Conquistadors de Eric Vuillard, la conquista del imperio inca según un novelista francés

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Debo confesar que me tomó algunos años comenzar a leer Conquistadors (2009). Algunos años sí, y también dos libros, me refiero a La bataille d’Occident (2012) y Congo (2012) recientemente publicados por Actes Sud cuya lectura me convenció de que mis reparos no eran más que prejuicios o temores infundados. Lejos de ser un novelista que aborda la reconstitución de un evento histórico, por demás complejo, como la repartición que de África hicieron las naciones europeas (Congo), Eric Vuillard es un escritor que se vale de eventos que marcaron la meteórica y absurda expansión de Occidente para conferirle un valor, una verdad literaria, muy cercano de géneros como el ensayo literario, pero también de la épica, a ese otro rostro del universalismo que es el colonialismo. Así, al final de mi frenética lectura de ambos relatos, picado por el gusto de ese voluptuoso francés con el que escribe, junto con esa manera tan personal de abordar la historia, me acordé que el mismo autor había dedicado una novela a la conquista del imperio inca. Al ser peruano, no pude más que interesarme en descubrir la manera en que este francés interpela la historia colonial latinoamericana, así como la forma en que le insufla ese componente ficcional tan propio a la novela desde que ésta apareciera como género.

Es precisamente con Conquistadors que Eric Vuillard empieza su reflexión literaria con respecto de ese Occidente que, desde el siglo XV, se expande indefectiblemente por el mundo, llevando la pólvora, la religión y un rey a regiones donde antes no existía ninguno de ellos. Novela que pretende retratar las peripecias de ese puñado de extremeños, vascos, castellanos y demás, extraídos de las entrañas mismas de la miseria para someter con su temeridad un imperio entero, Conquistadors se presenta además como el relato de la llegada de los españoles a tierras peruanas, la caída del imperio inca y las subsiguientes disputas entre colonizadores. Se trata de tres momentos muy bien planteados, fácilmente distinguibles, me atrevería a decir, incluso, que ellos pautan el desarrollo de lo narrado. De este manera, si bien podemos sucumbir frente al furor de encuentros, conflictos e intrigas que pueblan el texto; al mismo tiempo, una armonía latente rige lo contado, como si pese a esa constante ir y venir de eventos y situaciones, siempre se regresara a lo que en verdad interesa, la inquietud medular: el destino épico y a la vez grotesco de los conquistadores.

Esta armonía de la cual hablo, también es entregada por el narrador, una de las más logradas invenciones de Eric Vuillard. De hecho, si cabe leer la novela por una razón, una sola, esta puede ser ese narrador que, durante la lectura del libro, imaginé con un pie en el siglo XIX y con el otro en el siglo XXI. Y es que se trata de un narrador hecho antes que nada de lecturas previas, un narrador que muestra bien ese gran lector de novela que se esconde detrás del autor. Un narrador que en muchas ocasiones me hizo pensar en esos narradores metomentodos, de las novelas del siglo XIX. Pienso sobre todo en Les Miserables donde el narrador no sólo se las arregla para presentarnos el drama de Fantine, la redención de Jean Valjean o los amores de Cosette con Marius, sino que también interviene a cada instante, acota una acción o un gesto, e incluso se permite bromear. Resulta, en ese sentido, extraño que en una tradición novelesca como la francesa en la cual alguna vez se hablara de grado cero de la escritura o de objetividad absoluta, aparezca un narrador como el de Conquistadors, heredero directo de esa novela del XIX en la cual el narrador es el centro mismo de su sistema, alrededor del cual orbitan personajes e intrigas, una novela de aspiración total, consciente del poder absoluto de la palabra y el lenguaje convertidos en herramienta sometida a una inequívoca voluntad.

Pero allí donde el narrador de Hugo proyecta la sombra de un mañana mejor para la sociedad francesa y, por lo tanto, con un marcado eurocentrismo, para el mundo, el narrador de Vuillard interpela el pasado para subrayar de un mejor modo las fisuras, las dislocaciones entre los altos ideales y la miserable realidad. En Vuillard, hay un escepticismo lejano del ánimo profético y hasta jubilatorio con el que escribiera Víctor Hugo, lo que existe es más bien una reiterativa, y, en ocasiones, rabiosa necesidad de subrayar las bajezas por debajo de cada acto sublime o heroico. De hecho la historia para el autor de Conquistadors no es la sucesión de eventos heroicos, cada cual más digno y valeroso que el precedente, sino que es más bien esa sucesión ruidosa de malentendidos y enfrentamientos entre seres humanos.

