Crítica y realismo

La idea de una Crítica Latinoamericana como proyecto y deseo se ha venido dibujando desde el momento de las independencias. La necesidad de hacerse cargo del conjunto de creaciones que se produce en el ‘nuevo’ territorio ‘liberado’ se instala como un imperativo de diferenciación y la garantía de una identidad cultural propia. El proceso de su institucionalización avanza, sin embargo, siempre acechada por un fantasma. Ya desde el siglo XIX hubo quienes problematizaron la idea de una crítica regional pues sólo con el hecho de bautizarla de esa manera aparecía la pregunta sobre qué es aquello que llamamos lo latinoamericano ¿No era acaso el mismo hecho de ‘hacer’ crítica (y ejercer la escritura en cierta lengua) una práctica importada? ¿Cómo escribir ‘en latinoamericano’ o ‘lo latinoamericano’ y cómo construir un aparato que diera cuenta de esa escritura? o ¿era posible adherirse a un destino universal sin exponerse a la pérdida de esa ‘identidad propia’?  El trayecto desde el diecinueve ha estado intervenido por estas tensiones.

La primera mitad del siglo XX fue testigo del inicio de dos procesos que habrían bosquejado inflexiones a estas preguntas. En primer lugar, el hecho de la delimitación de los bordes entre el denominado ‘pensamiento latinoamericano’ que hasta el momento, como disciplina filosófica y práctica teórica ‘interdisciplinaria’ monopolizaba la reflexión acerca de ‘lo propio’, y la crítica literaria propiamente tal que definirá su actividad, entre otras cosas, en la formación y legitimación del canon local. La separación de aguas habría delineado un giro hacia la especialización y profesionalización de los quehaceres marcando la especificidad del ejercicio de la crítica literaria y, en consecuencia, la acotación del objeto de estudio, los métodos y vocabularios.

Por otro lado, el otro proceso que motivará una variación en esta reflexión será la introducción de la idea de ‘contexto’ al análisis literario, como una reacción ante la moda inmanentista, biografista e historiográfica azuzada por un positivismo cronológicamente desfasado pero potente. De esta manera, la Crítica Literaria comenzará a cuestionarse no sólo el gesto de dependencia que implica el uso de estas visiones teórico-metodológicas sino también la necesidad de explicar la creación literaria a partir de las posibilidades histórico-materiales que define la escena local específica.

Sin embargo, creo que es en la segunda mitad del siglo XX, específicamente en los años sesentas y setentas, en el escenario de una coyuntura histórica caracterizada por su fundamento emancipatorio, y momento en el que, por lo tanto, se restaura de manera particular la necesidad de confirmar la independencia de la escritura, cuando estas preguntas son replanteadas de manera tan radical que hasta hoy acechan como desasosiegos de posicionamiento en las prácticas críticas y en la crítica de la crítica.

Es sobre el estado actual del campo, siempre perseguido por la problemática de la localización, la representación y la autonomía, sobre el que quiero reflexionar en esta ocasión. Revisar sus avatares desde una de sus aristas con el objetivo fundamental de re-pensar esas preguntas y tensiones que al parecer no han abandonado el quehacer crítico en los países de América Latina [y pongo especial atención en la diferencia de nombrar el trabajo que se realiza en una ‘Latinoamérica’ del que se lleva a cabo en ‘los países de América Latina’, ya que una de las primeras cuestiones que habría que re-pensar en esta revisión sobre el presente, es la plausibilidad de esa ‘Crítica Latinoamericana’ que descansa en la idea de una región unificada y, por otro lado, repensar también la especificidad o exclusividad ‘literaria’ de la ‘crítica actual’].

El año 2009 escuché en la Universidad de Nueva York una lectura del escritor y crítico argentino Martín Kohan cuya reflexión acerca de la creación novelística actual y sobre la crítica, me hizo pensar este problema desde una perspectiva diferente a la que estaba trabajando. Martín Kohan leía el pasado reciente del campo literario e intelectual desde el punto de vista del Realismo. Si bien su texto está evidentemente anclado al examen de la literatura y más específicamente de la novela argentina –y por eso parte fundamental de su texto lo dedica al análisis de casos locales–  hace algunas consideraciones que me parecieron interesantes respecto a la crítica literaria de los últimos sesenta años. Por ello dedicaré algunas líneas a exponer su propuesta para ponerla a funcionar en relación a la consideraciones que planteo hoy.

