Mirada turista (Un muerto fuerte, de Daniel Alarcón)

Es entonces que el mapa empieza a asustarme, el mundo me parece monstruoso, demasiado grande y deforme para comprenderlo. El mapa es una ficción… (215)

Daniel Alarcón, “Florida”

 

Daniel Alarcón, peruano criado en los Estados Unidos, escribe narrativa en inglés y ha sido reconocido como una de las nuevas figuras de la literatura norteamericana por el New York Times; es también considerado un importante representante de las letras peruanas. Incluso representó al Perú en la reunión “Bogotá, 39 escritores menores de 39” en el año 2010. La primera de sus obras, un libro de cuentos intitulado War by Candlelight (Guerra a la luz de las velas), le mereció elogios en ambos hemisferios. La recepción de su obra podría ser en sí misma objeto de análisis sobre nacionalismo e identidad en tiempos de globalización; pero este breve ensayo examina la capacidad conceptual de la imagen del cadáver para producir una crítica y una alternativa a la mirada del turista en su cuento “Un muerto fuerte”.

Varios de los cuentos de Alarcón parten de un espacio realista que lentamente va mostrando sus grietas hasta que finalmente un evento asombroso irrumpe. Gracias al paulatino deterioro de la realidad en la ficción, el evento asombroso guarda lógica con los parámetros de la realidad ficcional. El asombro del lector está mediado entre su propio entendimiento del mundo y la lógica que gobierna el mundo ficcional esbozado por el autor. Esto hermana los cuentos de Alarcón con la obra de Cortázar y García Márquez.

Alarcón escoge dos escenarios como sus favoritos: Lima y Nueva York. En el caso de la capital peruana, el evento asombroso aparece bajo la forma de un huayco, de un payaso, del terrorismo. Todos eventos o sujetos verosímiles pero que, de la manera como Alarcón los presenta, terminan desbordando la realidad y mostrando nuevas perspectivas de la misma. En el caso de su representación de la ciudad de New York, lo asombroso asoma en la ausencia de las twin towers, en un muerto flotando sobre el río Hudson o en otros que caen desde el cielo. Es notorio por la lista de eventos que, para Alarcón, hay una conexión explícita entre el asombro y la violencia. Ya se trate de violencia humana o proveniente de la naturaleza, la capacidad disruptiva del evento se sostiene en un cierto nivel de violencia que afecta tanto a los personajes como al lector.

Otro punto clave en la narrativa de Alarcón es la universalización del evento: éste, en sus diferentes formas, puede afectar a todos por igual y no ser ajeno a ningún espacio (recordando al García Márquez de “El rastro de tu sangre en la nieve”). La diferencia está en cómo se experimenta el evento: entre quién lo vive de manera directa y quién simplemente lo mira como espectador o turista. Esto se observa claramente en el cuento que cierra su libro, “Un muerto fuerte”. El inicio del cuento recuerda al “El ahogado más hermoso del mundo” de García Márquez en lo que concierne al encuentro de un cuerpo flotando sobre el agua, pero la historia se traslada de una incierta comunidad indígena americana —en el cuento del colombiano— a los barrios newyorquinos —en el cuento del peruano-norteamericano. El primer muerto del relato, que se aprecia flotando sobre el río Hudson, es reconocido por un grupo de niños. Justo antes de su aparición, los niños fantaseaban sobre las mansiones de los millonarios al otro lado del río. El muerto se introduce a la historia como un evento asombroso (–¡Mierda! ¡Miren eso!—gritó), pero el paso del tiempo hace “que el cadáver [deje] de ser tema de conversación” de los niños. La llegada posterior de un barco de turistas les recuerda la presencia del muerto: “Se acordaron otra vez de él cuando un Circle Line pasó deslizándose por el río, un barco repleto de turistas que saludaban y tomaban fotografías… Todos miraban con furia el Circle Line, pero ninguno entendía bien por qué odiaban tanto ese barco” (257).

El muerto ya ni espantaba ni asombraba a los niños, había pasado a formar parte de su realidad. Sin embargo, la experiencia del hecho para los turistas y sus cámaras fotográficas era totalmente diferente. Los niños entran a formar parte de la realidad fotografiada, de aquello que Susan Sontag denomina “lo aparente”. Para Sontag, el registro fotográfico de apariencias cambiantes y fragmentarias es la manera moderna de mirar el mundo: “La única realidad irrefutable es cómo aparece la gente” (136). En referencia al epígrafe que abre el presente el ensayo se puede plantear que, mediante los lentes de las cámaras fotográficas, los niños pasan a formar parte de la ficción del mapa globalizado. Su odio hacia el barco de turistas sintomatiza el desplazamiento de la realidad registrada: el poder de la cámara les ha robado la agencia para registrar su encuentro con el muerto. Ahora, ellos y el muerto son parte de un mismo evento violento y asombroso para el lente de los turistas (este segundo nivel de extrañamiento no se encuentra en el cuento de García Márquez).

