Arturo Alape: literatura política y construcción de archivo

 

 

 

 

 

 

 

 

Además de cuentos y crónicas, el escritor y pintor caleño Arturo Alape (seud. de Carlos Arturo Ruiz) escribió cuatro novelas: Noche de pájaros (1984), Mirando al final del alba (1998), Sangre ajena (2000) y El cadáver insepulto (2005). De una u otra manera, todas se nutren de un hecho al que los historiadores, sin distinción partidaria, califican como central dentro de la historia contemporánea de Colombia: el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948 y la subsiguiente rebelión popular, un día imprescindible para poder entender la situación actual del país. Arturo Alape sabía esto mejor que nadie. Su territorio literario es la segunda mitad del siglo XX colombiano. A pesar de ser antes que nada escritor y pintor, es uno de los grandes investigadores sociales colombianos. No hay obra de ficción o de historia que, al narrar o evaluar el 9 de abril, no se nutra del enciclopédico libro El Bogotazo: memorias del olvido (1983), un grueso tomo donde Alape recoge voces e imágenes desde un variado espectro social, textual y político. A este libro no solamente lo nutren testimonios de gaitanistas de base, sino discursos y entrevistas a políticos liberales y conservadores, también editoriales, fotografías y artículos de prensa de la época, además de prosas introductorias del propio autor. Este libro heterogéneo, me parece, será en lo sucesivo una caja de herramientas a partir de la cual Alape construirá sus ficciones posteriores.

En El cadáver insepulto Alape no oculta que su función como escritor se nutre de un oficio múltiple donde se combinan el archivista, el fabulador y el político. En el último acápite de la novela hay una nota donde Alape escribe: “El cadáver insepulto se origina como saga literaria en mi obra El Bogotazo: memorias del olvido, escrito en el exilio y en el autoexilio. Con Felipe González Toledo, formidable cronista policíaco de los años cuarenta y agudo narrador de los acontecimiento del 9 de abril de 1948, sostuve dos largas entrevistas en enero 25 y mayo 10 de 1976”. Esa conversación es la génesis de una novela que conocería su primera versión a principios de los años noventa y solamente sería publicada en el 2005. A mediados de los setenta, González Toledo, cronista liberal del semanario Sucesos y de El Espectador, ya envejecido y curtido en el oficio, le dice a Alape: “Tú, mi querido Arturo, debes escribir la novela sobre la historia de aquella valerosa mujer [Edelmira viuda de Orozco]”. Así, Alape construye El cadáver insepulto como una deuda que contrae, por una parte, con la figura —antecesora en su particular tradición literaria— de González Toledo y, por otra, con Edelmira viuda de Orozco, la mujer que inspiraría a Tránsito Ruiz viuda de Toro, la protagonista de la novela. Como en otros textos suyos, la escritura será en Alape una forma de cumplir un imperativo ético: escribir para no olvidar y, al hacerlo, construir memoria nacional como una terapia para cerrar las heridas. Un imperativo ético que será condición ineludible para construir un proyecto político que en Alape no es otro que escribir una historia de los olvidados en Colombia.

Recordar a través de la escritura es un gesto ético que la novela duplica a través de una narración cuyo motor es el contexto político. El cadáver insepulto cuenta la historia de la desaparición del capitán Ezequiel Toro. Como liberal gaitanista, Toro se rehúsa a poner a disposición de las autoridades conservadoras el contingente de policías bajo sus órdenes para reprimir a las multitudes gaitanistas que se tomaron Bogotá el 9 de abril. A pesar de jugar con los recursos de la novela negra norteamericana, inglesa y latinoamericana (Alape cita en el epílogo a Chandler, Greene, Fonseca y Piglia como parte de sus fuentes), la novela no plantea la desaparición del capitán Toro como una ecuación que el texto deba resolver. La novela cubre los años de los gobiernos conservadores de Mariano Ospina Pérez (1946-1950), Laureano Gómez (1950-1953) y el general golpista, también conservador, Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957). Desde el principio, el lector sabe que el crimen lo perpetró un ejército insuflado de odios políticos, sectario y represivo. La narración de Alape, su lenguaje en lugares ampuloso, siempre condenatorio y sin matices, no deja la menor duda de que es el aparato represivo de los conservadores el que elimina, sin el menor resquicio de humanidad, a todos los liberales que quisieran oponerse a él.

