Cultura de masas y marxismo: El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Primera parte.

 

“El país según mi Cabrujas” por Elisa Abadí (hazle click a la imagen para más)

[N. del E. Este texto fue publicado por primera vez en  la Revista Investigaciones Literarias, #14, 2006, Universidad Central de Venezuela. Cedido generosamente por el autor. ]

 

Opio del pueblo y materialismo histórico

Durante cuatro meses, El día que me quieras (1979) de José Ignacio Cabrujas (1937-1995) se presentó en el Ateneo de Caracas, todos los viernes, sábados y domingos. ¿Por qué una obra de teatro de finales de los setenta —que puede ser entendida como una de las formas de representar el tropiezo del proyecto socialista desde la propia izquierda, ya articulado en Venezuela con el libro Checoslovaquia, el socialismo como problema de Teodoro Petkoff (1969), o en Latinoamérica con la novela La vida exagerada de Martín Romaña del peruano Alfredo Bryce Echenique (1981), por ejemplo— se repone de marzo a comienzos de julio de 2005 con un éxito notable, en el país de la revolución bolivariana, unos meses después del fracaso del referendo revocatorio que se suponía que sacaría al presidente Hugo Chávez del poder? ¿Acaso el problema del estalinismo ya no estaba superado, envejecido, tirado en eso que llaman el basurero de la historia?

Debo comenzar por decir que no tengo idea, que me sorprendió saber que la sala estuvo repleta de gente durante tanto tiempo, justamente cuando las calles se vaciaban de manifestaciones contra el gobierno. No es común que una obra de teatro de este tipo tenga una temporada de cuatro meses en Caracas. Tampoco es fácil entender la historia contemporánea de Venezuela, de pronto tan distinta a su historia moderna. En todo caso, quisiera comenzar por señalar mi perplejidad ante el asunto. Hay una primera explicación, obvia, pero para nada equivocada: es una muy buena pieza de teatro. Además, el montaje de 2005 contó con la excelente dirección de Juán Carlos Gené, uno de los mejores dramaturgos de América Latina, y con un extraordinario reparto, conformado por actores del GA80. Eso, sin embargo, no basta.

Lo que sigue es el intento de dilucidar algún significado político que estaría actuando en la reposición de El día que me quieras, a la luz de lo que Jesús Martín Barbero ha propuesto en su libro De los medios a las mediaciones (1998) y lo que Raquel Rivas ha señalado sobre la masificación cultural en Venezuela en su libro Bulla y buchiplumeo (2002), primordialmente. Ese significado político sería, presumo, lo que habría impulsado el reciente éxito de la obra, además de lo que señalé antes.

Me anima la sospecha de que sea posible entender esta reposición como una forma familiar a lo que George Yúdice plantea sobre el uso actual de la cultura en tanto recurso. A partir de Marion Young, Yúdice dice que, en algunos casos, “…la cultura no tiene ningún ‘en sí mismo’, no es sino un recurso para la política” (38). Entonces, si la oposición venezolana había fracasado a la hora de desplazar del poder al presidente Hugo Chavez por medios no democráticos en el golpe de 2002, y por medios democráticos en el referéndum de 2004, y los partidos políticos y sindicatos ya no tenían el respaldo ni el prestigio de otros momentos, El día que me quieras podría corresponder a lo anterior: una forma cultural de hacer política, un uso de la cultura como recurso. También debo decir, antes que lo demás, que también parto de la suposición de que la obra de Cabrujas podría representar a la cultura de masas como una forma democrática opuesta, en este caso, a algunas formas totalitaria del socialismo.