En el texto inédito “La realidad política” el argentino analiza la complicada relación realismo/política que funciona en la creación literaria y la producción crítica en Argentina durante los sesentas y setentas del siglo anterior. Determina que esta unidad se habría constituido a partir de un principio de adherencia y cohesión que obligaba a entender toda literatura como “política” mientras cumpliera los designios de contenido y forma que exige la estética de la mímesis y por supuesto mientras esos textos refirieran a la realidad factual, la originaran, la modificaran, etc., incluso a través de la alegoría o metáfora. En el caso de la crítica, según Kohan, la lectura de aquellas obras quedaba enmarcada a esa nomenclatura y aunque –siguiendo a Claudia Gilman– se siguieran debatiendo afanadamente las inclusiones y exclusiones del canon ya fuera en la forma de ‘la nueva novela realista’, ‘vanguardia realista’ o ‘realismo maravilloso’, el edicto del realismo dominaba la esfera crítico literaria. Para Kohan, sin embargo, existirían signos de una posibilidad de relegar o despegar ese binomio inseparable que, de alguna manera, habría reducido las posibilidades de comprender la potencia política de la obra de arte y, por tanto, habría también determinado la validación de cierto canon. Para él el gesto que evidencia y garantiza este giro sería el cambio del título de una de las obras críticas que, precisamente, se instala como el paradigma de esa crítica realista: Literatura argentina y realidad política. A pesar de las permanentes revisiones y rediciones, que sufre el texto desde su publicación en 1964, nunca cambió tanto sino hasta que treinta años después David Viñas elimina el término ‘realidad’ de la fórmula. Kohan piensa que las explicaciones del autor son insuficientes para describir el fenómeno que aquí estaría sucediendo. Para él este gesto implica ofrecer entonces dos alternativas:

“que pueda haber política en la literatura sin que tenga por eso que aparecer como realidad política”.

Y también esta otra posibilidad: “que pueda haber una literatura política sin que tenga por eso que escribirse como realista o que leerse como realista (…)”.

Su pregunta entonces surge: ¿cuál y cómo es esa literatura que no es ni producida ni leída sobre la base de la dupla política/realidad? Para Kohan este tipo de novela es aquella que esquivando todas las exigencias de la novela realista, pone en escena, precisamente, la devastación de esa realidad política. La obra que exhibe cómo esa realidad política se desvanece como tal, y de la que sólo es posible ver sus ruinas y esquirlas.

Sin embargo, frente a este planteamiento surge una nueva tensión mucho más importante para esta reflexión y que él abarca de forma interesante. Esta definición de la ‘nueva’ literatura política ha levantado su propia sospecha y así advierte:

“No quiero decir con esto que hay política porque hay una política de las formas ni que hay política porque hay una política de la lengua. Conocemos también ese credo: lo hemos practicado, lo hemos impartido. Ensayamos la destreza necesaria para detectar politicidad incluso ahí, o sobre todo ahí, donde se creía que no la había. Sabemos bien, porque no podemos no saber, de esa redefinición de lo político que cundió por oleadas en los años sesenta, en los años setenta, en los años ochenta. Política era no solamente lo que siempre habíamos entendido por política, sino también otra cosa, otras cosas: que hay una política de la lengua y en la lengua, que hay política en una posición de enunciación.” Y así: “Leemos todo como político, lo que en cierto modo supone decir que leemos todo un poco igual, que decimos de todo un poco lo mismo.” (4)

Y a renglón seguido Kohan se dirige precisamente donde quiero yo llegar. El problema inagotable de la crítica:

“¿Es posible apartarse de este callejón sin salida sin ir a parar por eso a las anchas avenidas de la novela social, de la realidad y del realismo, del mensaje con certeza ideológica, de la tiranía de la transparencia (transparencia en la representación, transparencia en la comunicación) y de la función denotativa?” (ibid.)

A propósito de esta “nueva novela” que es política sin por ello entrar en la lógica de la adherencia entre política y realidad, Martín Kohan está también delineando una crítica a las formas de leer, al ejercicio crítico que a pesar del paso del tiempo y a pesar de lo que yo había imaginado no ha desechado por completo la antigua idea de que la politicidad de un texto se halla en su vinculación con la realidad y que su carácter crítico, resistente o subversivo está tocado efectivamente por esa relación infatigable.

Ahora, por supuesto habría que tomar en cuenta que la hegemonía y persistencia del binomio ha cambiado de signo y ya no es posible encontrarlo en su pura positividad. De hecho mi apuesta es que este desplazamiento no sólo marcaría el agotamiento de una ‘estética y una política de la realidad’ ni de su correlato crítico, sino también sería el resultado de circunstancias históricas de violencia y anulación: me refiero, por supuesto, a las dictaduras militares perpetradas en varios países de América Latina.

En alguna oportunidad escuché a Raúl Zurita decir que la dictadura en Chile habría forzado a la poesía a dar un giro en el lenguaje, porque ahora ya no era posible decir. El propósito que perseguían ahora las palabras era, me imagino: “que no fueran a entender los milicos”. El asunto de una ‘obra’ ya no estaba, como antes, constreñido a la comunicabilidad –por relativa que fuese esa exigencia– porque ya no era posible comunicar nada, estaba prohibido. En este contexto, la censura y obliteración habrían tenido consecuencias fundamentales:

La primera: Romper y desaparecer cualquier insistencia en la idea de una crítica regional. De esta forma el plan unificador de la región delineado en los sesentas y setentas y que se materializaba, por ejemplo, conectando los circuitos nacionales a través de revistas, quedó completamente desintegrado o, al menos, expuesto al peligro de la clandestinidad.

Por otro lado, borramiento y prohibición abrieron [y digo abrir aunque al señalarlo suene perverso] el camino a la posibilidad de seguir experimentando en el ala más radical de ese vanguardismo realista – en los términos de Gilman (307-326). Como lo exponía en el recuerdo de las palabras de Zurita, había que disfrazar el lenguaje para intentar no cesar de decir.

