos años después, en 1979 tampoco resultaba fácil nada de esto, pero en un sentido contrario. Los años setenta están repletos de desilusiones colectivas. Martínez, por ejemplo, dice que: “Cabrujas estrena El día que me quieras hacia el final de una década cuyo paisaje moral estuvo —y no sólo entre nosotros: también en Europa— dominado por una desilusión política que no osaba decir su nombre” (9). Checoslovaquia, el socialismo como problema, de Teodoro Petkoff, había causado un cisma en el Partido Comunista venezolano, una década antes de El día que me quieras, dando origen al partido Movimiento al Socialismo (MAS). Esto creo que representa los dos bordes de un lento cambio. El primer borde estaría marcado por lo que sería el comienzo de la modernidad en Venezuela, a comienzos del siglo XX. El segundo estaría definido por la década de los setenta, el momento del desencanto. Como dice Rivas, la modernización cultural en la Venezuela de comienzos del siglo veinte “…dará lugar a un espacio de negociación en el que la vocación impugnadora, ortopédica y penalizadora del discurso letrado tradicional cederá el paso a una voluntad de imaginar desde la negociación” (133). Pero este proceso solo llega a su realización plena, y muerte, en la década de los setenta, cuando Cabrujas escribe El día que me quieras. Los setenta, según Martínez:

…fueron los años que agotaron todos los segundos alientos, todos los propósitos de enmienda del movimiento comunista internacional, todos sus esguinces tácticos y estratégicos, todos sus sicoanálisis en los que el diván era sustituido por el paredón de fusilamientos, todos sus gestos, todos sus designios y todas sus liturgias. (10)

Es precisamente en los setenta cuando escritores como Salvador Garmendia y el mismo Cabrujas se dedican a escribir telenovelas, ese género masivo del encuentro, de la esperanza, según Martín Barbero, con el rechazo más o menos generalizado de los demás escritores. Otros, los más positivos, aceptaban el salto a la telenovela de Cabrujas bajo la suposición de había logrado mejorar el género. Ildemaro Torres, por ejemplo, dice que: “Los críticos coinciden en reconocerlo como el renovador del género y como un escritor que le confirió dignidad al mismo“ (B9). Si bien Cabrujas fue considerado por muchos como un escritor que supo escribir telenovelas “de calidad”, otros pensaban que su teatro se acercaba demasiado al sainete, es decir, a una versión complaciente del género. Esto se puede notar en algunos comentarios de críticos, que se sienten en el compromiso de declarar lo contrario, para defender al dramaturgo. Leonardo Azparren, en una entrevista con Nelson Rivera, por ejemplo, dice que:

En más de una ocasión se ha querido vincular el teatro de Cabrujas con una cierta tradición del sainete, lo que me parece algo totalmente incorrecto por varias razones. El sainete es un género en el que es fundamental la evasión graciosa para construir una falsa imagen de un tipo de relaciones sociales. Es un teatro de evasión. Mientras que José Ignacio está muy comprometido con ese dolor, con esa decepción. (C2)

Y Orlando Rodríguez plantea que: “Sin llegar al sainete o a la comedia de costumbres, en El día que me quieras, en esa Caracas del 35, hay una recreación del mundo provinciano que caracterizaba la pequeña capital de entonces” (8).

A su vez, de 1979 ha 2005 ha corrido mucha agua bajo el puente. Si bien en algún momento podíamos considerar, como dicen Martín Barbero y Rivas, que la cultura de masas construyó un espacio de encuentro de clase sociales, ya no resulta tan sencillo seguir suponiendo lo mismo. La misma cultura de masas ha logrado volver a separar las clases sociales, al recurrir, cada vez con mayor insistencia, al target o segmento de mercado. Esto es particularmente notable en Venezuela. Hace unos 20 años existía una sola emisora FM. Una marca de cerveza, con un único producto, que casi monopolizaba todo el mercado. Lo mismo ocurría con la Pepsicola. Las salas de cine tenían precios regulados, eran todas iguales. Hoy en día tenemos varias radios FM, además de las AM. Las primeras suelen corresponder a los gustos de la clase media, y las segundas a los de la clase baja. Lo mismo pasa con la cerveza. Hay varias marcas, y cada una tiene varios productos, para jóvenes o para viejos, para hombres o para mujeres, en principio. Asimismo hay salas de cine VIP y normales. Así como el antiguo Ateneo y el nuevo, El Trasnocho, en el este de la ciudad, pensado para una clase social más alta. Lo mismo ocurre con la telenovela hoy en día. Lo que quiero decir es que la posibilidad democratizadora de la cultura de masas se ha transformado, en alguna medida, en su contraparte. Gardel, por ejemplo, que puede ser visto como un fenómeno que engloba la cultura popular, de masas y hasta la alta cultura en un solo repertorio y auditorio, ya no sería el mejor ejemplo de la cultura de masas targetizada de nuestros días. Su encanto sería entendido, más bien, como equivalente al de Stalin. Envejecido, caído en el basurero de la historia. Lo que quiero decir con esta digresión es que Benjamin, quizá, ya no nos sirve para nada.