El día que me quieras se estrena en Caracas en 1979 con “…el público más tumultuoso y entusiasta con que un autor teatral haya podido contar entre nosotros” (12). Una cosa similar sucede en la reposición de 2005.[1] La historia transcurre en la casa de los hermanos Ancízar, el 11 de junio de 1935, día de la llegada de Carlos Gardel a Caracas y de su célebre concierto en el Teatro Principal. Elvira, la hermana mayor de los Ancízar, trabaja en la oficina del correo, vendiendo estampillas. Tiene 56 años y un matrimonio a cuestas. Su marido la abandonó hace ya mucho tiempo. Le sigue María Luisa, sin empleo conocido, de 37 años, novia, desde hace diez, de Pío Miranda. Luego viene Plácido, empleado de la compañía que trae a Gardel a Caracas. También vive con ellos una sobrina, Matilde, de 27 años. Todos admiran a Gardel. Son nietos del general Ancízar, apodado “El Tigre de San Rafael”, héroe de la independencia venezolana. Pío, maestro de una escuela nocturna y entusiasta admirador de Stalin, frecuenta todos los días la casa de los Ancízar para cortejar a María Luisa, a la hora del almuerzo. Dice haber mandado una carta a Romain Rolland, quien los va a ayudar a entrar, a María Luisa y a él, a un koljosz ucraniano, para vivir la vida socialista. La obra se estructura en dos tiempos, solapados. El primero, “Rubias de New York”, consiste en la espera de la llegada de Gardel a Caracas, paralelamente al desarrollo del proyecto de Pío de irse con su novia a la URSS. Ocurre a mediodía. Y un segundo tiempo, “Tut-ankh-amón”, que representa la llegada de Gardel a la casa de los Ancízar, al lado de trágico desmoronamiento del sueño socialista de la pareja de novios. Este ocurre a la noche. El primer tiempo resulta, de alguna manera, concreto, real, cotidiano, mientras que el segundo resulta onírico: Gardel en la casa de los Ancízar es como un sueño.

Al comienzo del primer tiempo aparecen en escena Pío y María Luisa. Él le hace un dramático recuento de cómo fue recibida por Stalin la noticia de la muerte de Lenin. Luego hablan sobre el viaje, el clima de Ucrania y cosas por el estilo. María Luisa se quiere ir de una vez, quiere anunciar la decisión a sus hermanos cuanto antes. Pío prefiere esperar a que Romain Rolland responda la carta. María Luisa insiste:

Vámonos al Kremlin y nos quedamos allí, junto a la tumba de Lenin. Alguien vendrá. Rakovski vendrá. Zinoviev, Kamenev, alguien. Quién sabe si el mismo Stalin. Y entonces, nos jugamos el todo por el todo. Le decimos: mire, Stalin, venimos de Caracas, el señor Pío Miranda y María Luisa Ancízar, encantados. ¿Qué puede pasar? (23)[2]

Aunque podría decirse que este diálogo es serio, a cada momento resulta más bien gracioso. Pío y María Luisa, aunque no lo sepan, resultan cómicos. Esta contradicción se sostiene durante casi toda la obra, en casi todos los personajes. Reírse, con dolor, del fracaso, pareciera ser una parte fundamental del proyecto de Cabrujas, desde el comienzo.

Luego entra Elvira, la hermana mayor, con la noticia de la llegada de Gardel a La Guaira, cerca de Caracas, en la recalentada costa caribeña; “Ni una gota de sudor en todo el cuerpo. Ni siquiera cuando acarició las palomas en la plaza de las palomas. Aquella frente limpia y todo el mundo comentando: no suda, no suda…” (24). Después entra Matilde, la sobrina, con otros cuentos sobre el mismo tema: “Tenía un vagón para él solo y dijo que el vagón era confortable. Y la gente apiñada así, así de gente, pidiéndole una canción” (25). Pió, por supuesto, no está conforme. Lo único que le interesa saber es cuánto le pagan a Gardel. La conversación deriva en otra cosa y al final María Luisa anuncia su partida, que es recibida con desazón por su hermana y su sobrina. Además quiere vender la casa, que, al parecer, es el único patrimonio de la familia. Elvira acusa a Pío de estar detrás de todo esto: “Aquí ha habido un interés por el extranjero desde que tu llegaste con el materialismo en la boca” (30-31). Pío replica con un argumento sobre su propia dignidad, haciendo referencia a su proyecto de vida: “He planificado con ella la posibilidad de marcharnos a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, porque entre otras cosas quiero que mis hijos nazcan en la verdad proletaria, y no en este basurero del imperialismo.“ (31). Todas sus frases suenan un poco como ésta. Llenas de entusiasmo, pero algo huecas, de cartón piedra, por lo menos en el contexto en que se enuncian.

