Barthes en el bar chino

A Miguel lo conocí en su época de encanto, era un hombre afable, sin modestias se jactaba de sus logros; un ganador, acuerdan sus amigos. Hoy es un tipo que raya los sesenta años, mantiene su dignidad y el porte de quienes van al ocaso como el sol, lentos y majestuosos. Joaquín anda metido en una empresa deleznable y se ha citado con Miguel en el bar chino de La California; está trabajando en un tema, ha escrito un tratado, pretende poner en su sitio a la racionalidad poética de los franceses. Tomó un libro de Roland Barthes, lo desmenuzó y alardea:

Fragmentos de un discurso amoroso es un elogio al desamor, su énfasis y rebuscamiento sólo nos llevan a una verdad: no existe; la perorata y la urdimbre literaria justifica con demasiada objetividad un asunto subjetivo; desesperado, enfático y despojado de patetismo defiende lo que considera un carencia, la defiende hasta su muerte intelectual”.

“Son palabras mayores”, le comenta Miguel. Yo no he entendido nada. Piden dos vodkas, toman vodka, yo tomo vodka, solo, con hielo. Estas discusiones suelen ser tediosas, los diletantes son niños y juegan a rodear las verdades de la vida, comienzan a comparar sus experiencias y a contrastarlas con las notas realizadas al margen de una libreta y que nuestro tratadista ha desarrollado como teoría:

“Mi vida es experiencia y el autor pretende imponer sus construcciones teóricas, la experiencia literaria por encima de la realidad, nos habla del amor como una promesa de resurrección, una vindicación, el sentido trágico y purificador de la existencia”.

Miguel apenas roza los labios en el vaso, los moja, su lengua juega con uno de los cubos de hielo y deja fluir sus palabras:

“Es su manera de ver las cosas, la literatura es una experiencia de vida”.

Joaquín vuelve a la carga con un rictus de asco en su boca:

“Ese es el punto, es una experiencia de vida que suplanta, usurpa la vitalidad. Tú Miguel Fernández, no te habrás creído ni una de las referencias de este señor, no la habrás identificado con el manierismo de la seducción, es igual que Baudrillard, un intelectual que se masturba con los conceptos”.

La escena me cansó, pedí otro vodka y busqué un lugar más oscuro en la barra. Me hubiera frustrado hablar del tema, al menos hablar de Fragmentos de un discurso amoroso, argumentar y contrargumentar, en verdad me interesa un carajo lo que se discuta y el tratado que escribe Joaquín; podría reforzar sus conclusiones; no todos somos invictos como Miguel, él fue iniciado, tuvo un don, supo mantener las perspectivas cuando se enamoró.

“Entonces no se enamoró”, esta vez me rebato a mí mismo, “sí, lo hizo, pero Miguel era esquizofrénico, los esquizofrénicos pueden ser indiferentes”.

“Ah mierda”.

Se me ocurre comentarlo en la barra:

“Por allí andan diciendo que tu sabiduría es Psicopática” ríen, celebran la ocurrencia, “no es mía, lo comentan tus ex”.

Joaquín no pierde sus oportunidades y dice:

Fragmento de un discurso amoroso es esquizofrénico, si. La literatura es esquizofrénica”.

Y yo remato:

“El amor es una maldita enfermedad y sólo un enfermo puede dar en las clavijas de algunos de sus misterios”.

“¡Asco, comídete por favor!”.

Los dejé a la espera de otra ronda. Fuera el sol levantaba con vehemencia, el calor ha sido maldito en estos días.

“Si acepto a Barthes debo aceptar a Ricardo Arjona o a Paolo Coelho”, grita Joaquín: “Es la suma indecente de todos los lugares comunes”, Miguel apenas levanta la mirada de su trago, o del culo de Giselle que se pasea detrás de la barra:

“Me gustaría cogerme a Giselle”, dice, “Tiene un culo majestuoso, su cintura fina, es delicada, miren sus labios, los incisivos blancos; parece vampira; como ella debieron ser las sacerdotisas caníbales de Ishtar. Me quedan dos o tres lances, no pretendo nada más, Giselle”.

Ella se da vuelta y le sonríe:

“¿Te preparo otro?”.