 

En lugar de idealizar la historia, Vuillard dibuja un pasado en el cual se encuentra el germen de todos los males y problemas de la actualidad. Es por eso, quizás, que algunos consideran que quien cuenta la novela es un narrador pedagógico que explota el pasado para poco menos que adoctrinar a sus lectores. Nada más alejado de las intenciones del autor que el valerse de la historia para sacar conclusiones, expresar juicios y emitir sentencias con intención didáctica. La historia de la conquista del imperio inca es en la novela una serie de pequeñeces irreductibles pero que acumuladas suponen la destrucción de toda una civilización y el comienzo de una nueva sociedad, la colonial. Antes que un afán pedagógico, preferiría, por eso, hablar de un profundo escepticismo frente a cada uno de los intentos por enaltecer, acaso debería decir disfrazar, gestos de egoísmo, codicia y mezquindad. Dicho escepticismo guía cada línea de novela, alentando la ironía y, en ocasiones, la abierta burla hacia quienes realizaron la conquista, esos héroes de opereta inconscientes de su lugar en la historia.

De ahí ese constante reparar en lo humano de los personajes. Ahí donde otros hubiesen aprovechado para idealizar la figura de los conquistadores, hacer de ellos imágenes arquetípicas cuando no emblemáticas, Vuillard no se cansa de subrayar lo más humano que hay en ellos. De esta manera, por ejemplo, Diego de Almagro será un fantoche empujado por los eventos a decisiones que nunca puede asumir y Francisco Pizarro un rústico ignorante con vocación de noble guerrero. En la novela existe un constante interés en la materia en su faceta pedestre, simplona, incluso vulgar, que no sólo incumbe a todos, conquistadores e indios, sino que también se plantea como una manera de entender la realidad o mejor dicho el pasado.

Hablar del narrador me lleva casi naturalmente a hablar del estilo con el que está escrito, esa alternancia entre oraciones concisas y graves, por un lado, y periodos larguísimos, por el otro. El lector se encuentra con una respiración particular hecha de circunspección y exuberancia por partes iguales. A diferencia de libros más recientes como Congo o La bataille d’Occident, no estamos frente a un narrador que desenvuelve sin cesar la espiral de sus reflexiones, sino frente a uno que las tensa y despliega en función de los personajes y los eventos que son narrados. Circunstancia que le lleva a alternar un francés de aliento poético, rico en matices, con otro, más actual y hasta prosaico, que en su aparición genera un particular extrañamiento.

Ahora que Eric Vuillard comienza a publicar en editoriales de mayor divulgación y que, por lo tanto, sus novelas y relatos llegan a más lectores, ahora que su trabajo empieza a ser reconocido por premios como el “Franz Hessel”, es que podemos preguntarnos, junto con él, qué sentido, no ya histórico, ni político o económico, sino más bien literario, el único que importa cuando se trata de un género como la novela, poseen sus ficciones. Me atrevería a decir que Vuillard recuerda eventos, tal vez cicatrices, de nuestro pasado colectivo para, mediante el pretexto de la reconstitución histórica, resaltar ese gran absurdo que es la humanidad. Dicho de otra manera, mediante el recuerdo, convertido en ficción, el autor de Conquistadors purifica de tiempo a las acciones humanas para entregarlas desnudas en todas sus contradicciones por más antipáticas o carismáticas que éstas sean. Lo que importa es interpelar la historia con nuestros ojos para entregarle el valor que la objetividad y cierta forma de olvido le han escamoteado. Y la novela, en manos de Eric Vuillard, se convierte en un instrumento valioso para ello.

Author
Felix Terrones
Felix Terrones

(Lima, 1980). Autor de las novelas cortas reunidas en el libro A media luz (PUCP, 2003) y de la novela El silencio de la memoria (Mundo Ajeno, 2008). Doctor en literatura latinoamericana contemporánea por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III por un estudio dedicado a los prostíbulos en la ficción. Preparó la edición antológica de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Traductor y articulista en Rebelión.org