En eso entra Plácido, el más emocionado de todos, con la noticia de la llegada de Gardel al Hotel Majestic, ya en Caracas, donde se reprodujo el mismo furor masivo que en La Guaira:

Y aquello repleto en el vestíbulo… el Gobernador, el Rector, la Academia de la Historia, y Monseñor Fonturvel furioso porque le pellizcaron una nalga… la gente explicándole… no señor, no hay ofensa, no hay Sodoma, porque él amenazó con la estatua de sal y el anatema… no, monseñor, hay apretujamiento y barullo como en la toma de la Bastilla… (32-33)

Más adelante Placido cuenta que habló con Gardel: “…yo lo vi y me parpadeó la virilidad…” (38). Luego conversa con Pío sobre la revolución y la futura e imaginaria llegada de Stalin a Caracas: “Nunca habrás visto tanta gente en Caracas, como el día de la visita de Stalin” (42), dice Pío, obviamente celoso de la multitud que recibió a Gardel. Después Pío le confiesa a Elvira, la hermana mayor de su novia, que la carta a Romain Rolland no existe, que nunca la envió, que el viaje a Ucrania es una farsa, pero que igual se lleva a Maria Luisa en la noche, después de la presentación de Gardel, no sabe a dónde. Elvira, consternada, al hablar con María Luisa, no le dice nada. Al final de este primer tiempo, para sorpresa de todos, aparecen Gardel y Lepera en la casa de los Ancízar, buscando a Plácido.

El segundo tiempo comienza con la recapitulación de la llegada de Gardel a la casa de los Ancízar al mediodía. Ya es de noche, el concierto terminó. Elvira y Matilde, felices e incrédulas, preparan la casa para recibir a Gardel y Lepera de nuevo, porque se comprometieron a venir a pasar la velada. Al rato aparece Gardel y sorprende a María Luisa sola. Conversan. Gardel dice frases hechas, clichés encantadores, palabras preconstruidas. Habla de la reina Guillermina, de París. Después de regalarle su bufanda a María Luisa, por ejemplo, dice: ”No hay preguntas después de un regalo, decía Mahatma Gandhi. (Ríe). Iba a decir: me decía… pero no quiero parecer pedante” (64). Pío, por supuesto, hace su propia interpretación de este encanto: “Su presencia en esta casa es un gesto afortunado propio de un gran artista popular” (69). Y más adelante el mismo Pío le dice a Gardel que cuando se haga la revolución venezolana será invitado a dar un concierto público, gratuito, en la Plaza Bolívar.

Llegan Plácido y Lepera. La velada transcurre sin ninguna novedad extraordinaria. Gardel habla de su madre con insistencia, la casa de los Ancízar le recuerda la de su infancia. Frivolidades, piropos. Hasta que Pío revienta, a raíz de un mecánico diálogo de manual marxista, actuado por Plácido, María Luisa y Pío, a regañadientes, obligado por el primero. El diálogo termina de la siguiente manera:

Pio: ¿Está la sociedad actual, bien constituida?

(…)

María Luisa y Plácido: No. Porque existen dos clases sociales: el proletariado y la burguesía.

(…)

Pío: ¿Están en armonía el proletariado y la burguesía?