Con esto no quiero decir que la cultura de masas no siga convocando el encuentro de clases sociales, en, por ejemplo, alguna que otra telenovela en particular. Lo que quiero decir es que esta perspectiva puede resultar insuficiente. O por lo menos podemos considerar que las posibilidades políticas de ésta no llegan tan lejos.

 

Socialismo del siglo XXI

En diciembre de 2004 el presidente de Venezuela Hugo Chávez enfrentó exitosamente un referendo revocatorio. Poco tiempo después declaró el carácter socialista de su gobierno. Desde entonces, los partidos y sindicatos de oposición han seguido perdiendo poder de convocatoria. Las organizaciones que los han venido a suplantar, ONGs, sociedad civil, gremios, etc., tampoco han logrado sobreponerse a esa derrota. En este contexto se repone El día que me quieras en el Ateneo de Caracas. Habría que señalar que esta institución privada que funciona, en gran medida, con fondos del Estado, apoyó al presidente Chávez unos años antes. De hecho, el primer discurso del recién electo presidente, en 1998, lo hizo en las instalaciones del Ateneo. Carmen Ramia, la directora del Ateneo, fue la primera ministra de comunicaciones de su gobierno, en 1998. Duraría apenas unos meses. Ramia, para aquel entonces, estaba estrechamente vinculada con Miguel Enrique Otero, director de El Nacional. Este periódico también había apoyado al presidente en 1998, y también le había quitado el apoyo en algún momento. Desde entonces, tanto el Ateneo como El Nacional han ocupado un lugar importante en la oposición al presidente Chávez. En parte por esto, la reposición de El día que me quieras en la sede del Ateneo no puede verse como una casualidad, sino precisamente como un uso político de la cultura, ante las limitaciones de las formas tradicionales de la política.

Pero el sentido político que supongo no sólo tiene que ver con este contexto, con El Ateneo en sí. También tiene que ver con la recepción de la propia crítica. Coll, por ejemplo, hace la lectura actualizada del personaje: “¡Ay, Pío Miranda! Si hubieses nacido en otra época; si hubieses tenido un caudillo bocón y un barril de petróleo a 60 dólares, qué habría sido de ti” (A8). Y un poco más adelante Coll concluye con otra pregunta: “¿Habrías hecho algo para que la ilusión que sembraras en tu ingenuo cuñado, Narciso Ancízar, no claudicara ante la codicia, ante el cinismo de la revolución triunfante, habría temblado tu mustia integridad?” (A8). El caudillo bocón, por supuesto, es el presidente Chávez. En la segunda cita hace referencia a la supuesta corrupción del gobierno chavista. De esta manera, una obra de teatro de 1979, que trata sobre un encuentro de 1935, entonces, es capaz de reconfigurarse en un argumento contra un gobierno específico, actual. En la función que presencié la gente se reía con particular sorna cada vez que Pío hablaba del socialismo, de una manera que resultaba similar a la del presidente Chávez. No quiero decir, por supuesto, que el presidente sea un farsante, un mentiroso que habla de socialismo para ganarse un almuerzo, para darle algún sentido a un viejo noviazgo sin sexo. Su gobierno, pienso, tiene otros problemas, severas contradicciones que no vienen al caso en este momento. Creo que la pregunta es por qué una obra que nos habla del estalinismo, un problema supuestamente superado, puede haber sido leída, por Coll y por gran parte del público, como tremendamente actual. Presumo que la respuesta es que ese problema, en realidad, no estaba superado, por lo menos en Venezuela.