Reconocido de antemano el gobierno conservador como autor intelectual, la novela se plantea conocer a las personas de carne hueso que dieron y cumplieron las órdenes del homicidio y posterior desaparición del capitán liberal. Con la ayuda del trasunto ficcional de Felipe González Toledo, la verdadera detective es la viuda del desaparecido. Tránsito Ruiz viuda de Toro confronta valientemente un sistema burocrático del terror y logra encontrar a las personas que dieron la orden de asesinar a su esposo para después quemar el cadáver. Así, la novela es una herramienta de conocimiento que, aparte de hacer pedagogía partidaria sobre la historia reciente de Colombia, avanza la escritura como un espacio desde donde hacer el luto. En las últimas páginas del texto, Doña Tránsito Ruiz, acompañada de su hijo mayor y de un baquiano, recorren el último viaje que hizo su esposo antes de ser asesinado. La escritura los persigue por Bogotá, pasando por Sogamoso hasta el mirador de Boquerón, donde el capitán Toro fue tiroteado y arrojado al precipicio para luego ser incinerado. De ese tétrico lugar Tránsito Ruiz toma arena y ceniza y las echa al fragoroso río Lengupá. En esa escena alegórica se consuma el cierre de la vida del asesinado, pero se perpetúa la continuación del reclamo en un acto elocuente: la viuda, su hijo y el baquiano beben el agua del río mezclada con la tierra y las cenizas. En ellos continúa, como en nosotros y en la novela, la denuncia sobre el impune crimen del capitán liberal Toro Martínez.

En Alape la novela de denuncia triunfa sobre la novela histórica. Alape no usa la política como material narrativo sino como sistema ideológico. Ahí falla el texto. Sin embargo, logra avanzar con sutiliza —diciendo sin decir, que es la manera como debe hablar la política en la novela— a través de un terreno ético que el autor sabe abrir desde la literatura. Más arriba decía que la novela fue fruto de una deuda que contrajo Alape no sólo con González Toledo sino con la familia real del capitán Tito Orozco, quien fue la inspiración para construir el personaje literario del capitán Ezequiel Toro en la novela. La deuda es el envés de la orden militar en El cadáver insepulto. De esta manera, el texto se plantea en contravía a la orden militar que segó la vida del capitán liberal. La novela, por una parte, explora la escritura como una deuda que se cumple frente alguien; y, por otra, desautoriza, política y moralmente, a quien cumpla una orden sin más justificación para hacerlo que la jerarquía, en este caso militar. Con ello, Alape desnuda su poética como una donde la escritura se da a los otros generosamente con motivaciones tales como la memoria, la sanación y la re-construcción de comunidad. El autoritarismo, como enemigo del arte en Alape, es una fuerza que destruye a partir de la consumación de la orden como genocidio planificado. La orden es una deuda vaciada de humanidad, un texto sin literatura.

Texto: “Estos condenados liberales cómo están acabando con nuestra adorada ‘Unidad Nacional’”.
“Tacticas conservadoras”. Caricatura de Adolfo Samper Bernal sobre Laureano Gómez, 1947.

Recordemos que a mediados de los ochenta y comienzos de los noventa, cuando Alape escribe el primer borrador de la novela, se estaba llevando a cabo el genocidio contra la Unión Patriótica. Así lo reconoce el propio Alape en el epílogo al El cadáver insepulto llamado “Sobre la novela”. Pero hagamos memoria sobre el presente. En el 2005, cuando finalmente se publica la novela, se estaban ejecutando, sin despliegue mediático todavía, los llamados falsos positivos, eufemismo que oculta las que son, sin más, ejecuciones extrajudiciales (como si judiciales las hubiera en Colombia) llevadas a cabo por agentes estatales. De esta manera, históricamente, la novela reactualiza las denuncias desde 1953 al 2005, del Capitán Orozco a los muchachos desaparecidos de Soacha, de González Toledo a su autor, Arturo Alape. Una consideración que no es banal, sobre todo hoy, cuando se abre para Colombia una nueva oportunidad para llegar a la paz. La paz necesita de verdad, de justicia y de reparación, de parte de izquierda y derecha radicales, en medio de una guerra que empezó —y esto lo supo bien Alape pues ahí comienza su narrativa que es su archivo— el 9 de abril de 1948.

 

Author
Felipe Martínez Pinzón
Felipe Martínez Pinzón

(Bogotá) estudió literatura y derecho en la Universidad de los Andes. PhD en literatura latinoamericana por la Universidad de Nueva York (NYU), es profesor en el College of Staten Island de CUNY. Sus intereses se alternan y combinan en torno a la relaciones entre literatura, geografía y política en la América Latina tropical. Ha publicado dos libros de poemas. Coordina la sección de Crítica del Espacio.

felipe@criticalatinoamericana.com