(…)

María Luisa y Plácido: No. La burguesía combate el proletariado. Y el proletariado combate la burguesía. Están en continua lucha. La lucha… de… ¡clases! (81-82)

Pió, que durante todo el tiempo ha sabido ocultar su farsa a todo el mundo, menos a Elvira, no aguanta más y explota: “No hay nada de Ucrania. No sé dónde queda Ucrania. No hay Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas” Cabrujas (1990: 82).  Y más adelante: “¡No pasa nada! Mentí… ¡Esa es la palabra esperada, la palabra profética! ¡Mentí! ¡No hay Romain Rolland! ¡Nunca le escribí a Romain Rolland!” (83). Sale de escena. Gardel y Lepera, después del escándalo, también deciden dejar la casa de los Ancízar. Gardel se va cantando “El día que me quieras”, a petición de Matilde. Al final, María Luisa coloca sobre el sofá una bandera roja con la hoz y el martillo: “Quiero que se quede aquí. Hasta mañana. Por lo menos hasta mañana” (87). Es decir, prefiere seguir soñando, por lo menos un día más, aunque sabe que todo es una mentira. Las cosas vuelven a la normalidad, la vida continúa, como si nada.

Como dije antes, quisiera proponer que El día que me quieras establece una oposición entre el proyecto socialista de Pío y el encanto massmediático de Gardel. En este dilema, Pío sale perdiendo, se descubre su farsa, y Gardel termina como siempre, encantando a todo el mundo. Una primera lectura de este asunto puede hacer suponer que El día que me quieras es un acuse de recibo de los severos tropiezos del proyecto socialista, y, a la vez, de una especie de alabanza de la cultura de masas, capaz de convocar a todas las clases sociales, a todas las personas, a su alrededor. Pienso que esta lectura no es del todo equivocada. Cómo dice Alberto Barrera, en la obra se presentan “…dos universos supuestamente antagónicos: la frivolidad de la visita de Gardel frente a la lucha entre proletarios y burgueses que pregona Pío Miranda, una noche de tangos frente a la eterna utopía de los pobres” (C1). El sueño frente a la realidad. La crítica, de hecho, insiste en señalar a Pío como un antihéroe. Martínez, por ejemplo, dice que: “…el proyecto koljosiano de Pío Miranda que no ha sido más que una cobarde postergación, una patética engañifa que cobra la forma de un proyecto de vida sólo desplegable en el ámbito desprendido y noble —y remoto— de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas” (13). Orlando Rodríguez, por su lado, entiende que Pío es un:

…seudo revolucionario, irresoluto y mentiroso, difusor de ilusiones que ni él mismo cree, y de las cuales huirá cuando deba enfrentar la verdadera realidad que significa comprometerse con los seres humanos más cercanos. El protagonista pareciera un personaje de tarjeta postal, con su apariencia de convencimiento y su debilidad conceptual, amparado en el uso de frases cliché y manidas. (7-8)

Armando Coll lo compara al personaje de Gardel, y al final hace un balance parecido:

Para Pío, la revolución, en efecto, siempre fue el más allá; pero no tendría el descaro consigo mismo de convertirla en el credo de su frustración, como tampoco tuvo paciencia para esperarla más. Sería sorprendido por el divino Gardel, soltero a los 38 años, sin haberle cumplido a su prometida María Luisa, sin haber dado un golpe. El personaje desde luego no tiene otra opción que el mutis definitivo. (A8)

Sin embargo, al final del segundo tiempo, Pío logra salir de su propia cárcel de engaños. Logra superar, según Barrera:

El disimulo como forma de ocultamiento, de encubrimiento, como disfraz. Pero también el disimulo como espectáculo, como ceremonia. El disimulo como improvisación, incluso festiva, gozosa, y el disimulo como evento patético, como bochorno ¿Qué hace Pío Miranda en el momento más climático de El día que me quieras? Abandona el disimulo. Se sincera. (C1)

Y al sincerarse, de alguna manera se redime. Esta pequeña tragedia logra un efecto aún más tenso porque ocurre frente a Gardel, con Gardel, gracias a la presencia de Gardel. Si en efecto continuamos con la lectura que propuse al comienzo, entonces Gardel, y con él la cultura de masas, serían los verdugos del falso sueño de Pió y María Luisa, y del socialismo en general con ellos. El “opio del pueblo” que es Gardel, según Barrera (C1), vencedor ante el materialismo histórico.