Martínez, en 1990, decía que: “Ya no es dable a los críticos discernir tesis en ella (en El día…); su asunto es, de ahora en adelante y con más nitidez que nunca, las indóciles, ecuménicas, carnales angustias humanas ventiladas por Cabrujas con airosa y airada impudicia” (4). Y Chocrón, un poco antes, decía algo parecido: “…nuestro dramaturgo se ha propuesto sentir la historia no de las naciones ni de las creencias colectivas y menos de los movimientos y las tendencias, sino de individuos afectados o transformados por las evoluciones a su alrededor” (10). Es decir, ambos proponen una lectura no-política de El día que me quieras, ya que presuponen que el asunto político estaba superado. Seguramente esto fue así hace quince años, cuando se hizo otra reposición de la obra. Quizá, en ese entonces, la lectura haya sido menos política y más “humana”. El tema, a comienzos de los noventa, era el de la gerencia de la política, tempranamente oscurecido por los disturbios conocidos como el caracazo, que, por lo menos en su momento, no fue considerado como un movimiento político propiamente dicho. En 2005 no creo que el público haya estado atento solamente a las angustias humanas ni a los individuos, sino también a las extrañas coincidencias entre un antihéroe de teatro y un presidente exitoso, al lado del encuentro que supone la cultura de masas representada en Gardel.

Sin embargo, la efectividad de este uso de la cultura como recurso, para recordar el concepto de Yúdice, no creo que tenga el vigor que se supone. Me temo que todo esto no sirva sino como una forma de sublimar una derrota. O para producir un curioso reverso de la pacificación de finales de los sesenta en Venezuela, que supuso un territorio de tolerancia para los radicales opositores de la socialdemocracia, precisamente en el sector cultural y universitario. La derrota, en este caso, no sería la de Gardel ni de Pío, la de la cultura de masas ni la del socialismo, sino la de la propia democracia. De hecho, en la misma obra de teatro, lo que podíamos llamar “la esperanza de un cambio”, se diluye al final, no sólo por el descubrimiento de la farsa de Pío, sino también por la partida de Gardel, que deja todo igual. Elisa Lerner, por ejemplo, dice que “…cuando se despide Gardel, cesa en los venezolanos el sueño de la historia (C2). Trastoy, por su lado, y desde otra perspectiva, también supone una deseperanza en El día que me quieras:

Conjeturados o aseverados, los relatos confunden realidad con ficción, desjerarquizan lo divino y lo profano, igualan mito e historia, hibridizan lo culto y lo popular. Paradójicamente, con esta disolución de las categorías los valores no se trastocan, la inmovilidad se confirma, la ilusión del cambio se desvanece. (Parr. 28)

De la misma manera, entre el público lo que se puede estar produciendo es, precisamente, la muerte de la esperanza, o ilusión del cambio, o del sueño de la historia. La muerte de la esperanza es, en realidad, lo que con más fuerza estaría propuesto en El día que me quieras. Pero no solamente, insisto, la esperanza en el sueño socialista, en la lucha de clases, sino también la esperanza en la cultura de masas, en el encuentro de clases. ¿Cómo se puede leer esto en un país que recupera ambas esperanzas, por lo menos en el discurso oficial, por un lado, y en el de la oposición, por el otro? ¿Estará acaso el público presenciando su propio fracaso representado?

 

La nación después de la nación

La crítica de Cabrujas al sueño socialista no es totalmente burlona, es también adolorida. No celebra el fracaso, la mentira, la falsedad, Más bien lamenta todo esto, como también lamenta que Gardel represente la frivolidad. Lamenta con risa el fracaso de dos proyectos que él mismo comparte, y que en su derrota se igualan. Por eso, precisamente, Azparren dice que Carbujas no hace sainetes.

No pareciera haber una representación nacionalista anticolonialista en El día que me quieras. Más bien se podría decir lo contrario: Aijaz Ahmad, por ejemplo dice que …”el nacionalismo anticolonial en sí mismo puede ser no sólo liberador sino también opresor (de hecho lo ha sido históricamente)” (97). Ni lo uno ni lo otro pareciera estar articulado en la obra. Tanto Gardel como Pío (y la familia Ancízar en general) manejan referencias, sueños, expectativas, deseos que van de Moscú a Nueva York, de reinas y plazas rojas, de Mahatma Ghandi a Tutankamón. Si hubiera que decir que existe alguna “venezolanidad” en algún sentido positiva en esta obra de teatro, tendríamos que señalar que esta estaría anclada en un pasado glorioso más o menos mítico, en la guerra de independencia del general Ancízar. Del petróleo, por ejemplo, ni se habla. Ni de la generación del 28. El dictador Juan Vicente Gómez es apenas una mención en alguno de las airadas intervenciones de Pío. No digo esto como una carencia de El día que me quieras, sino precisamente como uno de sus rasgos más bien extraordinarios, que por cierto pone la obra en relación con el resto de los trabajos de Cabrujas. La identidad venezolana, de resto, queda lejos. Una identidad cosmopolita y a la vez provinciana. Como puede haber sido la de los años treinta y la de los setenta también. Y la de hoy en día también, de alguna forma distinta. O más bien como las hemos querido reconstruir, como la estamos reconstruyendo ahora mismo en el discurso oficial, también anclado en el pasado. Quizá haya, más bien, una exploración de algún extraño deseo nacional de ser colonia, del Kremlin o de la cultura de masas, entre otras cosas.