Él gira sobre la butaca y nos encara:

“¿Alguien aquí espera algo más del amor? ¿El reino de los cielos, la liberación de una vida miserable? Por favor, qué otro resultado puede dar el amor, una sarta de idioteces, la derrota de hombres como ustedes, las frases hechas, repetidas una y un millón de veces; pretendidas originales”.

Joaquín se sintió golpeado, de pronto se ensimismó, no quiso volver sobre el tema; se inhibía de ver a Giselle o a cualquier otra mujer que se acercara a la barra a pedir comida para llevar. No estaba triste, sencillamente, no estaba. Yo me quedé frente al hombre que declinaba con orgullo, y él me contó una breve historia, era un hombre soberbio y creía poseer dos o tres verdades:

“Escucha para que aprendas algo, cuando se habla de amor se lo relaciona con lo sublime, una liberación súbita de la efímera condición humana, amor arbitrariamente es, según la estupidez colectiva, lealtad y verdad. Dime ¿tu crees eso? ¿Todavía te conmueven las baladas que le roban el corazón a las brujas quinceañeras o inmaduras? ¿Tengo que aclararte acaso, que no hay una situación más enajenante? Ni la esclavitud de los negreros holandeses concibió tales cepos”.

Dejó de hablar y se sumió en sus pensamientos, cada quien disfrutaba o sufría su ebriedad, yo me relamía las ampollas de una reciente quemadura. Uno llega a las conclusiones de Miguel muchas veces en la vida y promete no recaer; el placer y no el amor, es el fin último de la especie, soy un animal y no me siento bien con mis instintos, a eso llegas hasta que te enamoras de nuevo y entregas la plaza. La lealtad no existe, es imposible, ninguna persona que se haya descubierto individuo puede ser leal, traiciona; se traiciona hasta a sí mismo y miente porque somos entidades subjetivas; lo dice Nietzsche, me dan ganas de apuntar a lo Barthes: una persona sana debe contradecirse muchas veces en un día. Para siempre, es para nunca, te amo es te dejo; eres mi vida, te mato, te soy eternamente fiel…hipócrita. La fidelidad no existe y por eso necesitamos civilizaciones que garanticen nuestros derechos a ser infieles e hipócritas. Lo demás es sumisión. Así terminó mi pensamiento, elaborado y descoñetado, hay un momento en la vida de un hombre en el que no cabe la sorpresa, no podemos decir que no se nos dijo, que las situaciones pasadas no nos golpearon de tal manera hasta sacarnos el aire o la promesa de nunca más recaer.

“Te enamoras y te jodes”, quise decirle a Joaquín, pero dibujaba algo sobre una servilleta, “muestras tus flancos y capitulas. Muchas veces me dijeron, soy encantadora porque actúo acorde a mis encantos, soy inteligente, anotó Anaís Nin: el secreto de mi seducción es mi maldad interior que no traiciona mis actos y los hombres sienten”.

Me lo repitieron hasta el cansancio:

“Soy malévola, manipuladora, no soy leal. Te estoy usando; las mentiras que dije fue con el propósito de tranquilizar un poco”.

No me previne cuando me dijeron amor, o te amo, no me previne y recibo castigo (la sustancia) otra vez. Sólo la esquizofrenia, la indiferencia me hace vivir con pausa estos días hijos de puta, de bochornos; la cosificación me solía proteger del pica hielos que intentaban punzar sobre mi pecho, Giselle me sirve un trago, me sonríe, en verdad tiene una boca encantadora, me llega un mensaje de texto al celular, alguien me reclama, no el amor.

Author
Israel Centeno
Israel Centeno

(Caracas, 1958) actualmente reside en Pittsburgh, Pennsylvania, como Writer-in-Residence de City of Asylum/Pittsburgh. Filtra géneros a través del llamado postmodernismo para trabajar asuntos como la política y la condición humana. Escribe tanto novelas como cuentos, y trabaja como editor y profesor de literatura. Ha publicado nueve libros en Venezuela y tres en España. En 1992, su primera novela, Calletania, ganó el Premio del Consejo Nacional de Cultura de Venezuela y fue finalista del Premio Municipal de Literatura de Caracas. Su novela Bajo las hojas estuvo entre las diez obras finalistas del Premio Iberoamericano Planeta Casa de América, Narrativa en 2009. Ha también ganado diversos premios de poesía y cuento, y su obra es estudiada en muchas universidades.