Pero Gardel tampoco es precisamente el héroe de El día que me quieras, si bien podríamos decir que su presencia resuelve el entuerto al lograr banalizar a la mismísima lucha de clases. Él mismo resulta otra farsa.

 

 

Referencias bibliográficas

Ahmad, Aijaz (1996). “Literatura del tercer mundo e ideología nacionalista” en: Beatriz González Stephan (comp.) Cultura y tercer mundo 1. Cambios en el saber académico Editorial Nueva Sociedad: Caracas.

Rivera, Nelson (2005). “El dramaturgo” (Entrevista con Leonardo Azparren) En: El Nacional. 12 de marzo. C2. Caracas.

Barrera, Alberto (2005). “La sinceridad como tragedia”. En: El Nacional. C1. 12 de marzo. Caracas.

Cabrujas, José Ignacio (1986). El día que me quieras. Caracas: Monte Ávila Editores.

Chocrón, Isaac (1986). Prólogo de El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Caracas: Monte Ávila Editores.

Coll, Armando (2005). “A propósito de Pío Miranda”. En: El Nacional. A8. 26 de junio. Caracas.

Lerner, Elisa (2005) “Folleto de presentación de El día que me quieras” (1979). En: El Nacional. C1. 12 de marzo. Caracas

Martín Barbero, Jesús (1998). De los medios a las mediaciones. Convenio Andrés Bello: Bogotá.

Martínez, Ibsen (1990). Prólogo de El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Caracas: Monte Ávila Latinoamericana.

Rivas, Raquel (2002). Bulla y buchiplumeo: Masificación cultural y recepción letrada en la Venezuela gomecista. Caracas: La nave va.

Rodríguez, Orlando (1991). Prólogo de El día que me quieras de José Ignacio Cabrujas. Caracas: Editorial Pomaire/Editorial Fuentes.

Torres, Ildemaro (2005). “La diaria evocación de José Ignacio”. En: El Nacional. B9. 21 de octubre. Caracas.

Trastoy, Beatriz (2005). www.iacd.oas.org/interamer/ Interamerhtml/azarhtml/az_trast.ht. Consultada el 23 de febrero de 2005.

Yúdice, George (2002). El recurso de la cultura. Gedisa: Barcelona.



[1] El día que me quieras se estrenó en el teatro Alberto de Paz y Mateos, del Nuevo Grupo, el 26 de enero de 1979, dirigida por José Ignacio Cabrujas. Se repuso en 1988, 1990 y 2005 en Caracas, además de muchas otras representaciones en otras ciudades y países. La dirección en 2005 estuvo a cargo de Juan Carlos Gené. El reparto de 1979 fue como sigue. María Luisa Ancízar: Gloria Mirós y Manuelita Zelwer; Pío Miranda: Fausto Verdial y José Ignacio Cabrunas; Elvira Ancízar: Amalia Pérez Díaz; Matilde: Tania Sarabia; Plácido Ancízar: Freddy Galavís; Alfredo Lepera: Luis Ribas; Carlos Gardel: Jean Carlos Simancas. El reparto de 2005 fue el siguiente. María Luisa Ancízar: María Cristina Lozada; Pío Miranda: Héctor Manrique; Elvira Ancízar: Gladis Prince; Matilde: Martha Estrada; Plácido Ancízar: Basilio Álvarez; Alfredo Lepera: Juan Carlos Ogando; Carlos Gardel: Iván Tamayo.

[2] Todas las citas de El día que me quieras se refieren a la edición de 1990 de Monte Ávila Latinoamericana.

 

Author
Vicente Lecuna
Vicente Lecuna

(Venezuela)  es director de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela desde 2008.  Sacó un Ph. D. en Literatura Latinoamericana en el programa de la Universidad de Pittsburgh, con la tremenda ayuda de su querido tutor, John Beverley, en 1996.