En el ámbito de la crítica precipitaron, precisamente, el estudio de esa ‘nuevas formas encubiertas’ y ‘trasvestidas’. Provocaron el análisis, justamente, de lo que había quedado relegado: La Vida, la ‘realidad’ violentada. Y así, empleando herramientas que no expusieran a este nuevo objeto ni a la censura ni a la desaparición, insistían (e insisten) en buscar fórmulas que permitieran no olvidarlo. En este contexto, cómo no adjudicarle a la teoría francesa y a la idea de la omnisciencia y omnipresencia política un rol fundamental.

Pero además del aporte francés –y habría que especificar, foucultiano y derridiano, principalmente– o quizás junto con él radicado ya en los salones de las universidades estadounidenses, el avance de los estudios culturales, el de los estudios postcoloniales y subalternos constituía un nuevo escenario crítico que, bajo mi punto de vista, es el índice de que ese ‘realismo’ que Kohan viera en el pasado reciente, no ha desaparecido aún cuando los principios sobre los que trabajan actualmente algunos de nuestros críticos parezcan rechazar la dupla realidad/política como fuera impuesta antaño.

Así lo que alguna vez se pensó como un procedimiento para desprenderse de la consecuencia homogeneizante y escencializadora que el requisito de la realidad como condición necesaria para la politicidad de un texto imponía, se convierte al parecer en un arma de doble filo. Determinar que todo es político nos lleva a trascendentalizar la diferencia. Y cito de nuevo a Kohan:

“Diciendo que todo es político cada vez decimos menos, hasta que por fin no decimos nada. Ese uso del concepto, por su múltiple validez justamente, empieza a ser insuficiente, pierde su especificidad, pierde su cualidad diferencial.” (5)

Sólo con esta explicación es que yo puedo comprender el que incluso la literatura esté siendo desplazada como objeto de estudio, porque no es suficiente para exhibir y develar las huellas de una ‘política’ de las exclusiones. Lo que se lee hoy muchas veces para verificar que política es todo, que existe una política de la lengua y en la lengua, ya no son novelas, para que hablar de la poesía, incluso ya ni siquiera son aquellos rayados callejeros clandestinos que Rama comenzase a considerar leer en La Ciudad Letrada. Lisa y llanamente la creación literaria está siendo abandonada para, finalmente, leer, analizar, desentrañar y develar otros textos que parecen actualizar de manera más eficiente y eficaz lo político y que paradójicamente parecen ser más fieles a la realidad.

Así, convengamos entonces en que una de las maneras de leer las respuestas a las persistentes preguntas de la Crítica en Latinoamérica (localización, representación, autonomía, identidad, autenticidad, etc.,) en la década de los sesentas sería bajo la lógica del realismo, es decir, bajo la égida del binomio realidad/política. También convengamos que el reinado de este modelo tuvo su ocaso; derivado por una parte de sus homogeneizaciones, totalizaciones y cierto monologismo, pero también provocado por la destrucción, la censura y la desarticulación de los espacios donde se suponía el disenso y el diálogo. Acordemos en que la respuesta ante este escenario es la proliferación de lo político y que, según Kohan, estaría hoy limitando las posibilidades de leer debido a lo que podría explicarse como una esencialización de la diferencia o un exceso de semiotización de lo social –cotidiano; como una indiferenciación que nos estaría llevando a olvidar incluso lo que nos convoca, la literatura.

Así, pareciera que leer en clave de realismo estos vaivenes de la crítica nos muestra cómo una cierta demanda de realidad, ya sea en su versión identitaria –como realidad latinoamericana– o bajo el signo de una diferencia-diferenciadora –en los términos de Nelly Richard, como micro políticas latinoamericanas–, modifica las estrategias teórico-críticas de lectura que, aunque podrían pensarse antitéticas siguen obedeciendo a esa misma pulsión realista y, quizás, también a esa misma necesidad fundacional de diseñar una narrativa hegemónica de lo latinoamericano.

Nueva York, Marzo-Abril 2012
 
* Este texto ya ha sido leído/presentado en dos conferencias públicas este año 2012, en LASA, San Francisco y en Jalla, Cali.
Author
Romina Pistacchio
Romina Pistacchio

(Santiago de Chile) Es licenciada y magister en lengua y literatura hispánica de la Universidad de Chile. Es también profesora de Estado y candidata a doctora de la Universidad de Nueva York (NYU). Sus áreas de interés y trabajo son la poesía y narrativa conosureñas de fines del XIX y del XX, las Vanguardias, teoría crítica y la crítica de la crítica. Su tesis de maestría Una perspectiva para ver: el Intelectual Crítico de Beatriz Sarlo fue publicada por Corregidor en Argentina el año 2005. Actualmente se encuentra escribiendo su tesis de doctorado sobre los últimos cincuenta años de la ‘crítica’ en América Latina. Co-edita las secciones de Crítica de la Crítica y Crítica del Presente.

romina@criticalatinoamericana.com