Comencé este trabajo con la suposición de que El día que me quieras, en su montaje de 2005, puede ser entendida, entre tantas maneras, como un argumento contra el marxismo y los intelectuales suscritos a él. Pensaba que esto se lograba con la representación de Pío, que resulta un farsante, un mentiroso, en contraposición con el personaje de Gardel, el más puro encanto de la cultura de masas. Quise ver en este segundo personaje la representación de la posibilidad democratizadora de la cultura de masas, que puede reunir y mezclar en su repertorio y en su auditorio a todas las otras formas culturales, haciendo posible el encuentro de clases sociales que dice Martín Barbero. Sin embargo, como he tratado de hacer ver, la figura de Gardel tampoco es propuesta por Cabrujas como una posibilidad democratizadora. Cabrujas parece sugerirnos, más bien, que la cultura de masas representada en Gardel, es también un sueño, una falsedad. Digo esto porque Gardel suena en la obra tan hueco como Pío, y al final de la obra Gardel simplemente desaparece, cantando, sin dejar sus señas postales, sin que el drama caraqueño de Pío y María Luisa haya tocado nada de sí. La historia, como dice Lerner, desaparece. El momento de la posible rebelión pasa, y todo vuelve a la normalidad, como en Fuente Ovejuna. Tanto la revolución como su opuesto, la cultura de masas, quedan descalificados en tanto fantasías lejanas, inalcanzables, como la propia identidad venezolana, tal y como se representa en esta ocasión. De resto permanecen los personajes desolados, abandonados, sin esperanzas, aferrados a los recuerdos. Como dice Barrera: “Gardel es la fatuidad, la tontería de la farándula distrayendo a la historia. Gardel es la irrealidad, incluso cuando acontece en la sala de las Ancízar. Gardel es fantasía, Gardel es alienación que rima con bandoneón. Gardel es el opio de los pueblos” (C1). Que la fatuidad, en su propia pérdida, triunfe sobre la lucha de clases, es otra tragedia. Es la tragedia de dos fracasos.

 

Referencias bibliográficas

Ahmad, Aijaz (1996). “Literatura del tercer mundo e ideología nacionalista” en: Beatriz González Stephan (comp.) Cultura y tercer mundo 1. Cambios en el saber académico Editorial Nueva Sociedad: Caracas.

Rivera, Nelson (2005). “El dramaturgo” (Entrevista con Leonardo Azparren) En: El Nacional. 12 de marzo. C2. Caracas.

Barrera, Alberto (2005). “La sinceridad como tragedia”. En: El Nacional. C1. 12 de marzo. Caracas.

Cabrujas, José Ignacio (1986). El día que me quieras. Caracas: Monte Ávila Editores.

Chocrón, Isaac (1986). Prólogo de El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Caracas: Monte Ávila Editores.

Coll, Armando (2005). “A propósito de Pío Miranda”. En: El Nacional. A8. 26 de junio. Caracas.

Lerner, Elisa (2005) “Folleto de presentación de El día que me quieras” (1979). En: El Nacional. C1. 12 de marzo. Caracas

Martín Barbero, Jesús (1998). De los medios a las mediaciones. Convenio Andrés Bello: Bogotá.

Martínez, Ibsen (1990). Prólogo de El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.

Rivas, Raquel (2002). Bulla y buchiplumeo: Masificación cultural y recepción letrada en la Venezuela gomecista. Caracas: La nave va.

Rodríguez, Orlando (1991). Prólogo de El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Caracas: Editorial Pomaire/Editorial Fuentes.

Torres, Ildemaro (2005). “La diaria evocación de José Ignacio”. En: El Nacional. B9. 21 de octubre. Caracas.

Trastoy, Beatriz (2005). www.iacd.oas.org/interamer/ Interamerhtml/azarhtml/az_trast.ht. Consultada el 23 de febrero de 2005.

Yúdice, George (2002). El recurso de la cultura. Gedisa: Barcelona.

Author
Vicente Lecuna
Vicente Lecuna

(Venezuela)  es director de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela desde 2008.  Sacó un Ph. D. en Literatura Latinoamericana en el programa de la Universidad de Pittsburgh, con la tremenda ayuda de su querido tutor, John Beverley, en 1996.