La molestia de los niños es una referencia, por un lado, a la marginalidad del ser humano en la globalización y, por otro lado, al papel del lector en la obra. El muerto y los turistas están a un mismo nivel narrativo: ambos son apariciones que irrumpen en la realidad de los niños newyorkinos, pero mientras el primero nos recuerda una falta o pérdida, el segundo nos recuerda la conquista espacial, la domesticación del espacio por y para aquellas personas que puedan financiarlo. Alarcón nos dice que la experiencia “globalizada” del turista es una ficción, que la experiencia “real” es siempre una falta y un “seguir adelante” con esa falta dentro de uno. El mundo no es de los turistas, más bien de los lugareños, de las personas cuya economía no les permite grandes lujos más allá de la sobrevivencia. El logro de Alarcón es enfatizar que los lugareños están en todas partes, tanto en los barrios pobres de Lima como en los suburbios newyorkinos. Su cuento es así un llamado cultural a la urgencia por registrar la experiencia moderna desde los márgenes.

El otro aspecto importante en el cuento es el rol que juega el lector. Debido a la narrativa, el lector se identifica con los niños que encuentran al muerto y comienza a ver el mundo ficcional a través de sus ojos. Cuando llegan los turistas, el lector también desea molestarse con ellos al reconocerlos como intrusos. Sin embargo, se forma una inevitable relación entre el lector y los turistas cuando el primero reconoce que él también es un intruso. El lector de este cuento está constantemente desplazándose entre dos espacios, entre la experiencia directa de los niños y la realidad del fotógrafo. Posiblemente, no existe mejor película que Forrest Gump, con toda su carga real maravillosa, para ejemplificar este fenómeno. Por un lado el espectador se identifica con el mundo como lo experimenta el mismo Forrest pero, por el otro lado, los continuos regresos a la banca del parque donde el protagonista conversa con extraños llevan al lector a reconocerse a sí mismo como un extraño. Finalmente, la posición del lector descansa en un limbo interpretativo.

El cuento de Alarcón termina con dos de los niños (el protagonista Rafael y su primo Mario), ya adultos, conversando sobre otro muerto, uno que había caído desde un edificio. El recuerdo de este último muerto moviliza, sin anunciarlo directamente, los recuerdos del 11 de Septiembre: “Una lluvia de cadáveres cayendo sobre las aceras de la ciudad” (264). A la vez, ocasiona que el protagonista se plantee la cercanía de la muerte: “No todos los muertos caen del cielo. No todos llegan por el río Hudson y terminan flotando contra las rocas cubiertas de musgo en la orilla. Algunos son nuestros padres, nuestros tíos. Algunos pierden la batalla lentamente. Algunos mueren odiando el mundo” (264). La muerte ajena e inasible del cuerpo sobre el río se desplaza a la muerte próxima de los seres queridos, una que afecta directamente al protagonista. La falta ya no es un muerto ajeno sino un muerto familiar. La conclusión del cuento saca al lector del limbo interpretativo para llevarlo al reconocimiento de su misma falta, para recordarle que él/ella también se encuentra expuesto a la muerte y que esa condición lo hace universal, lo hermana con el resto de la humanidad. Al final del relato, el reclamo de Mario más que una señal de impotencia es un reclamo de humanidad (fuertemente influenciado, por cierto, por el poema “Masa” de César Vallejo): “Deseaba haber estado allí para ver caer ese cuerpo. Para atraparlo. Para sujetarlo. Para mirarlo a la cara y decirle: ‘¡Vive!, ¡vive!, ¡vive!’” (265).

No es la experiencia fotográfica la que consigue hermanar al lector con los personajes de la ficción, es la falta común a cada uno –reflejada en la potencia de la muerte– la que abre las puertas a una experiencia trascendente de la vida contemporánea, una que urge por el reconocimiento de la vida desde sus márgenes y que permita que la ficción del mapa globalizado –volviendo al epígrafe inicial– deje de asustar.

 

Author
Edward Chauca
Edward Chauca

(Lima) es profesor visitante en la del departamento de español en la Universidad de Virginia del Oeste. También es candidato al doctorado en la Universidad de California, Los Ángeles. Su disertación analiza el rol político y cultural de la locura en la narrativa peruana desde la independencia a la actualidad.